Discontinuidades en América Latina
por
MIGUEL A. BARTOLOMÉ profesor e investigador, Instituto Nacional
de Antropología e Historia de México
Las fronteras en América Latina
pueden ser consideradas como espacios dinámicos en los que
se entrecruzan categorías como tiempo, territorio y etnia.
Esta característica atraviesa el continente y marca límites
materiales y simbólicos entre sus habitantes.

ERNESTO BONATO
Proyecto Traversée, 2004
Proyección digital sobre piscina
Casa del Consulado de Francia, São Paulo
Foto: Ernesto Bonato |
Se puede hablar de fronteras desde distintos puntos de vista, refiriéndolas
tanto a los límites políticos entre estados, como
a las discontinuidades existentes entre grupos humanos diferenciados
en razón del género, la posición generacional,
la cultura u otros aspectos considerados relevantes para distinguirlos
entre sí. Tanto en el caso de las fronteras étnicas
como en el de las estatales, la común noción de discontinuidad,
de un “adentro” y un “afuera”, y la consiguiente
dinámica de inclusión y exclusión que generan,
es el factor compartido que guía la reflexión propuesta
en estas páginas.
Estados y fronteras
En los últimos años ha surgido un acusado interés
antropológico por el estudio de las fronteras estatales,
entendidas como espacios dinámicos que favorecen la generación
de nuevas configuraciones socio-culturales. Las fronteras políticas
son así percibidas como lugares en los que se establecen
ciertas relaciones dinámicas entre las culturas. Ahora bien,
esa noción debe ser matizada para América Latina,
ya que sus fronteras separan estados que, aunque tengan diferencias
lingüísticas –Brasil y Guyanas–, o presencias
diferentes de culturas autóctonas –Perú, México,
Guatemala o Bolivia–, en realidad son variantes de una misma tradición cultural occidental. De hecho, es bastante arriesgado,
salvo en casos específicos, considerar a las fronteras nacionales
latinoamericanas como espacios de relaciones interculturales: un
miembro de la clase media brasileña que habita en las fronteras
del Mato Grosso con el Chaco Paraguayo se podrá identificar
mucho más con su correlato paraguayo que con sus conciudadanos xavantes o nambikuaras del Mato Grosso. En el
mismo sentido, argentinos y chilenos, que comparten miles de kilómetros
de frontera, se consideran más cercanos entre sí que
con los mapuche que habitan a ambos lados de los Andes.
En América Latina, las fronteras estatales no se corresponden
con fronteras étnicas aunque los migrantes puedan ser percibidos
en esos términos por las colectividades que los reciben.
Es así como las fronteras políticas pueden comportarse
como fronteras étnicas cuando pretenden construir al “otro”
según las características que definen al supuesto
“nosotros” de una determinada comunidad nacional.
También las fronteras han sido concebidas como los cambiantes
límites de las expansiones estatales hacia el interior de
sus propios territorios, en los que se pretende ejercer una hegemonía
más plena. Es posible, entonces, señalar la existencia
de fronteras interiores, en las que se registra una conflictiva
relación entre el Estado y las poblaciones nativas, que fueran
arrinconadas en dichos espacios a lo largo del período colonial
y también durante los siglos XIX y XX. Basta pensar en los
grupos indígenas chaqueños y amazónicos, o
en el área de las culturas andinas de Perú, Bolivia
y Ecuador, que conservan zonas con población mayoritaria
o totalmente nativa que interactúan con el exterior sin perder
sus pertenencias étnicas. Es en esos ámbitos donde
las relaciones de co-presencia entre grupos diferenciados pertenecientes
a un mismo Estado son más frecuentes y en las que se manifiestan
con mayor claridad las relaciones interculturales asimétricas
que expresan la vigencia de las fronteras étnicas, vividas
muchas veces como datos básicos para la identificación
de sus protagonistas.
