Unidad y diversidad en la Argentina
por ALEJANDRO GRIMSON Universidad
Nacional de San Martín y CONICET
La Argentina nunca fue un país culturalmente
homogéneo, nació ocultando las diferencias étnicas
y disolviendo identidades. Sin embargo, la crisis de 2001 obligó
a mirar y resignificar las fronteras internas que siempre existieron.

ERNESTO BONATO
Conjunctio, 2002
Performance en los márgenes del río
Saint Lorrain, Quebec. Foto: Alain
Fleurent, dirigido por E. Bonato |
Un estado-nación, como soberano en un territorio, se define
por sus fronteras externas, los límites internacionales,
oceánicos, polares. Sin embargo, las naciones también
tienen fronteras internas de diverso tipo: jurisdiccionales (provinciales),
geográficas, productivas (como la agrícola), culturales
y de identidad.
Ninguna nación más grande que una ciudad es homogénea,
ni en términos económicos, ni en términos simbólicos.
Ahora bien, en sociedades complejas y heterogéneas, ¿realmente
existe una unidad? ¿Son sociedades, son naciones? ¿O
esa unidad es meramente una ilusión?
En los países latinoamericanos, la idea de nación
precedió, en sus núcleos dirigentes, a los procesos
políticos e institucionales de construcción de las
naciones. Durante la mayor parte del siglo XIX, la idea de nación
y de su unidad solo existían en esa imaginación cultural
y política. En la Argentina, se plasmó en la unificación
de la moneda, las aduanas, la educación y el ejército,
entre otras dimensiones que atravesaron la vida del conjunto de
la población. La imagen de la unidad comenzó así
a estar presente en la vida cotidiana en las diferentes zonas del
territorio.
Podría preguntarse si a principios del siglo XX la población
no era “demasiado” heterogénea para que una idea
de nación pudiera surgir. Sin embargo, esa pregunta es equivocada
ya que presupone que una idea de nación funciona mejor allí
donde hay menor diversidad. Las naciones existen no porque sean
homogéneas, sino porque han organizado su diversidad interna
de una manera específica: han constituido fronteras, han
enfatizado ciertas diferencias, han oscurecido otras. Por ello,
aun con igual cantidad de población proveniente de Europa,
de pueblos indígenas y de afrodescendientes, dos países
podrían ser muy diferentes, según qué políticas
hubiera adoptado cada Estado. Una de las diferencias podría
radicar en cuáles han sido las identidades visibilizadas
e invisibilizadas, las incluidas y las excluidas. Por esta razón,
al estudiar las naciones, es clave detectar sus fronteras culturales
e identitarias más relevantes, saber dónde están
ubicadas y quiénes han quedado de un lado y del otro de esas
líneas.
Esas fronteras cambian a lo largo del tiempo. No son fronteras naturales,
ni responden a ninguna esencia de los grupos de origen, sino a procesos
históricos, culturales y políticos específicos.
Si analizamos la esclavitud durante la época colonial, por
ejemplo, es importante considerar cuándo fue abolida, en
qué proporción se mezclaron las poblaciones afro,
indígenas y europeas y, sobre todo, cómo fue culturalmente
significada esa mezcla. Así, se supone que históricamente
en los Estados Unidos ha habido muy pocos matrimonios entre blancos
y negros. Una persona que tenga allí un solo ascendiente
negro es socialmente considerada “afro-americana”, ya
que en ese país no existe la categoría de “mulato”.
En contraste, en el Brasil no solo existe la idea de “mulato”,
sino que además resulta clave en el imaginario social acerca
de qué es la nación.
Un país de contrastes
A comienzos del siglo XX, en la Argentina se registró un
proceso de desetnicización. Las personas “étnicamente
marcadas” fueron presionadas por el Estado para desmarcarse
y disolver así esas identidades. El uniforme blanco en la
escuela, la prohibición de lenguas indígenas, el servicio
militar obligatorio y la restricción de nombres de pila considerados
extranjeros fueron antídotos contra el cosmopolitismo. Las
promesas de cierta igualdad requerían la aceptación
de parámetros culturales definidos como “argentinos”.
Como consecuencia de esta presión del Estado nacional y de
su efectiva capacidad de inclusión social, toda diferenciación
o particularidad se percibía como negativa o, directamente,
resultaba invisibilizada. La etnicidad era un idioma político
prohibido o, al menos, institucionalmente desalentado. El conflicto
social continuó y, estructurado sobre la fractura persistente
Capital-Interior, adquirió un lenguaje eminentemente político.
