Las fronteras internas del Brasil
por RUBEN GEORGE OLIVEN profesor titular
del Departamento de Antropología de la Universidad Federal
de Rio Grande do Sul
Una vez consolidada la integración nacional
en el Brasil moderno, proceso que incluyó la quema de banderas
estaduales ordenada en 1937 por Getúlio Vargas, hoy surgen
intentos de redefinir los regionalismos como el del Movimiento Tradicionalista
Gaúcho, con dos millones de miembros y dos mil quinientos
centros de revalorización de la identidad regional.

ERNESTO
BONATO
Proyecto Ducto, 1997
Cartel xilográfico
Collage en una pared de São Paulo |
A diferencia de la América española, que se dividió
en varios países después de la Independencia, el Brasil
logró mantener su integridad territorial al independizarse
de Portugal en 1822. De tendencia centralista, el Imperio (1822-1889)
estaba dividido en provincias que poseían poca autonomía.
En ese período se produjeron varias revueltas, algunas de
ellas separatistas; la propaganda republicana, por su parte, sostenía
en aquel tiempo que la centralización tendría como
consecuencia el desmembramiento del país y que, por el contrario,
la descentralización aseguraría la unidad nacional.
En 1889, los militares proclamaron la república federal.
En sus comienzos fue bastante descentralizada, pues concedió
poder a las oligarquías regionales y estableció un
pacto entre el gobierno central y los estados, que sustituyeron
a las provincias del Imperio. No obstante, una preocupación
común entre los intelectuales de la República Vieja
(1889-1930) consistía, justamente, en cómo pensar
la cuestión regional en un país de dimensiones continentales
como el Brasil. Se temía, en especial, la fragmentación
de la nación en la medida en que el Estado fuera incapaz
de lograr la articulación efectiva de todas sus regiones.
Si la República Vieja estaba caracterizada por la descentralización
política y administrativa, la República Nueva (1930-1964),
iniciada con la revolución que llevaría a Getúlio
Vargas al poder, puso en marcha un creciente proceso de centralización
en los más diversos niveles. La formación de una industria
de sustitución de importaciones de bienes de consumo no durables,
el crecimiento urbano de los centros de mercados regionales, la
crisis del café, el fracaso del sistema basado en los acuerdos
políticos entre las oligarquías agrarias (la llamada
“política de los gobernadores”) y la serie de
revueltas sociales y militares que comenzaron en la década
de 1920 y culminaron en la Revolución de 1930, todo ello
muestra un cuadro de transformaciones que, sumadas a las consecuencias
de la crisis mundial de 1929, afectarían al Brasil de modo
fundamental.
A partir de ese momento, se crea un aparato del Estado más
centralizado, mientras que el poder político se desplaza
cada vez más del ámbito regional al nacional. En el
plano social, por ejemplo, fue creado el Ministerio de Educación,
que desempeñaría un papel fundamental en la constitución
de la nacionalidad, a través de la uniformación del
sistema educativo, la nacionalización de los contenidos transmitidos
por las escuelas y el debilitamiento de la cultura de las minorías
étnicas.
La consolidación política y económica del Brasil,
así como la necesidad de enfrentar las consecuencias de la
crisis de 1929 y de la Segunda Guerra Mundial, dieron ímpetu
a las ideas nacionalistas y favorecieron el afianzamiento del Estado
que, de hecho, asumió la tarea de constituir la nación.
Esas tendencias se acentuaron aun más con el establecimiento
de la dictadura del Estado Novo (1937-1945) que, entre otras medidas
orientadas a aumentar la centralización política y
administrativa, reemplazó a los gobernadores de estado electos
por interventores y redujo el poder de las milicias estaduales.
Al mismo tiempo, en el plano cultural e ideológico, la prohibición
de la enseñanza en lenguas extranjeras, la introducción
de la disciplina de Educación Moral y Cívica en las
escuelas, la creación del Departamento de Prensa y Propaganda
(que tenía a su cargo, además de la censura, la exaltación
de las virtudes del trabajo), ayudaron a crear un modelo de nacionalidad
centrado en el Estado.
Es un hecho significativo que la Constitución que dio inicio
al Estado Novo haya suprimido las banderas estaduales. En efecto,
pasado menos de un mes del establecimiento del nuevo régimen
político, Getúlio Vargas ordenó realizar la
ceremonia de quema de las banderas estaduales, que tuvo lugar en
Rio de Janeiro, por entonces la capital federal. En ese acto se
izaron veintiuna banderas nacionales en sustitución de las
veintiuna banderas estaduales, que fueron incineradas en una gran
pira levantada en el medio de la plaza, al compás del himno
nacional ejecutado por varias bandas y cantado por millares de colegiales,
bajo la dirección del compositor y maestro Heitor Villa Lobos.
