Modernidades de Santiago:
la ciudad como una máquina de tensiones
por RICARDO GREENE sociólogo
y magíster en Desarrollo Urbano
Un concurso de cuentos breves reunió
miles de relatos sobre la capital de Chile. Este invalorable conjunto
de imágenes de la ciudad que proyectaron sus habitantes refleja
las tensiones entre tranquilidad y vértigo, entre visibilidad
e invisibilidad, propias del rápido crecimiento urbano.

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En el año 2005 se realizó el “Quinto concurso
de cuentos breves, Santiago en cien palabras”, organizado
por las empresas Metro de Santiago, Minera Escondida y Plagio. La
convocatoria logró reunir más de 18.000 relatos de
la ciudad, material que consideré extraordinario para explorar
el imaginario de Santiago según sus habitantes, para rastrear
las múltiples “capas de sentido” que configuran
su experiencia urbana. Uno de los atractivos de esa elección
era que podía incorporar, en el entendimiento de lo urbano,
un mar infinito de voces mudas que se escabullían e incluso
contestaban a las narrativas institucionalizadas. Antes que atender
los discursos oficiales, las evaluaciones foráneas o las
pautas dictadas por el marketing, a través de los cuentos
podía prestar tribuna a las “hablas” ciudadanas,
relatos anónimos y subterráneos que daban cuenta privilegiada
de las distintas maneras que existen de pensar, soñar y habitar
esta ciudad.
En cuanto a los resultados de esta exploración, la silueta
dibujada describe con cierta novedad un número sorprendente
de aspectos, entre los cuales adquiere un lugar primordial la constatación
de que el santiaguino habita en la ciudad, pero no posee las capacidades
necesarias para asimilar las características propias de toda
urbe moderna. Presentaré aquí algunas de esas cualidades,
confrontándolas con el sentir ciudadano que se enarbola hacia
ellas.
El primero de estos “rasgos urbanos” sindicados en los
cuentos es el vértigo de los sentidos, hijo ilegítimo
de la densidad poblacional, de los avances tecnológicos y
de una sociedad que ha devenido en espectáculo. Las calles
contemporáneas se encuentran colmadas de posibilidades de
sentir, escuchar, oler y ver, estímulos que configuran un
exceso de lo efímero, de lo casual y de lo furtivo. Basta
atender el trabajo de corrientes artísticas como el cubismo
o el futurismo para encontrar evidencia de la centralidad que adquiere
el vértigo en la vida urbana. Para el santiaguino, sin embargo,
esta vorágine es una condena que toma cuerpo y alma en su
ciudad. En “Rapidez, lentitud”, por ejemplo, nos encontramos
con una autora que, antes que calificar de magnífico el acelerado
espectáculo urbano, lo signa de abrumador, ya que los estímulos
embotan sus sentidos, dejándola desorientada y perdida. Solo
cuando logra encontrar algún referente externo a la propia
ciudad –la cordillera– puede hacer un alto, detenerse
y respirar. La ciudad, sin embargo, con su multitud de voces y de
luces, abate pronto esa calma artificial, trayéndola de vuelta
al territorio del movimiento.
“Rapidez, lentitud”
Caos, caos total en esta ciudad.
Rapidez, lentitud. ¡Qué rápido pasa!, ¡cómo
corre!
¿Hacia dónde va, está apurado? ¿De dónde
viene?
¿Qué pasa? ¿Quién es él? ¿Quién
es ella? ¿Hacia dónde va?
¿De dónde viene?
Detente, observa, mira la cordillera, respira aire limpio, respira
suciedad, mira esa micro, mira ese taco, mira la cantidad de gente,
¿lo conoces? ¡Obvio que no lo conoces! ¡Sí,
lo conoces!
¡Este mundo es muy chico! ¡Qué grande es la ciudad!
¡Qué chico es el mundo!
Mujer, 25 años, Las Condes
Al contrario de la ciudad medieval, donde los caminos conducían
siempre hacia alguna parte, en la ciudad moderna las calles
parecen seguir una corriente perpetua sin dirección alguna.
Una generosa interpretación podría argumentar que
esto constituye un efecto no deseado del planteo clásico
de Georg Simmel. Para el sociólogo, el eterno choque entre
el mundo externo y el mundo interno del individuo se ve resuelto
en la modernidad con la imposición del primero sobre el segundo.
Con este acto de dominación, el enjambre de características
que manufacturan el mundo pasa a formar parte constituyente de la
estructura de personalidad de los individuos. En este caso, el ritmo
agobiante de la metrópolis moderna produciría una
“intensificación de la vida nerviosa” del sujeto
moderno; un frenesí que, sin serlo, opera como si formara parte de su naturaleza. “Corre, Lucho, corre”
se asienta sobre esta idea, ya que su protagonista se ve dominado
por una acción –correr– que no le pertenece.
Es por eso que cuando le preguntan por qué lo hace no puede
ofrecer una respuesta: la solución no está dentro
de él.