Esto no significa que la población haya asumido la igualdad
en el plano cultural. La Argentina no está exenta de operaciones
racistas, solo que son distintas de las de otros contextos. En la
década del treinta comenzó la industrialización
sustitutiva de importaciones, que dio pie a un gran proceso de migración
desde las zonas rurales hacia las urbanas y desde las provincias
hacia Buenos Aires. Surgió entonces una fórmula estigmatizante
con la cual las clases altas y medias de las ciudades aludían
a la masa migratoria: “cabecitas negras”. Desde entonces,
lo “negro” no se asocia en la Argentina a ciertos rasgos
fenotípicos, sino a los “pobres”, a la vez que
se afirma que “es un país sin negros”. Categorías
y fronteras ambivalentes: un país sin negros donde la mitad
de la población es negra, en tanto es pobre.
La Argentina nunca fue un país culturalmente homogéneo.
Su diversidad cultural estaba invisibilizada en la vida social y
eso marcaba a fuego el régimen de identificaciones políticas.
Así, no se puede adjudicar la no visibilidad indígena
a motivos demográficos, ya que proporcionalmente la Argentina
cuenta con más personas que se consideran “indias”
que el Brasil. Del mismo modo, desde 1869 hasta 2001, en todos los
censos, los inmigrantes de países limítrofes representaron
entre el 2 y el 3% de la población del país. Sin embargo,
a fines del siglo XX trocaron su invisibilidad (su no ingreso en
el relato de la Argentina aluvional) por una hipervisibilización.
Para comprender este cambio es necesario considerar ciertos procesos
histórico-sociales.
Nuevas fronteras
Durante la década del noventa, el gobierno argentino y los
medios de comunicación anunciaron, en diferentes oportunidades,
que estaba llegando a la Argentina una “nueva oleada”
de inmigrantes, pero, a diferencia de las “viejas oleadas”,
éstos venían de Bolivia, Paraguay y el Perú.
Si entre 1991 y 2001 la proporción de inmigrantes sobre la
población se incrementó solo del 2,6 al 2,8%, ¿cómo
explicar que esos inmigrantes se hayan vuelto más visibles
en la sociedad? Mencionemos tres aspectos sociodemográficos.
El primero es que la proporción de inmigrantes de países
limítrofes o cercanos sobre el total de extranjeros residentes
en el país aumentó lógicamente por la paulatina
disminución de la proporción de europeos. En segundo
lugar, los inmigrantes provenientes de esos países, que estaban
históricamente asentados en zonas de frontera, se desplazaron
paulatinamente a los principales centros urbanos, lo que los tornó
más visibles para los medios de comunicación y el
poder político. Por último, se alteró la distribución
por nacionalidad, con una menor proporción de uruguayos y
chilenos, y una mayor de paraguayos, bolivianos y peruanos.
Estos cambios pueden contribuir a llamar la atención sobre
una población cercana al millón de personas, que forma
parte de un país con más de treinta y seis millones
de habitantes, pero parecen insuficientes para explicar la percepción
social, política y mediática acerca de una nueva frontera
instaurada por la supuesta “invasión” de inmigrantes.
Es posible que también hayan influido cambios culturales
que podemos considerar de relevancia. En primer lugar, si bien los
hijos de los inmigrantes son legalmente argentinos (y antes solían
ser considerados argentinos por la sociedad), actualmente la práctica
social corriente en la escuela y en otros ámbitos es llamarlos
por la nacionalidad de sus padres, por ejemplo, “bolivianos”.
Como se podrá advertir, esta nueva frontera tiene consecuencias
muy importantes en la conformación y visibilidad de los grupos
étnicos. Implica que las posibilidades de progresiva disolución
de las diferencias étnicas entre generaciones, que era tradicional
en la Argentina, disminuyeran para estos niños, que son discriminados
a partir de las categorías étnicas, a menudo estigmatizantes,
asignadas a sus padres. Sin duda, esto lleva a interpretar de otra
manera los datos censales antes mencionados.
Un segundo cambio cultural es que, en ciertos contextos, los pobres
tienden a ser llamados, genéricamente, “bolivianos”.
