Sociedades / Culturas

Las incertidumbres humanas en tiempos de cambio

por JUAN SURIANO historiador UBA, IDAES/UNSAM

Los trabajadores enfrentan hoy profundas transformaciones en el mundo laboral. Al igual que los primeros obreros de fines del siglo XVIII ensayan formas de resistencia, sienten temor ante un futuro incierto y nostalgia por el pasado perdido, suelo seguro de la identidad y las certezas.


Fotografía
CRISTINA FRAIRE

 

Todos los grandes procesos de cambio económico que involucraron el trabajo del hombre han generado, a partir de las crisis de los modelos preexistentes, profundas modificaciones sociales y culturales. En esas coyunturas, una buena parte de los seres humanos siente dudas e incertidumbres por el mundo que se pierde y por un futuro que asoma impredecible. Es lo que ocurre con las transformaciones actuales del capitalismo y también con lo sucedido durante el advenimiento de la Revolución Industrial al despuntar el siglo XIX.

Hoy, el mundo laboral, especialmente el relacionado con el trabajo industrial, ha entrado en crisis. Como consecuencia del derrumbe del Estado de Bienestar y de los procesos de flexibilidad, las formas del trabajo se han transformado profundamente desde mediados de los años setenta y, particularmente de los ochenta, y afectaron de manera notable a los trabajadores. Estos cambios fueron acompañados por un impresionante salto tecnológico y el mundo fabril fue invadido por la automatización y la robótica, que modificaron las relaciones laborales y la propia producción de capital. El trabajo cronometrado y la producción en serie se han intensificado hasta límites impensados hace pocos años, avanzando un paso más en el camino de despojar al obrero de su saber y de su conocimiento del proceso de trabajo.

Pero el rasgo más preocupante ha sido el aumento del desempleo estructural y la evidente desproletarización fabril, que implica el achicamiento de la clase obrera. Esta característica se complementa con la tercerización del trabajo y una mayor heterogeneidad manifiesta en el ingreso masivo de la mujer al mercado laboral. Al mismo tiempo, produce una subproletarización que generaliza el empleo parcial y precario, denominado gastarbeiters en Alemania o trabajo en negro en América Latina e Italia. Mediante este tipo de empleo, Europa recluta su mano de obra entre los miles de inmigrantes pobres que llegan desde África, América Latina y Europa del Este.

Estos profundos cambios afectaron tanto a la estructura productiva, a las formas de representación sindical y política, como también a los propios estilos de sociabilidad obrera. Los derechos de los trabajadores, conseguidos a lo largo del tiempo con tanto costo, han sido desregulados debido a las necesidades del capital en esta nueva etapa. Es evidente que la inestabilidad laboral se ha transformado en una condición permanente y, sin duda, estamos atravesando la crisis más grave en la historia de la clase trabajadora, puesto que fue afectada material y subjetivamente. Como sostiene Richard Sennett, “es posible que la corrosión del carácter sea una consecuencia inevitable” en tanto el trabajo se ha convertido en algo efímero.

Sin duda, estas transformaciones han afectado a los trabajadores de todo el mundo capitalista, tanto en las economías centrales como en las periféricas, generando una fuerte incertidumbre frente al futuro, pero también diversas formas de resistencia. En este sentido, quiero apelar a dos imágenes muy elocuentes. La primera proviene del prolífico cine social inglés de los años noventa, que tan bien expresó el desmembramiento de la cultura obrera. Puedo optar entre varios films y elijo Lloviendo piedras, realizada por Ken Loach en 1993. Allí, Bob, un trabajador desocupado sin demasiadas posibilidades de conseguir empleo, vive con su mujer y su hija en un típico barrio obrero del norte de Inglaterra, empobrecido por el cierre de numerosas industrias, y que ha quedado al margen de la estructura económica predominante. Por supuesto, su situación es angustiante. Sin embargo, está decidido a conseguir de cualquier forma que su pequeña hija tenga un vestido nuevo para la ceremonia de su primera comunión. Este acontecimiento menor, casi banal, posee un significado trascendente para Bob, pues se trata de obtener un bien tradicionalmente importante para la clase obrera inglesa, como es el vestirse de manera acorde los días festivos. Al perder el trabajo, conservar esa costumbre a través del vestido nuevo de su hija se convierte en una cuestión central para preservar su dignidad.