“Corre, Lucho, corre”
Luis salió corriendo de su casa, agarró una micro
en la esquina, luego se subió al último carro en Bellavista
de La Florida, emergió en Moneda, corrió a su oficina,
marcó la tarjeta de ingreso y su jefe lo esperaba con varias
tareas pendientes. Pero no pudo parar, siguió corriendo sin
motivo aparente. Ahora es uno de los presurosos transeúntes
que forman parte de la fauna céntrica. Cumple circuitos improvisados
y pese a que todo el mundo le pregunta por qué corre, él
se encoge de hombros y dice no tener tiempo para responder. No puede.
Hombre, 36 años, Providencia
Habiendo sido, para pensadores europeos, tanto motivadora de críticas
elogiosas como pilar fundamental de sueños utópicos
de progreso y desarrollo, cuesta creer la gran gama de trastornos
y la ausencia completa de beneficios que los narradores asocian
a la velocidad de la vida santiaguina. Antes que proveedora de riqueza,
antes que signo visible de libertad, el vértigo del ojo y
el estímulo de los sentidos son, para los habitantes de Santiago,
una caja de Pandora cargada de angustia, violencia y soledad.
Además de la velocidad, otra característica de la
ciudad moderna retratada en los cuentos es la aglomeración
de los cuerpos. Ahora bien, quizás como consecuencia de décadas
en que las reuniones masivas de cuerpos en el espacio público
fueron prohibidas, los relatos no nos hablan de cuerpos coordinados
o que posean fines comunes, sino de cuerpos que, al reunirse, solo
pueden compartir una desarticulada violencia, que hace saltar al
santiaguino de su eje. “Paradero 14” es muy sugerente
al respecto, ya que arranca con una frase erótica que sugiere
un devenir –o al menos un goce– sexual: “Siento
unos pechos apretándose contra mi espalda”. De ahí
en adelante, sin embargo, todo será agresividad: codazos,
pisotones, desorientación y empujones marcan la geografía
de los cuerpos, y lo que pudo haber sido un relato erótico
termina siendo uno anclado en el dolor.
“Paradero 14”
Siento unos pechos apretándose contra mi espalda, la frenada
fue muy brusca. Trato de darme vuelta, no puedo, alguien detrás
de mí dice que lo estoy pisando, los pasajeros siguen bajando
a empujones. La micro retoma la marcha, logro zafar un brazo, lo
estiro y desempaño el vidrio que tengo enfrente. La veo en
el paradero, adolorida.
Hombre, 34 años, Ñuñoa
Si, como afirma el sociólogo Richard Sennett, “las
relaciones espaciales de los cuerpos humanos determinan en buena
medida la manera en que las personas reaccionan unas respecto a
otras” (Carne y piedra. El cuerpo y la ciudad en la civilización
occidental, 1994), entonces, la violencia con que los personajes
reaccionan ante los “cuerpos extraños” que invaden
el refugio de su intimidad, daría cuenta de algunas estrategias
comunes mediante las cuales los santiaguinos enfrentan –reducen,
invitan, rechazan, seducen– la figura del desconocido, capital
en toda cultura urbana.
Ante este maremágnum de explosiones sonoras y táctiles,
ante esta Babel alborotada y escandalosa, cabe preguntarnos qué
mecanismos adaptativos desarrolla el urbanita para resguardar su
supervivencia. Para William Ashby, uno de los fundadores de la cibernética,
la complejidad de un mundo cuyos elementos superan al individuo
no solo en número sino también en estados potenciales,
lo obliga a escoger algunos estímulos por sobre otros. Al
contrario de Funes, el personaje borgiano, el ser humano sería
un ser de diferencia, ya que es en la distinción
donde consigue fijar sus propios límites. En términos
prácticos, esto implica que quien se ve sobresaturado por
estímulos, necesariamente operará con indiferencia,
haciendo caso omiso de un sinnúmero de elementos que se le
atraviesan en su paso por la ciudad. Ahora bien, si para muchos
esta indiferencia es validada en tanto imprescindible, a los santiaguinos
se les aparece como una artimaña dura y agresiva. En “¿Estoy
vivo aún?”, uno de los cincuenta cuentos que giran
en torno de la indiferencia, el narrador tiene que echar mano a
una serie de astucias para captar la atención de los transeúntes
y lograr con ello insuflar vida en sus miradas huecas. Sus esfuerzos
sin embargo son del todo vacuos, ya que la ciudad ha sido vaciada
de humanidad, y el exceso de imágenes ha saciado el hambre
de las miradas.
“¿Estoy vivo aún?”
No me quiero morir aún, eso es de lo único que estoy
seguro. Sin embargo, al caminar por las calles de Santiago siento
que ya lo estuviera. Sigiloso como un cazador, bullicioso como las
micros; caminando, corriendo, saltando… de la forma que sea,
parece que nadie percibe al del lado, al “otro”, ese
que es distinto a uno, que piensa, siente, respira, sufre, existe…
siempre me dijeron que vivir es, de una u otra forma, compartir.
