El acontecimiento inmóvil: Juan José Saer y el cine
por DAVID OUBIÑA crítico
cinematográfico, profesor en la UBA y en la Universidad del
Cine
Narrar el presente y apresar el instante
se conjugan en la técnica narrativa de Juan José Saer.
El escritor construye así una poética que pone en
escena la experiencia de la percepción del tiempo a través
de los sentidos y que, a su vez, se vale del cine como instrumento
para interrogar ciertas convenciones literarias.

Artista
invitado
PABLO PÁEZ |
¿Cuál es la relación que la literatura moderna
establece con el cine? ¿En qué tipo de películas
piensan los escritores? ¿Qué cosas toman los textos
de los films? Fuertemente marcada por las innovaciones modernas
en el estatuto de la narración, la obra de Juan José
Saer no ha escapado al influjo magnético de lo cinematográfico.
La importancia del cine en su formación literaria y en la
composición de sus novelas ha sido señalada tanto
por los críticos como por el autor. Y así como nunca
deja de enumerar su árbol genealógico de escritores
(Joyce, Kafka, Faulkner, Proust, Flaubert, Musil, Borges, Di Benedetto,
Arlt, Macedonio Fernández, Juan L. Ortiz), también
cita con la misma perseverancia su tradición cinematográfica:
Ingmar Bergman, Michelangelo Antonioni, Andrei Tarkovski, Yazujiro
Ozu, Satyajit Ray, Robert Bresson, John Casavettes, Rainer Fassbinder
y Jean-Luc Godard.
En sus inicios, Saer fue profesor de Historia del cine y de Crítica
y estética cinematográfica en la Universidad Nacional
del Litoral; también ha sido guionista de Palo y hueso (Nicolás Sarquís, 1967) y de Las veredas de Saturno (Hugo Santiago, 1985), entre otros films. Esa estrecha convivencia
con cierto imaginario cinematográfico dejó marcas
permanentes en su escritura. El carácter organizador de la
mirada, los cambios de perspectiva, la construcción del espacio,
el slow motion, el desmontaje de las acciones, el manejo
del flashback, el fuera de campo o el aprovechamiento de
los tiempos muertos son técnicas que el escritor aprende
del cine y que –sobre todo en los textos escritos a finales
de los sesenta y principios de los setenta– le sirven para
cuestionar la linealidad narrativa y la estética realista.
Al mismo tiempo, sin embargo, sus novelas resultan refractarias
a la adaptación cinematográfica y trabajan a partir
de un modo de representación irremediablemente distinto.
Se podría decir que Saer usa ciertas técnicas del
cine para separarse del relato literario clásico y, en ese
movimiento, construye una nueva forma de especificidad literaria.
Frente al modelo clásico lineal, Saer propone un relato
circular, recursivo y fragmentario. No una literatura de avance,
que desarrolle una sucesión de acontecimientos dentro de
la estructura progresiva de una historia sino, más bien,
una literatura gerundial, en suspensión, aferrada a la prolongación
casi infinita del instante. A propósito de Nadie nada
nunca, Beatriz Sarlo afirma que Saer postula una teoría
del presente: “Lo que en la novela se cuenta, más
que un conjunto de peripecias o la historia de una subjetividad
negada, son los estados del presente, que deja de ser lineal
para adquirir el espesor que le proporcionan los leves desplazamientos
de perspectiva. El espesor resulta, también, de las formas
en que se escribe de manera cada vez más expandida, el mismo estado del presente” (Punto de Vista Nº
10, 1980). En efecto, lo que esa novela quiere capturar, lo que
en general toda la literatura de Saer asedia a través de
expansiones y cambios de perspectiva, es el modo en que transcurre
un instante, cómo flota el presente en la experiencia, cómo
reverbera fugazmente en una mirada, en suma, cómo “narrar
la percepción”.
¿Qué toma Saer del cine en el nivel de los procedimientos?
Se podría responder: la fragmentación y la detención.
He ahí las técnicas que definen el mecanismo del registro
cinematográfico. Para lograr una proyección fluida
del movimiento y del tiempo, el cine debe capturar las acciones
parcelándolas y congelándolas. De allí resulta
que el registro y la proyección son momentos opuestos y complementarios.
(Significativamente el aparato ideado por los Lumière contenía
en sí mismo esa contradicción: era cámara y
proyector a la vez). Digamos que, para proyectar la continuidad,
es preciso pasar por lo discontinuo. En La mayor, en El
limonero real o en Nadie nada nunca, por ejemplo,
la percepción funciona por fragmentación: para procesar
la gran masa de informaciones que recogen los sentidos, es preciso
segmentar el entorno, aislar allí un momento, descomponerlo
y examinar sus partes analíticamente. Aunque, al hacerlo,
es inevitable que se produzca una sensación del objeto en
la que éste no puede reconocerse. Para describir la acción
en apariencia simple de engullir un bocado, es preciso atravesar
un laberinto de pequeños actos autónomos. Como una
parodia de la célebre escena de Proust, Saer anota en La
mayor: “Sopo la galletita en la taza de té, en
la cocina, en invierno, y alzo, rápido, la mano, hacia la
boca, dejo la pasta azucarada, tibia, en la punta de la lengua,
por un momento, y empiezo a masticar, despacio, y ahora que trago,
ahora que no queda ni rastro de sabor, sé, decididamente,
que no saco nada, pero nada, lo que se dice nada. Ahora no hay nada,
ni rastro, ni recuerdo, de sabor: nada”.