Para la segunda imagen me valgo de una nota publicada en el diario Clarín en el verano de 2002. En ella, un hombre que apenas ha superado los cuarenta años espera pacientemente, en la puerta de un comedor popular solidario del conurbano bonaerense, que su esposa y sus cuatro hijos finalicen el frugal almuerzo, producto de la caridad y la solidaridad de sus compatriotas. Abordado por el cronista del diario, aunque con reticencia, el hombre confiesa que hace tiempo ha perdido su trabajo en una fábrica de engranajes y, salvo algunas changas eventuales, no ha podido encontrar un empleo regular. Así, a su familia no le quedó otra posibilidad que apelar a la caridad ajena para sobrevivir, pero él se niega a entrar en el comedor pues siente una profunda vergüenza y una herida en su dignidad al no poder proveer, como tradicionalmente han hecho los obreros, el sustento a sus seres queridos.

Lo que me interesa rescatar de estas imágenes se relaciona con la perplejidad, incertidumbre y precariedad con que estos individuos viven transformaciones que los afectan de manera directa. No obstante, llevan adelante una fuerte resistencia cultural a darse por vencidos y, abandonados por el Estado y por los propios sindicatos, mantener su dignidad se convierte en la verdadera bandera de lucha, tanto al hacer todo lo posible para comprar un vestido, como al evitar la caridad del comedor popular.

Ahora bien, a pesar de estas imágenes negativas, aún no podemos prever cómo concluirá el actual proceso de cambio en el mundo del trabajo. Sabemos que el costo humano es muy alto, pero deberíamos apelar a la experiencia histórica para constatar que, cada vez que se han producido transformaciones de esta envergadura, los costos han sido elevados. En este sentido, podemos establecer una analogía entre el presente y la Revolución Industrial de comienzos del siglo XIX. Su irrupción generó un enorme entusiasmo, pero también dudas, temores e incertidumbres en amplios sectores sociales vinculados al trabajo preindustrial, un trabajo que –con la incorporación de la máquina de vapor y la fábrica– se transformaba rápidamente.

En realidad, la irrupción del capitalismo industrial implicó cambios estructurales profundos que involucraban los sistemas de poder, las relaciones de propiedad, la educación, las instituciones religiosas y la familia. En este contexto, las transformaciones del mundo del trabajo adquirieron dimensiones notables no solo por las modificaciones en las formas laborales, sino también por la inmensa cantidad de individuos que perdieron sus empleos, y formaron la primera gran reserva de mano de obra de la industria moderna. No debería olvidarse que el éxito de la primera fase de la Revolución Industrial se basó en la producción masiva de textiles baratos. Para ello y para obtener una rentabilidad adecuada, los empresarios impusieron salarios casi por debajo del nivel de subsistencia. Esto fue posible debido a la incorporación generalizada de mujeres y niños y por la importante disponibilidad de trabajadores a causa del alto nivel de desocupación.

Entre 1780 y 1840, miles de hiladores y tejedores manuales, rurales y urbanos, perdieron su trabajo cuando se mecanizó la producción en Inglaterra, y fueron pocos quienes pudieron emplearse por un salario en las novedosas fábricas. Aunque es cierto que durante este proceso una parte de la producción artesanal sobrevivió sin mecanizarse y convivió con el sector moderno, pueblos enteros dedicados al tejido y al hilado se empobrecieron y quedaron al margen del desarrollo, de la misma manera que, como hace dos décadas, le ocurrió a las poblaciones mineras. También el mundo agrario se vio afectado en este sentido. Si bien es cierto que el mayor porcentaje de los habitantes rurales terminó trabajando en las nuevas industrias o como jornaleros agrícolas asalariados, este ejército de desocupados engrosó una parte de la multitud de pequeños y medianos campesinos, que fueron expulsados de sus tierras por los cercamientos de las propiedades rurales que impuso el capitalismo agrario, y que terminó con sus comunidades. Es evidente que el éxito de la Revolución Industrial ocluyó la historia de estos miles de perdedores, que se vieron obligados a sobrevivir al amparo de la caridad paternalista de las leyes de pobres. En realidad, como sostiene el historiador Edgard P. Thompson, solo significaron una cifra en el libro de costos del proceso industrializador.

