Fronteras desdibujadas. Delito, trabajo y ley
por GABRIEL KESSLER profesor de la
Universidad Nacional de General Sarmiento e Investigador del CONICET
La fragmentación del tejido social
se manifiesta en el desdibujamiento de las fronteras entre lo legal
y lo ilegal.
La alternancia entre el trabajo, el estudio y el delito se ha convertido
en una modalidad de vida para un segmento de los jóvenes
en la Argentina. Se trata de una frontera lábil en la que
coexisten la lógica de trabajador con la lógica de
proveedor.

FÉLIX ELEAZAR RODRÍGUEZ
Puente de La Boca desde abajo, 1998
Xilografía
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Hoy la inseguridad ocupa el primer lugar entre las preocupaciones
de los argentinos en las principales ciudades, superando al desempleo.
A pesar de lo que pudiera parecer, no se trata de una inquietud
nueva. Las encuestas de opinión muestran que ya en 1985 la
mitad de los entrevistados en los principales centros urbanos temían
“ser asaltados en la calle”; en 1987, el 96% consideraba
muy o bastante importante el problema de la “violencia callejera”.
Ciertamente durante la década de los noventa hubo un incremento
muy importante del delito, pero también fueron mutando las
figuras de lo amenazante. En la Argentina de la transición
democrática, las imágenes del delito se asociaban
con la herencia del último gobierno militar. El tema de la
época era la “mano de obra desocupada”: ex represores
que en democracia se dedicaban a delinquir, como el recordado caso
Sivak. La asociación con la Dictadura se va desdibujando
durante los noventa y, a medida que se produce en paralelo el incremento
del delito y la pobreza, las representaciones del delito también
se modifican. Las imágenes mediáticas comienzan a
estructurarse en torno a dos ejes: uno cambiante, la repentina aparición,
rápida difusión y posterior decrecimiento de formas
de delito novedosas, denominadas olas. Primero fueron los robos
en taxis, luego los “secuestros express”; más
tarde, hombres araña entrando por la noche en los edificios;
recientemente, el asalto teñido de sadismo contra ancianos
desprotegidos. En el segundo eje que, a diferencia del primero,
se mantiene estable, se consolida la imagen de una “nueva
delincuencia”: ladrones muy jóvenes, producto de la
crisis económica y social, de la desestructuración
familiar, incapaces de dosificar la violencia al no adscribir a
los códigos de comportamiento de los ladrones profesionales
de antaño. Su representación más acabada es
la figura de “los pibes chorros” acuñada en los
últimos años, caracterizados por una estética
particular y hasta por un tipo de música, la cumbia villera,
acusada de realizar la apología de sus acciones.
Ahora bien, ¿qué es lo que hay de realmente novedoso
en esta supuesta nueva delincuencia? En nuestro estudio sobre jóvenes
que habían cometido delitos violentos contra la propiedad
(Sociología del delito amateur, 2005) encontramos
que, a distancia de las imágenes mediáticas preponderantes,
se produce la emergencia de un segmento de población que,
para sobrevivir, alterna entre acciones legales y acciones ilegales.
Datos oficiales muestran también una importante concurrencia
a la escuela de jóvenes en conflicto con la ley, la existencia
paralela o pasada de experiencia laboral y el incremento de robos
entre vecinos de un barrio. Estos elementos en conjunto nos llevan
a hipotetizar que existen hoy fronteras más fluidas que antaño
entre trabajo y delito, entre escuela y delito, y entre quien aparece
como amenazante y quien no.
Delito, trabajo y provisión
En la Argentina, el incremento de la inestabilidad laboral –esto
es, de puestos precarios, mal pagos y de corta duración–
es un factor de importancia en el desdibujamiento de fronteras entre
trabajo y delito. Los jóvenes que entrevistamos forman parte
de una segunda generación con inserción inestable;
los padres habían ingresado en el mercado de trabajo a mediados
de los años ochenta, y sus biografías laborales estaban
signadas por la inestabilidad. Los hijos ven entonces perfilarse
ante ellos un horizonte de precariedad duradera en el que es imposible
vislumbrar algún atisbo de “carrera laboral”.
Si la inestabilidad laboral dificulta imaginar alguna movilidad
ascendente futura, en el presente lleva a que el trabajo se transforme
en un recurso de obtención de ingresos más entre otros:
el pedido en la vía pública, el “apriete”
(pedir dinero en forma amenazante), el “peaje” (obstruir
el paso de una calle del barrio y exigir dinero a los transeúntes)
y el robo, pudiendo recurrir a unos o a otros según la oportunidad
y el momento. Nuestros entrevistados combinan de diferentes formas
trabajo, robo y otras acciones: algunos alternan entre puestos precarios
y, cuando éstos escasean, perpetran acciones delictivas para
más tarde volver a trabajar; otros mantienen una tarea principal
–en algunos casos el robo, en otros, el trabajo– y realizan
la actividad complementaria para obtener más ingresos. En
ciertos casos, salen a robar los fines de semana con los mismos
compañeros del trabajo.
