Ernesto Bonato
Atravesando paredes
por RENATO PALUMBO DÓRIA historiador
del arte, profesor de la Facultad de Artes, Filosofía y Ciencias
Sociales de la Universidad Federal de Uberlândia, Minas Gerais,
Brasil.
Trabajar significa experimentar
la naturaleza de las cosas. E.B.

ERNESTO BONATO
Serie Matriz, 2005
Grabado en metal |
A lo largo de los siglos, el grabado alcanzó elevados niveles
de calidad en distintos países latinoamericanos y a menudo
fue a través de él, y no de la pintura o de la escultura,
que se desarrollaron las experimentaciones estéticas más
contundentes y profundas en el continente.
El grabado de origen popular se estableció a partir de cierta
tradición gráfica y sobre todo de la xilografía
(técnica que utiliza como base una matriz de madera y que
es uno de los medios de reproducción más antiguos
y directos que existen). Ya desde sus comienzos apuntó hacia
una interacción activa entre arte y vida cotidiana, entre
arte y vida colectiva, y se integró como producto cultural
al universo más amplio de los valores compartidos por determinadas
comunidades. Así, en el nordeste brasileño florecería
el llamado grabado “de cordel”, utilizado para ilustrar
pequeños libros impresos de modo rudimentario en improvisadas
imprentas.*
Esta tradición llegaría a uno de sus puntos culminantes
en el grabado mexicano, que constituyó una referencia relevante
no solo para el arte producido en México sino también
para el conjunto del arte moderno y contemporáneo internacional.
Es notable cómo, en la actualidad, colectivos de artistas
de diferentes países recuperan esas vertientes. Utilizan
las más diversas técnicas y actúan simultáneamente
de modo artístico y político al hacer de las calles,
los muros y las plazas de las ciudades, sus propios espacios de
intervención.
Dentro de la tradición del grabado también hay otra
corriente, quizás igualmente intensa, de carácter
intimista, que reivindica para sí el estatus de “música
de cámara” de las artes visuales. Esta vertiente se
considera como un lenguaje artístico que, por su carácter
artesanal y sus dimensiones a menudo reducidas, así como
por el dominio de procedimientos que exige, tendría algo
de particular y reservado, algo de grave y silencioso, que solo
podría ofrecerse a una platea reducida.
Existen, por lo tanto, diferentes legados y diferentes concepciones
artísticas, ambas significativas y activas. No son miradas
opuestas pero sí, por cierto, singulares y a veces, distanciadas.
Uno de los rasgos esenciales de la experiencia contemporánea
es, precisamente, el choque y el encuentro de culturas, la divergencia
constante y el diálogo entre diferentes universos estéticos.
Es en este punto de fusión, en esta amalgama de caminos,
donde parece situarse la obra de Ernesto Bonato, un artista que
busca la poesía en el encuentro directo con la materia.
Bonato inició su trayectoria artística dentro de cierta
tradición del grabado producido en la megalópolis
de São Paulo, uno de los centros que irradia arte en el Brasil.
No es casual que se hayan formado allí algunos de los más
importantes grabadores modernos como Lívio Abramo y Marcelo
Grassmann. Bonato ha ido ampliando de modo paulatino las fronteras
de esa tradición al traspasar los límites del papel
y de la pared sin abandonar la esencia del lenguaje gráfico.
En su trabajo con proyecciones, animaciones, fotografías,
performances y otros medios –además de su participación
en intervenciones artísticas colectivas en el espacio urbano–,
el artista ha logrado, de modo dialéctico, ampliar el campo
del propio diseño e, incluso, la noción de qué
es o qué no es un grabado. Es así como, en la década
de 1990, cuando comenzó a consolidar su obra, él ya
estaba interesado en construir “ambientes” con sus trabajos,
pensando en el espacio expositivo como otra etapa de creación.
Ese interés maduró tanto en sus trabajos realizados
en el espacio público urbano –por lo general, en colaboración
con otros artistas y comunidades–, como en sus intervenciones
en la naturaleza.
Dueño de un trazo expresivo y refinado y de una técnica
precisa, bien pudo haberse acomodado, con relativo éxito,
dentro de los límites ya conocidos. Sin embargo, Bonato avanza
por nuevos territorios. Hermano de alpinistas, además de
haber sido escalador él mismo, se arriesga en la búsqueda
sincera de algo desconocido, buceando en las cosas y los seres de
nuestro extraño mundo cotidiano. Se trata de investigaciones
relacionadas con cierto realismo fantástico, con la idea
de la alquimia y de los misterios. Al operar siempre en el límite,
más allá de la alegoría y de la ilustración,
lejos de cualquier representación meramente simbólica,
las imágenes que Ernesto Bonato nos presenta parecerían
no ser apenas imágenes, sino formas vivas, dinámicas,
vestigios pulsantes de otros acontecimientos, registros de secretos
siempre renovados, de vibraciones y vivencias que no se muestran
ante los ojos apresurados. Y aquí podríamos hablar
de una poética de los “fragmentos”, como si el
artista tuviese que reunir y componer los pedazos perdidos de la
gran máquina del universo. Fragmentos que siempre apuntan
hacia un proceso más amplio, hacia una unidad real, aunque
huidiza, que su obra no intenta ni reducir ni explicar. Fragmentos
que no son plenamente comprensibles en sí mismos, sino partes
de una opera efectiva, en la que el arte es apenas uno
de los elementos constitutivos y cuyo tema es la propia existencia,
la naturaleza, en un abordaje libre de todo melodrama, respetuoso,
amoroso, pero nunca ingenuo. Se trata pues, en la poética
de Bonato, de una naturaleza que abarca todo, desde los árboles
hasta las casas y calles, desde las mareas de los ríos hasta
los flujos vegetales y animales; desde el mutismo de las piedras
y la opacidad del metal hasta la transparencia de los vidrios y
de los caracoles. De allí la coherencia de cierto silencio,
de cierto vacío cultivado, que sirve justamente para dar
espacio a la manifestación, al acontecimiento. Y es el mismo
artista quien dice que trabajar “significa experimentar la
naturaleza de las cosas”, pues para él es necesario
“comunicar algo que habita en el interior de los objetos,
que se esconde por debajo de la realidad aparente y que se manifiesta
también en nosotros” (Imanência, São
Paulo, 1999).
* Se conoce como “literatura de cordel” al romancero
popular nordestino, transmitido en folletos de impresión
modesta y expuestos a la venta colgados de cordeles en ferias y
mercados. [N. de la T.]
Publicada en TODAVÍA Nº 15. Diciembre de 2006
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