¿Dónde están los seres humanos en esta “gran
ciudad”? ¿Hay alguien ahí afuera? ¿Me
puedes ver?
Hombre, 23 años, San Joaquín
La última frase nos recuerda que el cuerpo es también
un objeto-en-el-mundo. Los relatos breves confiesan que, para los
santiaguinos, la pulsión por situarse en la primera parte
de la distinción –en la visibilidad– es cardinal
en su experiencia cotidiana. Parece ser que los ciudadanos desean
ser vistos, desean seducir la mirada ajena e ingresar con
ello en el cuadro escópico de los extraños, convirtiéndose
en actores de esta película colectiva y subjetiva que recorre
la ciudad. Su deseo, finalmente, es reinstaurar su diferencia. Justamente,
“Tirado en el Paseo Ahumada” da cuenta de una de las
muchas jugarretas utilizadas para lograr que la conciencia personal
de corporalidad devenga en conciencia colectiva. Los sentidos del
santiaguino, empero, se encuentran tan embotados que el narrador
sólo consigue ser pisoteado y ratificado en su incorporeidad.
“Tirado en el Paseo Ahumada”
Abro los ojos y veo pasar la gente a mi alrededor, pero nadie me
ve, grito y nadie me escucha, van todos tan apurados, no sé
qué hacer para que me miren, y se me ocurre una idea genial,
me tiro en el suelo del Paseo Ahumada, seguro que más de
alguien me ve o por lo menos se tropieza conmigo, pero todos se
hacen a un lado para poder continuar su rápido caminar.
Mujer, 56 años, Estación Central
“Maravillosa rutina”
Lunes, todo de nuevo. Suena el despertador, me levanto, me ducho,
me visto. Le llevo desayuno a mi señora, que luego tendrá
la guagua. Me despido, la beso. Salgo. Saludo al conserje. Me desea
un buen día.
Tomo el metro. Miro el reloj… estoy atrasado. Una universitaria
me mira y sonríe. Le cierro el ojo. Me bajo.
Subo las escaleras. Le doy cien pesos al ciego. Me agradece contento.
Suena mi celular. Es mi señora, me dice que me ama. Yo también
la amo. Llego al banco, marco la tarjeta y mi jefe me reta por el
leve atraso.
Hombre, 27 años, Colina
El protagonista de “Maravillosa rutina”, por su parte,
hace caso omiso de las restricciones que impone la ciudad; camina
por las calles trazando diferencias ante todo lo que se cruza a
su paso, viviendo una vida más acorde a un pequeño
pueblo que a una gran ciudad. Pero como siempre, Santiago está
acechante para castigar estos deslices comunitarios y así,
más temprano que tarde, el protagonista recibe una reprimenda
por parte de su jefe, fruto del retraso con que llega al trabajo.
El tono optimista del relato, sin embargo, esboza una alternativa
híbrida entre ruralidad y urbanidad que vale la pena rescatar.
Imaginario y vida social
Si en otras latitudes el proceso de urbanización fue relativamente
pausado, con tiempos y etapas que se secuenciaban bajo una cierta
lógica, en Latinoamérica –y en Chile–
éste fue antes que nada un estallido. De ahí que el
sentimiento dominante con que nos aproximamos a las ciudades sea
de nostalgia. Al parecer, solo mediante un rescate endulzador de
la vida comunitaria, a través del retorno pródigo
a ese modo-de-vida de pequeña escala y de relaciones cercanas
y profundas, es posible restituir la bondad en la vida social. El
santiaguino se ha hecho parte de este discurso, cultivando la idea
de abandonar los dominios urbanos y regresar al viejo villorrio,
lugar de “gente colmada de amistad y medio día”.
En cierta medida le aterra pensar que su Santiago de almacenes conocidos,
de barrios volcados a la calle y de niños jugando a la pelota,
su ciudad pequeña, mínima, de gatos y de moho y de
veredas sin jardín, está en peligro de extinción.
Este primer recorrido por el imaginario urbano de Santiago sugiere,
entonces, que la velocidad, la multitud y la indiferencia –características
urbanas y modernas por excelencia–, han sido materiales activos
en la conformación de la fisura que separa a los ciudadanos
del lugar que habitan. Esto ocurre no solo porque el santiaguino
no sabe cómo vivir con ellas, sino también por las
culpas de estar marchitando todas aquellas cosas valiosas que formaban
parte de su vida anterior, de los “viejos buenos tiempos”.
Conforman, de esa manera, una tríada perversa que se sitúa
en el corazón de la experiencia urbana de la capital, revelando
aquello que ya se sospechaba: Santiago es una urbe sin urbanitas.
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Publicada en TODAVÍA Nº 15. Diciembre de 2006
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