La quema de banderas, que marcó a nivel simbólico
la mayor unificación del país y el debilitamiento
del poder regional y estadual, puede verse como un ritual de unión
de la nación bajo la égida del Estado. La construcción
de una identidad nacional, de la llamada “brasilidad”,
requería acentuar la unidad nacional en detrimento de las
diferencias regionales.
Entre 1930 y 1945 se produjeron cambios profundos. Así, cuando
al final de la Segunda Guerra Mundial concluyó el Estado
Novo y se eligió una Asamblea Nacional Constituyente cuya
tarea sería pensar un nuevo modelo de organización
política y administrativa, el Brasil era un país diferente.
Había comenzado a abandonar su “vocación agraria”
y la industria era responsable del 20% del producto bruto interno.
La construcción de carreteras y la abolición de la
autonomía de los estados había contribuido a unificar
el mercado interno así como a reducir el poder de las oligarquías
locales, y las migraciones del campo a la ciudad no solo se acentuaron,
sino que dieron lugar a un nuevo protagonista de la escena política:
las masas urbanas, a las que el populismo pasaría a interpelar
como agentes sociales.
Sin embargo, la problemática de “lo nacional versus
lo extranjero” y del “Estado federal versus el Estado
unitario” ha sido una constante en la vida política
brasileña. En la posguerra, y sobre todo en el período
de 1945 a 1964, la cuestión nacional fue retomada y dio lugar
a intensos debates. Otros temas candentes durante aquel período
fueron el progreso y la modernización. Se trataba de vencer
la condición subdesarrollada, y en esa batalla la industria
era un elemento clave. Durante ese período se crearon nuevos
organismos de gobierno, como la Superintendencia de Desarrollo del
Nordeste, cuyo objetivo explícito era reducir las desigualdades
regionales, de las cuales el Nordeste era considerado el ejemplo
más significativo. En otro plano, la transferencia de la
capital federal de Rio de Janeiro a Brasilia en 1960 –que
dio lugar a acalorados debates en torno a los gastos implicados
en su realización y la audacia de su arquitectura, considerada
demasiado moderna y de avanzada– promovió asimismo
la marcha hacia el oeste y la consecuente integración territorial.
A partir de 1964, con la toma del poder por parte de los militares,
continuó el proceso de modernización, ahora en clave
conservadora, y se acentuó la centralización política,
económica y administrativa. El nuevo régimen llevó
la acumulación de capital a niveles más elevados,
y también creció la participación del capital
extranjero. Esto dio lugar a una nueva fase en la sustitución
de importaciones, de modo tal que hoy, en el Brasil, se producen
internamente casi todos los bienes de consumo, y muchos de ellos
son incluso exportados. Como resultado de este proceso de desarrollo
desigual y combinado, el Brasil se configuró como un país
en el que existen, simultáneamente, una miseria extrema y
elementos de progreso técnico y de modernidad.
El debate sobre lo nacional y lo regional continuó, si bien
replanteado en nuevos términos. Por un lado, otra vez el
Estado se atribuyó el papel de creador y bastión de
la identidad nacional, responsable al mismo tiempo de promover el
progreso y de mantener encendida la memoria nacional. Por el otro,
fue ese mismo Estado el que propició una intensa desnacionalización
de la economía, hecho que no se consideró contradictorio
con lo anterior pues se pensaba que no había vinculación
entre ambas dimensiones.
Con la lucha por la redemocratización y el proceso de apertura
política iniciados a fines de la década de 1970, que
señalaron el fin del régimen militar, volvieron a
salir a la luz viejas cuestiones. Comenzaron a surgir tendencias
contrarias a la centralización, puestas de manifiesto en
el planteo de la necesidad de un verdadero federalismo, en la proclamación
de las ventajas de la descentralización administrativa, el
reclamo de una reforma tributaria que otorgase más recursos
a los estados y municipios, y la afirmación de identidades
regionales y estaduales que ponían de relieve sus diferencias
respecto del resto del Brasil.