A pesar de sus diferencias, las fronteras étnicas y las estatales
cumplen la función similar de establecer discontinuidades
entre poblaciones. La frontera es un ámbito que separa pero
que a la vez reúne, puesto que no habría fronteras
sin nadie del otro lado, por lo que la frontera no solo distingue
a los otros, sino que también ofrece una definición
posible del “nosotros” que se contrasta con los de afuera
de los límites. Sin los “otros”, sin aquellos
que habitan más allá de nuestras fronteras espaciales,
sociales, culturales, políticas, étnicas, económicas
o estatales, no podríamos constituirnos como colectividad
diferenciada, como un “nosotros”. Toda identificación
étnica o territorial se realiza y se construye a sí
misma en base a la confrontación con otras identificaciones.
Al diferenciarnos, la frontera nos ofrece la posibilidad de una
singularidad en la cual afirmarnos, un recurso para el ser de cada
colectividad humana que se percibe como distinta. En el nivel nacional,
muchas veces, las diferencias se utilizan para construir estereotipos
caricaturescos sobre “los otros”: los colombianos suelen
ser así narcotraficantes; los argentinos, pedantes; los mexicanos,
corruptos; los peruanos, tristes... Pero, si bien los acusamos de
nuestras pesadillas, también les adjudicamos nuestras fantasías,
y los argentinos son entonces europeos y cultos, los mexicanos tienen
una identidad milenaria, los brasileños son vitales y bailadores.
Tradición y modernidad
Como herencia de la Ilustración y del evolucionismo unilineal
del siglo XIX y hasta el presente, tienden a percibirse las diferencias
culturales como resultantes de distancias temporales. La modernidad
es entendida como sinónimo del progreso tecnológico
y económico que implica un avance en el tiempo. A su vez,
lo considerado “tradicional” es percibido como lo opuesto
a lo moderno y aunque sea manipulado por los folklorismos identitarios
nacionales, se asume que tarde o temprano lo tradicional cederá
lugar a lo moderno, cuya “racionalidad” lo haría
cualitativamente superior a lo tradicional. Como resultado de esta
construcción ideológica, en América Latina
lo diferente suele ser visualizado como arcaico, como el remanente
de una etapa anterior de una supuesta evolución social universal,
en cuya cúspide estamos “nosotros”. De esta manera,
las fronteras temporales se construyen en base a la apelación
a la ideología de la modernidad, entendida como una contemporaneidad
confrontada con los sectores sociales considerados “tradicionales”,
a los que se supone anclados en el pasado. De hecho, el concepto
de modernidad para los pueblos indígenas es sinónimo
de occidentalización, ser moderno es dejar de ser lo que
se es para tratar de ser otra cosa.
Creo que es necesario reflexionar sobre este tema desde otra perspectiva.
En realidad todos los contenidos de una temporalidad dada son simultáneos;
una exitosa caza con arco y flecha y la puesta en marcha de una
central atómica en un mismo país y momento, no marcan
discontinuidades temporales sino la existencia contemporánea
de diferentes tradiciones culturales. En este sentido creo que es
fundamental asumir la contemporaneidad de lo múltiple,
y no la búsqueda de una pretendida homogeneidad o síntesis
de la acumulación histórica. Este sistema complejo
constituye ahora el mundo globalizado, donde todos coexistimos de
manera simultánea aunque detentando diferentes posiciones
de poder y recurriendo a diversas estrategias de supervivencia.
Y esto también se aplica a los pueblos indígenas que
han logrado compatibilizar las computadoras e Internet con sus propias
tradiciones sin que ello sea vivido como una contradicción.
Fronteras culturales y simbólicas
Como ya afirmamos, la noción de frontera nos conduce a la
construcción de discontinuidades que delimitan identidades
diferenciadas. Si entre los estados se manifiestan como límites
territoriales celosamente defendidos, entre las etnias se trata
de fronteras interactivas. Las adscripciones étnicas aparecen
como irreductibles al desplazamiento e incluso, a la desaparición
de las formas culturales y lingüísticas que les otorgaban
contenido específico en un momento dado, demostrando que
se basan en lógicas que no hemos logrado comprender en su
totalidad. Por lo tanto, las fronteras que construyen, los límites
sociales que generan, no remiten necesariamente a factores culturales
sino a las construcciones ideológicas de sus protagonistas.