Sin duda, Glosa es la gran novela sobre la detención:
la acción completa del texto cabe en el espacio acotado de
las veintiuna cuadras que recorren juntos Ángel Leto y el
Matemático. Allí se extrema el procedimiento para
extraer el máximo de información en cada instante
de la caminata. Si los recursos cinematográficos ocupan un
sitio original en la escritura de Saer, es porque hace un uso subversivo
del medio. Lo que le interesa, por lo tanto, no es su efecto de
fluidez sino su capacidad para producir un desmontaje del movimiento.
No sólo aprovecha el cine como instrumento para interrogar
ciertas convenciones o procedimientos literarios cristalizados sino
que, en ese movimiento, el propio dispositivo cinematográfico
es puesto en cuestión. Se trata de una doble violencia que
lo vuelve irrecuperable para las prácticas institucionalizadas,
tanto del cine como de la literatura. En lugar de descansar sobre
la construida fluidez de las imágenes fílmicas, utiliza
lo cinemático como una interferencia que provoca la inmovilidad.
Puesto que la mayor paradoja del cine es que permite representar
la continuidad y el movimiento a partir de la fragmentación
y la detención, Saer saca provecho de ese conflicto que está
en la base de las películas: no adopta el modelo de la representación
cinematográfica dominante sino que usa sus técnicas
de registro como estrategia de producción literaria.
¿Cómo se narra el presente? ¿De qué
manera es posible registrar con fidelidad ese estado en todas sus
variaciones si, para capturarlas, es preciso dar cuenta de sus prolongaciones,
su avance inevitable, su orden? ¿Cómo escribir el
transcurrir, cómo escribir el movimiento si toda extensión
supone una direccionalidad y, por lo tanto, una progresión?
Para no imponer una causalidad al relato del presente, Saer trabaja
a partir de una acumulación de breves instantáneas,
cada una de ellas sin memoria respecto de las anteriores. De esa
forma su escritura alcanza un transcurrir inmóvil: una captura
de los movimientos como superposición de placas detenidas,
cada una después de las otras, cada una encima de las otras.
Los instantes existen sólo una vez, sin continuidad, sin
contigüidad. Después de que han tenido lugar, no se
fijan ni se acumulan en la experiencia sino que se desatan, quedan
sueltos y se pierden. Si todo lo que cae fuera del presente es tragado
por la nada, a su vez el presente es –por definición–
lo que no permanece. Y así, excluidas del flujo continuo,
las cosas se arriesgan a la dispersión o la ausencia.
Saer trabaja la escena como un plano cinematográfico, a
la manera de Antonioni: los lugares no se caracterizan tanto por
aquello que los habita sino por esa amenaza de la ausencia. El espacio
es, potencialmente, un vacío. De manera que todo el trabajo
de composición consiste en devastar el plano y en aislarlo.
No hay un espacio fuera del encuadre que complete lo mostrado; todo
aquello que sale de los límites de la imagen es atrapado
por un fuera de campo absoluto. Lo mismo sucede con los textos de
Saer. Ésa es la paradoja de estas narraciones. Como si las
cosas únicamente subsistieran mientras son sostenidas por
la mirada que las describe. Y luego, más allá de ella,
desaparecen. Así, la escritura restituye al mundo su carácter
de enigma y ejerce sobre él las tareas de una auténtica
interrogación. Lo que le interesa a esta literatura no es
el film en tanto representación de la fluidez, sino ese punto
de descomposición en donde toda acción se reduce a
una serie de momentos inconmensurables. Capturada en su propio reverso,
en su negatividad, la imagen cinematográfica exhibe un carácter
no reconciliado consigo misma.
“Los pedazos no se pueden juntar” es lo último
que dice el obrero Luis Fiore en Cicatrices, antes de arrojarse
por la ventana hacia el vacío. En Nadie nada nunca,
el ex campeón de permanencia en el agua descubre, luego de
setenta y seis horas flotando, que el mundo ha estallado en pedazos
delante de sus ojos: “Hasta donde su vista pudiera alcanzar,
es decir, todo el horizonte visible, la superficie que lo rodeaba,
en la que ya no era posible distinguir el agua de las orillas, parecía
haberse pulverizado y la infinitud de partículas que se sacudían
ante sus ojos no poseían entre ellas la menor cohesión”.
Y en Las nubes, perdido en medio de la llanura pampeana,
el doctor Real advierte de pronto que ha sido expulsado a los suburbios
del universo: “Me di cuenta de que, en ese mundo nuevo que
estaba naciendo ante mis ojos, eran mis ojos lo superfluo, y que
el paisaje extraño que se extendía alrededor, hecho
de agua, pastos, horizonte, cielo azul, sol llameante, no les estaba
destinado”. Ese extravío de sí es una característica
que puede rastrearse en otros textos de Saer y que funciona como
un núcleo sobre el cual se construye su poética.
En la acumulación de pequeños presentes aislados,
Saer construye una poética que pone en escena la experiencia
de una percepción desoladoramente fragmentaria, es cierto;
pero también retrotrae las cosas hasta un punto en el que
el conocimiento ya no se encuentra colonizado por la costumbre,
sino aguijoneado por el afán exploratorio.
La potencia de esta escritura consiste en encontrar el pasadizo
entre cada fragmento insignificante y la totalidad inabarcable.
Entonces, finalmente, la literatura es investida de una función
crítica porque se vuelve incontrolable y, a lo largo de una
obra perfecta, hace que cada instante se proyecte sobre la perspectiva
majestuosa de una cosmogonía. •
Publicada en TODAVÍA Nº 14. Agosto de 2006
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