América Latina: entre falsos dilemas y olvidos
por VÍCTOR E. TOKMAN economista,
consultor internacional
El marcado deterioro de la calidad de los
empleos y la existencia de una gran cantidad de trabajadores informales
son los dos rasgos más significativos del mercado laboral
latinoamericano. El desafío actual es encontrar mecanismos
que permitan crear mejores condiciones de trabajo y garanticen así
el acceso a una ciudadanía plena.

ERNESTO BERRA
Muro claro con cielo celeste, 2001
Técnica mixta sobre tabla |
El problema del desempleo se percibe como el más importante
en casi todos los países de América Latina. La encuesta
realizada en 2005 por Latinobarómetro indica que
el 30% de los habitantes lo ubica en esa posición, superando
en más del doble el porcentaje asignado a la delincuencia-seguridad
pública. Esta primacía se mantiene con independencia
del nivel de desarrollo del país, del índice de desempleo
registrado e, incluso, de lo exitoso que haya sido el esfuerzo por
el crecimiento.
No es necesario estar desempleado para sentir temor. La inquietud
por la desocupación excede a su realidad. Según la
encuesta anterior, el 75% de los trabajadores tiene miedo de perder
su trabajo. Esta percepción supera con amplitud la cifra
que uno podría esperar si acepta el enfoque clásico
que asocia de manera simplista la posibilidad de perder o encontrar
empleo al índice que registra la tasa de desocupación.
Desde ya, la incertidumbre y los temores asociados crecen cuando
el desempleo registrado aumenta y se deterioran las condiciones
de estabilidad y de protección de los contratos de trabajo.
En este sentido, no hay que olvidar que la permanencia media en
el empleo en un país industrializado es de 10,5 años,
mientras que en América Latina es de 7,6 años.
La preocupación y el temor por el empleo son, a su vez,
el reflejo de la prioridad asignada a la ocupación como el
mecanismo más efectivo para superar la pobreza y disminuir
la desigualdad. El 80% de los recursos de los hogares en la región
provienen de ingresos percibidos por el trabajo y, por ende, los
empleos plenos y estables son la mejor garantía de protección
laboral y social. La incorporación de las mujeres al mercado,
al aumentar el número de personas que reciben salarios en
una familia, se convierte en una vía más de salida
de la pobreza. A la vez, el acceso de los jóvenes -que pueden
capitalizar su formación- a empleos de mayor calidad o de
mejor remuneración también favorece la movilidad ascendente
y una mejora en la distribución del ingreso.
Ahora bien, ¿cómo ha sido la situación laboral
durante el último cuarto de siglo en América Latina?
El panorama es desalentador. En promedio, el desempleo ha pasado
de niveles inferiores al 6% a más del 10%. Como era de esperar,
el ajuste de la década del ochenta estuvo acompañado
por una expansión del desempleo, y ni siquiera la recuperación
económica de la década del noventa significó
el retorno a las tasas históricas de ocupación. La
volatilidad del crecimiento en las economías más integradas
a los mercados mundiales determinó que los episodios de recuperación
fueran de corta duración y, por lo tanto, insuficientes para
generar contrataciones sostenidas. En el marco de las reformas laborales
de los años noventa, los empleos fueron más inestables
y estuvieron sujetos a una mayor precariedad. Así, seis de
cada diez nuevos puestos de trabajo creados en esa década
fueron informales; nueve de cada diez se crearon en servicios –por
lo general de baja productividad–, y cinco de cada diez no
tuvieron protección. La aparición del desempleo en
niveles antes desconocidos y el deterioro en la calidad de los empleos
han generado, entonces, un cuadro propicio para los temores que,
como vimos, expresa la población.
El falso dilema entre flexibilización
y trabajo estable y protegido
Pero volvamos al tema de las reformas laborales. Como es sabido,
la globalización jerarquizó la búsqueda de
competitividad a nivel internacional y, en el caso de América
Latina, esa búsqueda se trasladó al mercado de trabajo.
La flexibilización se presentó así como una
condición necesaria para poder competir en mercados abiertos
y más volátiles, y la reducción de los costos
laborales se justificó por razones de eficiencia. Comenzaron,
entonces, a reemplazarse los tradicionales contratos por tiempo
indefinido por contratos “a-típicos”, se redujeron
los costos de contratación y de despido, se extendieron los
períodos de prueba y se favoreció la subcontratación.