Ahora bien, hubo además otras víctimas. Me refiero a la multitud de trabajadores industriales que, desarraigada de sus antiguas formas de trabajo y de sociabilidad, debió adaptarse a los nuevos modos de explotación que les imponía el capitalismo. Miles de familias rurales se trasladaron a las nuevas ciudades para emplearse. Acostumbrarse al trabajo en la fábrica y al hacinamiento habitacional fue una experiencia dura y compleja por una infinidad de motivos. ¿Cómo adaptarse a la disciplina fabril? Los nuevos obreros provenían en su amplia mayoría del campo. Durante generaciones sus actividades laborales, por cierto duras y pesadas, habían estado relacionadas con los ritmos de la naturaleza y orientadas al “quehacer”, incluidas las tareas protoindustriales, como el tejido y el hilado en el domicilio, cuyo grado de sincronización era escaso. Era habitual que trabajaran desde el amanecer hasta el anochecer y que sus labores se intensificaran en ciertas épocas, como la de la cosecha, y se incrementaran también al incluir otro tipo de actividades, como la industria domiciliaria.

Ya desde el siglo XVII, el trabajo rural había comenzado a ser penetrado por la relación capitalista pues, a medida que comenzaban a cercarse los campos, la introducción de braceros asalariados transformó el trabajo orientado al quehacer diario en trabajo regulado. Es decir, el tiempo del patrón se convirtió en dinero y, consecuentemente, el tiempo del obrero no debía malgastarse. Pero donde este cambio se generalizó intensificando la explotación, fue en la fábrica, pues la mecanización requería un nivel de sincronía para el cual la disciplina laboral era un dato esencial. Los trabajadores debían cumplir largas jornadas de labor, enmarcadas por el sonido de la sirena tanto al entrar en la madrugada, como al salir al anochecer. Y cada jornada no sólo era larga, sino monótona y aburrida, lo que producía en el trabajador la alienación del placer en la tarea. Sin duda, el contraste con el mundo rural era notable, pues antes se alternaba la labor intensa con la ociosidad. Los días y semanas laborales eran irregulares y estaban salpicados de fiestas, ferias y del famoso San Lunes, día en el que la gente se dedicaba a gastar alegremente la paga semanal.

En 1820, en plena industrialización, un obrero fabril, hijo de un tejedor manual, recordaba los “buenos tiempos” cuando “el humo de la fábrica no ensuciaba la atmósfera”, cuando “no había sirena alguna que les llamase a las cuatro o a las cinco de la mañana”, cuando “había libertad para empezar y dejar de trabajar cuando quisieran”. Seguramente esta mirada tenía un fuerte componente idílico y estaba cargada de nostalgia por el “mundo perdido”, pero marcaba el rechazo hacia las nuevas formas de explotación, un rechazo que durante muchos años se expresó en el intento de mantener sus costumbres y luchar contra la rigidez disciplinaria. Es por eso que, en esa misma época, un observador se lamentaba de la falta de disciplina de los trabajadores pues en Londres, sostenía, “se guarda San Lunes tan religiosamente…generalmente seguido de un San Martes también”.

Estos tejedores, más que rechazar los cambios inherentes a la Revolución Industrial, sentían temor como Bob, el trabajador desocupado de Loach, y como nuestro obrero anónimo del conurbano, frente a las incertidumbres generadas por los procesos de transformación, y además temían (y temen) la pérdida de su identidad pues percibían que se desestructuraba su familia, se despreciaban sus saberes laborales y se reprimían sus costumbres y tradiciones culturales. En este sentido, añoraban (y añoran) el mundo perdido. •



Publicada en TODAVÍA Nº 14. Agosto de 2006

 

OSDE | OSDE BINARIO | NEO | BINARIA | FUNDACIÓN OSDE | URGENCIAS 435-1111 | INTERTURIS Actualizado
Mayo de 2009