Desde ya, las culturas cambian y también las identidades
que expresan se transforman e incluso desaparecen. Como dijimos,
para que una colectividad étnica exista como tal necesita
de una frontera interactiva, aunque las reglas de la interacción
pueden variar con el tiempo y las circunstancias. Sin embargo, aunque
esa cultura cambie siempre va a recurrir a referentes culturales
emblemáticos. Su papel es básicamente simbólico
y remite a la posibilidad de visualizar la diferencia a través
de la indumentaria, los valores, lo culinario, la lengua, la ritualidad,
ciertas prácticas sociales o determinados sistemas normativos.
Estos emblemas anuncian la presencia de un ámbito propio,
más o menos diferenciado del de los “otros”.
Lo étnico no puede manifestarse como tal sin algún
tipo de referente cultural posible que le otorgue un sentido diferencial
respecto a otros grupos sociales. Sin ese límite social y
cultural que la contiene y que la expresa, una etnia no podría
existir como tal y se diluiría en el seno del Estado o de
la formación social mayoritaria dentro de la cual se encuentre
políticamente contenida. Las culturas permiten hacer y ser; diferenciar no es su propósito,
pero es una consecuencia de la confrontación de unas con
otras.
A modo de conclusión
En la actualidad es posible observar que entre los especialistas
gana terreno la tendencia a negar la relevancia de las fronteras
estatales y étnicas, cuestionándose hasta la misma
noción de frontera. Detrás de este planteo subyace
la imagen de un mundo único en formación, proveniente
tanto del evolucionismo unilineal como de una vocación “universalista”
que se traduce en prácticas hegemónicas, ya que lo
aparentemente universal se parece demasiado al modelo occidental.
Sin embargo, es posible constatar que las diferenciaciones se han
mantenido, e incluso se han incrementado. Las fronteras étnicas
manifiestan la presencia de sujetos sociales colectivos que no aspiran
a disolverse en lo global. Ello podrá o no ser deseable pero
es, tal como lo demuestra la más reciente investigación
antropológica latinoamericana que da cuenta de los diferentes
procesos de resistencia, de movilización y de reactualización
de identidades. Quienes consideran que las fronteras culturales
son inexistentes suelen basarse en la imagen de un mundo de clases
medias influidas por el comercio global, el aumento de las comunicaciones
de masas, la difusión de las industrias culturales, la emergencia
de nuevas identificaciones sociales, el incremento de las migraciones
y otros factores globalizantes. Pero estos flujos no afectan a todos
por igual y no marcan necesariamente una irreversible tendencia
histórica, tal como lo auguraran los fallidos paradigmas
preexistentes. En América Latina millones de personas nunca
han hecho una llamada telefónica, muchas más ignoran
la existencia de Internet, los millones que viven bajo la línea
de la pobreza carecen de expectativas de consumo suntuario, la exclusión
constituye un fenómeno diferente de la explotación
ya que no hay trabajo.
En estas páginas he tratado la noción de discontinuidad
como una expresión de las lógicas políticas
y de su relación con las lógicas étnicas y
culturales. Quiero destacar que, en ningún caso, las discontinuidades
políticas, sociales, temporales y culturales que contribuyen
a construir el pensamiento de la diferencia son irreductibles entre
sí. Por ello, la discontinuidad no debe ser sinónimo
de confrontación, sino un espacio para la negociación
entre estados, individuos y culturas, a partir de la estructuración
de un diálogo equilibrado, que no se base en la imposición
de las hegemonías, sino en el respeto a los derechos colectivos
de las minorías. •
Una versión más extensa sobre este tema se publicó
en Procesos Interculturales, México, 2006.
Publicada en TODAVÍA Nº 15. Abril de 2003
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