Sin embargo, esas políticas constituyen una estrategia de
carácter defensivo que se funda en dos falacias y que conduce
a una “competencia hacia abajo”. La primera de ellas
consiste en plantear que los países latinoamericanos pueden
competir sobre la base de bienes producidos con mano de obra barata.
En realidad, los costos laborales en América Latina son bajos,
comparados con los de los países de mayor desarrollo, e incluso,
con Corea. La competencia sobre la base de una alta intensidad de
mano de obra de bajo costo no tiene ninguna posibilidad de éxito
frente a las exportaciones de China e India. Estos países
operan con regímenes laborales decimonónicos y, además,
incorporan nuevas tecnologías a sus productos, volviéndolos
cada vez más competitivos. La segunda falacia reside en afirmar
que la reducción de costos laborales significa un estímulo
para la inversión extranjera que se puede traducir, por ende,
en aumentos de las exportaciones y del empleo. Estudios recientes
demuestran que dicha inversión no responde a esos incentivos
–con excepción de la maquila–, sino que, por
el contrario, las empresas se dirigen a países con reglas
transparentes y seguras, con trabajadores calificados y bien remunerados.
Les interesa aumentar la productividad como fuente de ganancias
y saben que trabajadores poco calificados y mal remunerados no contribuyen
a ese objetivo.
En definitiva, debe reconocerse que priorizar el tema del empleo
significa también tener en cuenta la formación de
los trabajadores y las condiciones de estabilidad, protección
y respeto de sus derechos. Desde esta perspectiva, el trabajo inestable
y desprotegido también se asocia con la falta de inversión
en capital humano y en innovación. En un ambiente de empleo
con esas características, los trabajadores no se interesan
por adquirir conocimientos, ni por aumentar su esfuerzo. Tampoco
los empresarios están dispuestos a destinar recursos para
la capacitación de trabajadores que, como se perciben en
tránsito, no garantizarían un aumento en la productividad
de sus empresas.
Se plantea, entonces, una paradoja aparente entre la necesidad
de flexibilizar y la de generar empleos de alta calidad. Afortunadamente,
el dilema no se resuelve optando por una u otra estrategia. Ambas
son necesarias. Por ello, países como Dinamarca han avanzado
en la flexi-seguridad. Esta alternativa reconoce que, para
crecer en el escenario económico actual, es necesario incorporar
flexibilidad en el mercado laboral pero, al mismo tiempo, compensar
adecuadamente a los afectados por los cambios y apoyarlos para que
puedan aprovechar las nuevas oportunidades y acortar los tiempos
de reconversión. Esto se logra con seguros de desempleo adecuados
y con políticas laborales activas, que incluyan la recalificación
y el apoyo para la reinserción laboral.
Los países de América Latina deberían recoger
esta experiencia exitosa y, al mismo tiempo, adaptarla. En primer
lugar, es necesario “reformular las reformas laborales”,
particularmente las que buscaron la flexibilidad a través
de la precarización de la relación de trabajo y afectaron
la productividad y la seguridad de los trabajadores. Se deben también
rediseñar los mecanismos de protección laboral y social
y llevarlos del puesto de trabajo al trabajador, para poder así
trasladar los beneficios entre las distintas ocupaciones y mejorar
la empleabilidad. En segundo término, es necesario tener
en cuenta la complejidad que caracteriza a los países en
desarrollo tanto por la existencia de mercados segmentados como
por el peso que el sector informal tiene en sus economías.
Los olvidados, pero siempre invocados:
los informales
Las estadísticas indican que más de la mitad de la
fuerza de trabajo urbana en América Latina no está
integrada a los mercados formales. Estas personas trabajan en pequeñas
unidades productivas, muchas de ellas familiares, por cuenta propia,
también en el servicio doméstico y en ocupaciones
familiares. A esas actividades se dedican el 63% de los pobres y
el 75% del total de los indigentes. Cada vez más los informales
son reconocidos como problema, sin embargo, las propuestas suelen
omitir su presencia y se orientan a mejorar la capacidad de creación
de empleo de las grandes empresas y a defender los intereses de
los ya incorporados.