La apertura política favoreció, asimismo, que las
cuestiones culturales y las relativas a las diferencias ganaran
mayor visibilidad. Se plantearon nuevos temas y se organizaron nuevos
movimientos populares, muchos de ellos más preocupados por
asuntos considerados locales y menores que por las grandes cuestiones
políticas tradicionales. En suma, con la redemocratización
se produce un proceso intenso de constitución de nuevos actores
políticos y sociales y de construcción de nuevas identidades
sociales. Entre éstas se incluyen la identidad de la edad
(representada, por ejemplo, por los jóvenes como categoría
social) y la de género (los movimientos feministas y homosexuales,
entre otros), así como las identidades religiosas (fenómeno
observable en el crecimiento de las llamadas religiones populares),
las regionales (representadas por el renacimiento de las culturas
regionales en el Brasil), y las étnicas (que expresan los
movimientos negros y la creciente organización de las sociedades
indígenas).
Los gaúchos
Ahora que el Brasil está integrado, tanto en lo relativo
a su infraestructura como desde el punto de vista económico
y político, y que el proceso de nation building se ha consolidado, resulta natural que se manifieste un mayor interés
por la búsqueda de diferencias, entre ellas las regionales.
Como intenté mostrar en mi libro Nación y modernidad:
la reinvención de la identidad gaúcha en el Brasil (Eudeba, 1999), uno de los ejemplos sobresalientes de esta
afirmación de las identidades regionales brasileñas
es el regionalismo presente en Rio Grande do Sul, el estado más
meridional del país, en la frontera con la Argentina y el
Uruguay.
A los habitantes de Rio Grande do Sul les complace destacar su individualidad
con relación al resto del Brasil. En la construcción
social de su identidad utilizan elementos referidos a un pasado
glorioso situado en la región de la Pampa y dominado por
la figura del gaúcho, un término que en un
principio designaba al vagabundo y al ladrón de ganado, más
tarde, al peón de estancia y al guerrero, siempre asociado
con la figura del jinete, y que actualmente es el nombre atribuido
a los habitantes del estado de Rio Grande do Sul.
A fines de la década de 1970 era moneda corriente escuchar
que la tradición gaúcha estaba en vías
de extinción o reducida a bolsones de tradición y
folklore. Puesto que el Brasil se integraba a pasos agigantados
y Rio Grande do Sul se había convertido en un estado industrializado
con una población mayoritariamente urbana, se pensaba que
no habría demasiado espacio para la figura rural y ecuestre
del gaúcho. Sin embargo, durante las décadas
de 1980 y 1990 se produjo un intenso crecimiento de temas vinculados
a Rio Grande do Sul, a partir de la expansión de los Centros
de Tradiciones Gaúchas a lo largo de todo el estado, así
como en otros estados o países con emigrantes gaúchos.
También comenzaron a surgir festivales de música nativa,
rodeos, programas de televisión y radio dedicados al tema,
columnas de diarios, libros y editoriales especializadas, restaurantes
de comidas típicas, etcétera. Se trata de un mercado
de bienes simbólicos y materiales en expansión, que
moviliza gran número de personas y que está formado
en buena medida por jóvenes de las ciudades y de clase media.
Es interesante observar, asimismo, que se ha desarrollado un debate
intelectual entre los diferentes actores que pretenden hablar en
nombre de la tradición gaúcha.
El Movimiento Tradicionalista Gaúcho, que declara ser el
mayor movimiento de cultura popular en todo el mundo occidental
y que cuenta con dos millones de participantes activos, es responsable
por la existencia de alrededor de dos mil quinientos centros de
tradición. La representación de la figura del gaúcho sirvió, a su vez, de modelo para los colonos de origen alemán
e italiano de las zonas de minifundio donde nunca dominó
el complejo ganadero, así como para los inmigrantes de Rio
Grande do Sul establecidos en Santa Catarina, Paraná, Mato
Grosso do Sul, Mato Grosso y otros estados brasileños, en
donde crearon Centros de Tradiciones Gaúchas. Existen actualmente
alrededor de novecientos de estos centros fuera de Rio Grande do
Sul. La expansión de la tradición gaúcha ha llegado también al exterior, tanto a países limítrofes
como Bolivia y el Paraguay, como a países europeos, los Estados
Unidos y el Japón, hacia donde muchos brasileños han
emigrado en los últimos tiempos.
Es posible entender el fenómeno ocurrido en Rio Grande do
Sul como una forma de subrayar las diferencias en un país
que atravesó un proceso de homogeneización cultural.
En efecto, hoy se repone la identidad gaúcha como
expresión de una distinción cultural dentro de un
país que, tanto desde el punto de vista económico
como en sus redes de transporte y comunicación, se encuentra
ya integrado. Ello sugiere que en el Brasil lo nacional pasa primero
por lo regional y que, además de las fronteras externas,
existen importantes fronteras internas. •
Publicada en TODAVÍA Nº 15. Diciembre de 2006
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