Ernesto Berra
Ensayos sobre la materia
por VERÓNICA MOLAS periodista
Camino por mi barrio y veo los tapiales, las paredes
descascaradas, las fachadas y las puertas en mi cuadra; es imposible
escapar del lugar donde uno vive. E.B., 2004

ERNESTO BERRA
Sueños fabriles I, 2000
Técnica mixta sobre tabla |
Muro, fachada, construcción, medianera, la casita pobre:
estas señales en los títulos de las obras de Ernesto
Berra aluden a una realidad, la del paisaje urbano. Sin embargo,
su pintura nunca abandona un destino ligado al arte abstracto, a
la idea de que el lienzo es un campo de juego, un espacio para explorar
las propiedades físicas de la materia.
A partir de los años ochenta, su pintura descubre en la
materia, el color y la luz, el sentido para ejercer una mirada artística.
Desde entonces, sus imágenes irán depurándose
para resignificar, en una estética propia, la influencia
de tendencias como la abstracción constructivista, el informalismo
y el tachismo, que se reconocen en sus pinturas y, más tarde,
en sus objetos.
Puede afirmarse que la materia rige la cosmovisión artística
de Berra, tanto cuando trabaja sobre tela, como cuando lo hace sobre
madera, cartón o papel. Es, de este modo, la base de operaciones
en la que se impone una imagen, la del paisaje vivido, ya se trate
de los motivos naturales o de los muros urbanos. Es el pintor mismo
quien afirma que en su obra la materia es generadora, movilizadora:
“Experimentar diversas técnicas en una obra me lleva
a realizar otras y así sucesivamente”.
Sus búsquedas más personales se han enlazado con
los distintos lenguajes que indagó. En su infancia trabajó
en la carpintería de su padre, en el barrio San Martín;
a ese conocimiento le sumó, luego, la influencia que recibió
de Joaquín Torres García y del artista cordobés
Marcelo Bonevardi. Sus aportes se reflejan con claridad en las construcciones
que Berra desarrolla en los años noventa.
La vida en distintos barrios tradicionales de Córdoba –San
Martín, Alta Córdoba y General Paz–, de casas
de fachadas sencillas, le permitió redescubrir los muros
y volverlos pintura. Las “descascaradas superficies de una
medianera de barrio”, en palabras del crítico Gabriel
Gutnisky, despertaron su interés por llevar el plano de la
pintura hacia el objeto. Sus muros serenos transmiten el espíritu
de los pintores metafísicos de Córdoba como Onofrio
Palamara. Reviven, además, un clima que se remonta a los
italianos Giorgio De Chirico y Carlo Carrá y a los solitarios
paisajes urbanos de Ernesto Farina o Manuel Reyna. Pero, al mismo
tiempo, el artista continúa su clara línea constructivista
al incorporar maderas y clisés de imprenta en sus ensambles.
Ni la genealogía local ni la influencia de los pintores matéricos europeos y estadounidenses restaron singularidad
a la mirada de Berra. Los revoques blancos de las casas, de las
tapias, o de las casitas viejas de los barrios General Paz o Pueyrredón
se reflejan en sus obras claras. La arena, las piedras molidas y
los carbonatos, incluso la arcilla de distintos colores que utiliza,
son de Córdoba. Más allá de la materia y de
la textura que ésta produce, el color que aparece en la obra
es el de su entorno. Así lo cree el propio Berra, al medir
su proyecto: “Mi tendencia va más a la abstracción,
pero cuando pongo un azul, posiblemente estoy poniendo el azul del
cielo de Córdoba. Lo mismo ocurre con la luz, tan particular
de esta provincia”.
De modo similar, el artista encuentra, en los barrios humildes,
una diversidad de materiales que lo inspiran: cartones, maderas,
plásticos, nylon y chapa oxidada. En íntima relación
con esta peculiar mirada, una de sus últimas series se titula La casita pobre (2002). También los elementos que
revelan el paso del tiempo marcan su producción: puertas
descascaradas por el uso y los años, con muchas manos de
pintura. “Son registros, apuntes que tomo naturalmente todo
el tiempo y en cualquier lugar, alrededor de mi casa. Una puerta
vieja y desvencijada puede ser el detonador para una obra”,
confiesa.
Lo cotidiano se transfigura y reaparece fuera del contexto original,
en objetos nacidos del diálogo entre pintura y materiales
industrializados o de segunda mano, como cintas de embalaje, pequeñas
varillas de madera, latas con inscripciones y alambres o cables
de alta tensión. Así, uno de estos cables puede cruzar
el cielo y transformarse en el horizonte de un paisaje abstracto.
En la serie Sueños fabriles (2000), Berra continuó
desarrollando la textura de los muros: “La primera impronta
en mi obra es bastante gestual, después necesito poner una
línea, alguna tensión, un objeto que me ayude a componer
y armar la obra. Voy tomando cosas de la propia realidad. Las fachadas
de las casas tienen una cornisita para parar el agua cuando llueve.
Cuando aparecen en la obra, estos referentes figurativos se tornan
abstractos. El alambre está supliendo estéticamente
al trazo de la línea. Lo asocio al tendido eléctrico
que pasa frente a las casas”.
Por otro lado, en el protagonismo de la tela (en un juego donde
interviene el pliegue, el hilo y la rotura) hay un lazo de familia
con el italiano Alberto Burri, expresionista abstracto que empleaba
materiales pobres en sus trabajos, quemaba las telas y las cortaba.
Cuando en algunas obras de la última década el artista
deja zonas limpias de tensión, apenas interrumpidas por un
tajo que aparece como una herida en la superficie, se adivina, por
último, la lección de Lucio Fontana. El tratamiento
al que somete la tela transmite cierta sensualidad. “Soy el
primero en sentir eso”, consiente.
Berra regresa al taller luego de comprar las telas, las moja y
las deja secar arrugadas, esta preparación va creando un
clima de trabajo. Cuando los lienzos están listos, los selecciona
y los cose entre sí, los pega con tiza y cola sobre bastidores
que él mismo realizó, y en este proceso va concretando
la acción de agregar y quitar. Esa primera impronta va gestando
la obra.
Simultáneamente, incorpora otros materiales, como pigmentos,
cargas en polvos, arena, piedras molidas en granos muy finos, sustancias
oleosas y acuosas, trazos con lápices o tizas de colores.
Luego tajea las telas con algún elemento cortante, y las
deja secar algunos días más. Las observa, y continua
haciéndoles ajustes finales.
Cada vez más, extrema los silencios y reduce al mínimo
ese puro acto de pintar. La tela y los dobleces que genera son el
soporte de manchas monocromas, zonas solo interrumpidas por los
elementos extra pictóricos o por algún grafismo. “Desde
hace bastante tiempo –afirma– siento ganas inmensas
de hacer obras casi blancas, muy minimalistas, con mucho espacio
y pocos elementos. Es como si quisiera interpretar el silencio”.
Publicada en TODAVÍA Nº 14. Agosto de 2006
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