Es significativo que la hinchada del más popular equipo de
fútbol del país haya recibido el mote de “boliviana”
en cánticos de sus adversarios. Si antes boliviano era sinónimo de villero, ahora, lo es de pobre y excluido. Puede entenderse, entonces, que se haya formado
la imagen de que existe una creciente proporción de bolivianos
(de pobres y excluidos) en la población.
Un tercer cambio social está relacionado con el tema del
trabajo. Históricamente, los inmigrantes de países
limítrofes tendían a ocupar ciertos puestos que los
nativos no aceptaban. Cuando en los años noventa se fue incrementando
la desocupación y, con ella, disminuyeron las posibilidades
laborales de los argentinos, éstos empezaron a realizar tareas
que antes habrían rechazado y percibieron a los inmigrantes
como los responsables de la falta de empleo. Lo que había
crecido no era la inmigración sino, de modo alarmante, la
desocupación y la exclusión. Así, cuando los
argentinos estuvieron dispuestos a aceptar las condiciones de trabajo
de los inmigrantes sin documentación y con menores calificaciones,
éstos se vieron compelidos a bajar aun más sus expectativas,
para poder asentarse.
Desde ya, ciertas acciones estatales y sindicales xenófobas
que se implementaron en los años noventa no redujeron los
flujos migratorios motivados por causas estructurales. Sin embargo,
influyeron decisivamente en las fronteras identitarias y en los
horizontes de inserción de los inmigrantes. Bolivianos, paraguayos
o peruanos desprotegidos, ilegalizados, sin derechos por no tener
papeles, fueron coaccionados a aceptar las condiciones de trabajo
por las cuales terminaban siendo denunciados. Nada tienen que ver
aquí las supuestas peculiaridades culturales. Los argentinos
sin papeles en Europa o Estados Unidos también aceptan condiciones
muy inferiores a las pautas locales.
Inclusión social e integración
Los significados de la pertenencia nacional se articulan con los
modos como se perciben las distintas regiones del mundo. Así,
en la medida en que el imaginario argentino consideró al
país como europeo o parte del Primer Mundo, se instituyó
una fuerte distancia respecto de América Latina, y esa frontera
simbólica con los países vecinos se reprodujo como
frontera interna respecto de los inmigrantes de esos países.
En cambio, si como resultado de una crisis como la de 2001-2002,
los argentinos comienzan a repensarse como más cercanos a
los países de la región y reconocen como inverosímil
cualquier pretensión primermundista, las fronteras internas
pueden tornarse más porosas.
Justamente, un elemento muy interesante del caso argentino es que
expresa la historicidad de esas relaciones entre los grupos socioculturales.
Durante los momentos más agudos de la crisis se multiplicaron
algunas noticias periodísticas que parecían indicar
un éxodo de los inmigrantes hacia sus países. La dimensión
del retorno probablemente no fue tan significativa pero, acompañada
por el hecho de que los índices de desocupación seguían
creciendo, alejó la asociación que se había
establecido entre inmigrantes y desempleo. En este nuevo contexto,
incluso funcionariosde primer nivel que habían tenido discursos
y actitudes xenófobas en los noventa, no realizaron nuevas
alusiones a los inmigrantes.
Al mismo tiempo, los inmigrantes cambiaron su modo de intervención
en el espacio público, y no hicieron reclamos específicos
en un contexto donde desde el alimento hasta el trabajo habían
adquirido alto voltaje político. En 2002, algunos paraguayos
y bolivianos se integraron a movimientos de desocupados, y las protestas
indígenas se articularon con otras movilizaciones sociales
en la Capital. Incluso varios inmigrantes se convirtieron en referentes
de grupos “piqueteros” o de fábricas recuperadas,
referentes étnicamente desmarcados, en el sentido de que
se constituyen básicamente como vecinos del barrio o trabajadores.
¿Esto implica que ha desaparecido la discriminación
cotidiana de estos inmigrantes? La frontera es potente aún,
pero sus sentidos han cambiado. Esas estigmatizaciones ya no son
tan relevantes como en los noventa. Si bien es difícil pronosticar
si se retomará o no una dinámica de etnicización,
hay que enfatizar un cambio que se operó desde los años
más agudos de la crisis. Un imaginario social que percibe
a la Argentina más cercana a América Latina incide
en las maneras en que son considerados e interpelados los inmigrantes.
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Publicada en TODAVÍA Nº 15. Diciembre de 2006
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