¿Cómo pensar este pasaje del trabajo a su combinación
con otras actividades? Se trata del pasaje de una lógica
de trabajador a una lógica de proveedor, cuya
diferencia radica en la fuente de legitimidad de los recursos obtenidos.
En la lógica de trabajador, ésta reside en el origen del dinero: fruto del trabajo honesto en una ocupación respetable
y reconocida socialmente. En la lógica de proveedor, en cambio,
la legitimidad ya no se encuentra en el origen del dinero, sino
en su utilización para satisfacer necesidades. O
sea, todo recurso provisto es legítimo si permite cubrir
una necesidad, cualquiera que sea el medio utilizado. Las necesidades
no se restringen a aquellas consideradas básicas (por ejemplo,
la comida), sino que incluyen a todas las así definidas por
los mismos individuos: necesidad puede ser ayudar a la madre, pagar
un impuesto, pero también, comprarse ropa, cerveza, marihuana,
festejarle el cumpleaños a un amigo y hasta realizar un viaje
para conocer las Cataratas del Iguazú. Cuando combinan trabajo
y robo, tienden a establecer el régimen de las “dos
platas”: el dinero difícil que se gana duramente en
el trabajo, y que costea rubros importantes (ayuda en la casa, transporte,
etcétera), y la “plata fácil” que se obtiene
más “fácilmente” en un delito y de la
misma manera se gasta en salidas, cerveza, zapatillas de marca,
regalos. Así, el dinero deja de ser en sus acciones un valor
de cambio neutro. Pero sobre todo, el régimen de las “dos
platas” es un indicador de que el desdibujamiento de las fronteras
no homologa todas las acciones de provisión sino que perduran
ciertos marcadores: la existencia de dos circuitos de origen del
dinero y dos circuitos del tipo de gasto actúa como marcador
de una diferencia entre actividades legales e ilegales.
Ahora bien, el desdibujamiento de fronteras no se deriva solo de
la inestabilidad de los ingresos, sino que cuando se ahonda en las
experiencias laborales, es evidente que éstas no podrían
haber generado el tipo de socialización históricamente
asociado al trabajo. Relatan pasajes cortos por ocupaciones diversas,
que no los califican en un oficio o actividad determinada. La inestabilidad
dificulta la construcción de una identidad laboral de algún
tipo: de oficio, sindical o aun de pertenencia a una empresa. También
obstaculiza la generación de lazos con los compañeros;
es poco probable la conformación de vínculos duraderos
en grupos laborales en los que todos son inestables. De este modo,
todos los aspectos calificantes y socializantes del mundo laboral
están restringidos por la escasez y baja calidad de las ocupaciones
a las que acceden. Desprovisto de sus atributos tradicionales, el
trabajo se reviste de un sentido meramente instrumental, acercándose
a las restantes formas de provisión y contribuyendo al desdibujamiento
de las fronteras entre acciones legales e ilegales.
Desdibujamiento de la ley
Inestabilidad laboral y desdibujamiento de las fronteras entre lo
legal e ilegal marcan una transformación en la percepción
general y la fuerza normativa de la ley. Algo sorprendente en todo
el trabajo de campo fue la dificultad que tenían los entrevistados
para percibir la existencia de la ley, entendida como un tercero,
ya sea una institución o un individuo, que con legitimidad
podía intervenir en los conflictos privados. Así,
no comprendían por qué razón si robaban y,
cercados por la policía, devolvían el botín
a la víctima y hasta le pedían perdón, igualmente
eran detenidos. Tampoco ocultaban su indignación cuando contaban
que un vecino los había denunciado por robar en otro barrio:
“No entiendo... ¿y él por qué se mete,
si yo a él no lo robé...?”. Tal dilución
de toda instancia facultada para intervenir en los conflictos privados
llegaba al punto de obviar cualquier referencia al Estado como responsable
de sus suertes. Cuando al término de una descripción
de sus padecimientos económicos se les preguntaba qué
rol cabría al Estado en su resolución, a menudo la
pregunta ni siquiera era comprendida. “¿El estado de
qué?”, preguntaban un tanto perplejos.