Un análisis detallado de la informalidad escapa a los objetivos
de este artículo, pero nos interesa aquí detenernos
en dos temas: la permanente discusión acerca de cómo
definir a los “informales” –pregunta clave para
avanzar en las políticas–, y la necesidad de una propuesta
comprensiva que, sin dejar de lado los numerosos programas específicos,
facilite el desplazamiento hacia la formalidad.
La conceptualización original define al sector informal como una forma de producción en pequeña escala. Esta
definición surge en países en desarrollo donde, ante
la falta de buenos empleos, un alto porcentaje de la población
recurre a cualquier tipo de actividad productiva que le permita
obtener algún ingreso para sobrevivir. Desde esta perspectiva,
la informalidad responde a una lógica de supervivencia que
busca solucionar la ausencia de empleos y de protección y
que utiliza para ello los escasos recursos de que se dispone, como
el trabajo personal y familiar y un capital mínimo.
En la actualidad, el concepto se ha ampliado al incorporar la precarización
como característica principal. Se introduce así, la
noción de economía informal, que
incluye a todos aquellos ocupados que no gozan de protección
laboral ni social. En ese sentido, se considera informales tanto
a quienes trabajan en empresas grandes que no cumplen con sus obligaciones,
como a quienes lo hacen en pequeñas unidades productivas
y también a los trabajadores a domicilio y a los subcontratados
de las grandes empresas. El énfasis se desplaza así
hacia el ámbito laboral y se centra particulamente en la
necesidad de regular la subcontratación. Sin duda, esta situación
representa una mejora en los casos en los que los subcontratos se
asocian a una violación o una disminución de las obligaciones
laborales. Sin embargo, el grueso de las actividades informales
sigue reflejando problemas que tienen que ver con la capacidad de
producción, con ingresos insuficientes y con la exclusión.
Una respuesta sistémica debe aspirar a la formalización
de los informales. Se requieren distintos instrumentos para poder
configurar una estrategia efectiva de inclusión. El acceso
a la formalidad significa poder superar las barreras existentes
y estar en condiciones de cumplir con las obligaciones que se asocian
a ella. Ahora bien, ese tránsito resulta sumamente difícil.
Existen en la actualidad propuestas para rediseñar los mecanismos
de acceso a la formalidad y, así, acercarlos a las posibilidades
reales de los informales. Esos programas deben contemplar modificaciones
en el campo laboral, en el acceso al crédito, en la constitución
de sociedades, en el ámbito tributario y en la seguridad
de localización para el comercio ambulante. Más allá
de los detalles, el rediseño de cada una de estas áreas
responde a distintas necesidades. El reconocimiento de la relación
laboral es un requisito para constituir sujetos de protección;
la titularización del capital, para acceder al crédito;
la legitimación de nuevas formas societarias individuales,
para asumir riesgos en los negocios sin hipotecar a la familia;
el registro tributario, para incorporar prácticas de contabilidad
y administración; y la seguridad de localización,
para mejorar las opciones de los ambulantes.
Las consideraciones anteriores conducen a una visión de
la formalización como instrumento. Se justifica ahora, no
ya desde la perspectiva de la economía formal, sino a partir
de los beneficios que el acceso a ella puede significar para las
personas ocupadas en el sector informal y para las actividades que
desarrollan. Sabemos que la reorientación que proponemos
debe ir acompañada de una transformación cultural
que promueva nuevas actitudes y comportamientos. Pero es necesario
tener en cuenta que la formalización abre la puerta a la
ciudadanía económica plena. En definitiva, se trata
de trasladar el énfasis de las obligaciones a los derechos,
ya que éstos favorecen el desarrollo y el progreso social.
La habilitación de los derechos puede generar círculos
virtuosos que, además de extender la cobertura, creen las
condiciones para que todos los ciudadanos puedan cumplir con las
obligaciones. Así, los informales serían los principales
interesados en este esfuerzo de formalización y se constituirían
en agentes del cambio para su propio beneficio y el de sus familias.
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Publicada en TODAVÍA Nº 14. Agosto de 2006
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