Por último, hay que señalar que el delito tampoco
es una frontera tajante en la conformación de grupos. En
efecto, la realización de actividades delictivas en común
no conduce a la conformación de un colectivo cerrado. Los
jóvenes participan simultáneamente de círculos
diversos, alternando entre grupos que desarrollan actividades diferentes
(ilegales o no) y, dentro de un mismo círculo de amigos,
hay quienes participan de acciones delictivas y otros que no. Así,
la lógica de la provisión está presente en
un círculo social más allá de quienes roban:
parte de sus relaciones no hacen una apología del delito,
sino que suspenden el juicio normativo sobre las infracciones de
sus amigos, sin que tampoco esto sea una motivación para
participar de ellas.
¿Qué llevó al desdibujamiento de la ley como
frontera normativa? Lo primero que surge es una historia nacional
donde sobran los ejemplos de una sociedad y, sobre todo, de sus
grupos más poderosos actuando contra la ley. En la experiencia
cotidiana de estos jóvenes, ninguna institución aparece
como representante de la ley: ni la familia, ni la escuela, ni la
comunidad barrial, ni, menos que menos, la policía. Para
ellos, se trata de otra banda, potentemente armada y preparada,
a la que se teme mucho más por la posibilidad de morir o
ser lastimado al caer en sus manos que por la certeza de que los
conduzca ante la ley.
Pero, volviendo a la relación con el trabajo, también
su precarización influye en el desdibujamiento de la ley.
En el pasado reciente, la esfera laboral era un terreno de experiencia
de derechos. Parte de la formación en el trabajo consistía
en ir conociendo y apelando a leyes que regulaban la relación
con los patrones, ya sea limitando la explotación, mediando
en los conflictos o en la puja distributiva por beneficios. La ley
estaba también presente regulando las compensaciones ante
la adversidad, en un accidente o una enfermedad. Nada de esto se
insinúa en los relatos de nuestros entrevistados. Ni en su
propia experiencia ocupacional, ni en la de sus padres, trabajo
y derecho están relacionados. Se refieren a empleos precarios
de los que fueron echados sin siquiera pagarles los días
trabajados, sin que supieran bien por qué los despedían.
Relatan arreglos de palabra para trabajar sin que ninguna regla
fuera explicitada, ni siquiera la paga; algunos sufrieron accidentes
trabajando y fueron enviados a sus casas, heridos, en el momento
mismo, sin recibir atención médica. En resumen, el
mundo del trabajo se transforma en una esfera regida por la sola
voluntad del empleador, sin ninguna vinculación visible con
la ley, sin que ésta marque un límite en el poder
del empleador sobre ellos.
Para reconstruir el lazo social
Las reflexiones sobre el desdibujamiento de fronteras pueden, sin
duda, contribuir a las ya habituales imágenes pesimistas
sobre el futuro de nuestra sociedad. Considerando que se trata de
un problema central en nuestro país, que no acepta soluciones
simples, voy a retomar algunas de las características de
este “delito amateur” para pensar sobre posibles políticas
y formas de reconstrucción del lazo social. Una consecuencia
de este desdibujamiento de fronteras es que la alternancia entre
trabajo y delito no se traduce necesariamente en una “carrera
delincuente” futura. En efecto, investigaciones realizadas
por destacados especialistas en Inglaterra y en los Estados Unidos,
que han seguido durante décadas a cohortes enteras de personas
desde su niñez hasta su adultez, han demostrado que solo
una ínfima parte de quienes realizan delitos contra la propiedad
en la adolescencia o primera juventud serán luego “delincuentes
profesionales”. Cuestionan así, las teorías
criminológicas clásicas que preveían que los
jóvenes que cometían un delito en la temprana juventud,
casi necesariamente iban entrando en una subcultura particular para
luego convertirse en delincuentes adultos. Estos hallazgos de la
criminología más actual también han implicado
una nueva reflexión sobre las políticas públicas
contra el delito juvenil que, sin negar la importancia del problema,
se plantean otras formas de encararlo eficazmente. La fragmentación
espacio-temporal de la experiencia de los jóvenes que parecen
optar entre una gama de recursos según la oportunidad y el
momento exige pensar tanto identidades sociales nuevas como políticas
específicas. En tal sentido, volviendo al caso argentino,
la baja estigmatización del delito por parte de sus pares
tiene, sin duda, consecuencias negativas, en particular porque está
indicando un escaso control social informal. Pero también,
al no desencadenarse intensos procesos de estigmatización
local, hay menos obstáculos para poner en marcha programas
a escala comunitaria. De esta forma, que no se hayan establecido
en sus barrios fronteras tan rígidas entre quienes cometen
delitos y quienes no, permite desarrollar acciones de reinserción
en sus comunidades, lo cual sin duda no es una tarea fácil
para las políticas públicas, porque plantea interrogantes
sobre los paradigmas actuales con los que se piensa el delito y,
más en general, exige repensar la relación entre ámbitos
cuyas fronteras se han ido transformando. •
Publicada en TODAVÍA Nº 15. Diciembre de 2006
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