Brasil, de la disciplina a los derechos
por JOSÉ SERGIO LEITE LOPES
antropólogo, Programa de Pós-Graduação
em Antropologia Social, Museu Nacional - UFRJ
En el itinerario histórico de los
sistemas de trabajo en el Brasil, desde las iniciales formas esclavistas
hasta el actual esquema neoliberal, es posible descubrir el recorrido
de un proceso de expansión de los derechos que, aun con sus
avances y sus retrocesos, implica la gradual formación de
una cultura del trabajo.

ERNESTO BERRA
Perfil urbano con cielo blanco, 2006
Técnica mixta sobre tabla |
El proceso de formación de una cultura del trabajo en el
Brasil a lo largo del siglo XX, se vincula con un modelo de disciplinamiento
y control de los trabajadores, que asumió formas de dominación
“fuertes” o “autoritarias” en los establecimientos
y empresas de gran tamaño. Pero también se enlaza
con el proceso en el que se atenuaron esas relaciones autoritarias
a través de la incorporación, por parte de los trabajadores,
del uso de derechos, y de la constitución de formas de asociación.
A partir de la década de 1930, los trabajadores de las fábricas
y establecimientos urbanos comenzaron a regirse por una serie de
leyes sociales, reunidas en la Consolidación de las Leyes
del Trabajo (CLT), en 1943. En el campo, esas leyes recién
se extendieron veinte años después, con el Estatuto
del Trabajador Rural de 1963. El lapso entre las dos fechas resulta
significativo en la medida en que muestra la lentitud en el ritmo
de difusión de la ciudadanía en el Brasil, el modo
desigual en el que se otorgaron los derechos a los trabajadores,
en especial a aquellos sometidos a la influencia de los grandes
propietarios rurales o agroindustriales.
Hay que recordar que las transformaciones que tuvieron lugar en
los centros agrícolas tras la abolición de la esclavitud
reprodujeron formas de dominación que, muchas veces, estaban
directamente relacionadas con el período esclavista. Éste
fue el caso de sistemas de trabajo como el del morador,
en el Nordeste –región donde prevalecía la agricultura
de la caña de azúcar–, o el del colono,
en el Sudeste –en torno a la cultura del café–,
en los que se sojuzgaba a las poblaciones (negras) salidas de la
esclavitud, a los descendientes (blancos o mestizos) de los ex “hombres
libres de la sociedad esclavista” –habitantes de las
zonas rurales–, e incluso a los inmigrantes traídos
de Europa o de Japón que se concentraron en San Pablo. En
efecto, aquellas relaciones estaban marcadas por la dominación
social “fuerte” de los propietarios rurales sobre el
resto de la población campesina. Ese vínculo trascendía
el sentido estricto de las “relaciones de trabajo”,
como se conocían en la ciudad, y abarcaba también
las actividades familiares, éticas, religiosas, culturales
y políticas de las personas.
En esa sociedad, los sindicatos y las mutuales de las dos primeras
décadas del siglo XX contribuyeron a formar una ética
del trabajo. Por su parte, la nueva legislación de las décadas
de 1930 y 1940, que ya mencionamos, si bien paralizó a algunos
de los sindicatos más combativos, promovió desde el
Estado la agremiación. De ese modo, efectivizó derechos
(y, consecuentemente sancionó los incumplimientos patronales),
que pudieron así llegar a los trabajadores de las empresas
más renuentes a la organización gremial de sus subordinados.
Con el fin de la dictadura del “Estado Novo” de Getulio
Vargas (1937-1945) y del gobierno del general Dutra (1946-1950)
–que intervino de manera sistemática en los sindicatos-,
los trabajadores urbanos pudieron apropiarse de sus asociaciones
y desarrollar una importante campaña de difusión de
sus derechos, hasta el golpe de 1964.
Ahora bien, aun cuando la extensión de la ciudadanía
en el Brasil tenga en su origen y en su dinámica la marca
del corporativismo de la época de Vargas, no por ello dejó
de crear cierta “sociedad salarial” en el país.
Creó profesiones y carreras en el servicio público,
en las grandes empresas y en diferentes establecimientos, que incluyeron
tanto a los asalariados de clase media como a los obreros. Impulsó,
asimismo, una estructura para la justicia laboral y un sistema de
previsión social. En la posguerra, las empresas estatales
adoptaron esos modelos de carreras y de derechos.
La experiencia de esos trabajadores, incorporados al mercado laboral
después de 1945, sigue presente en nuestra época y
se vincula, justamente, con la conquista de los derechos sociales.
Aquellas generaciones fueron las primeras en gozar de jubilaciones
determinadas por los años de vida laboral, y las actuales
también aspiran a obtenerlas. Su proyecto de vida quedó
sellado por esa posibilidad y, para lograrlo, valía la pena
realizar el esfuerzo de trabajar desde muy joven. A pesar de que
el nivel salarial siempre fue muy bajo –cercano al del salario
mínimo–, la mayoría de aquellos trabajadores
manuales con empleo regular podía sobrevivir gracias a recursos
marginales (la agricultura en quintas, las changas o el pequeño
comercio), a la ayuda errática del “paternalismo industrial”
o “empresario”, y a la protección de los derechos
sociales.
De ese modo, los trabajadores fueron integrados a la sociedad y
a un proyecto universalista de expansión de derechos, aunque
muchos de ellos no se respetaron en algunas empresas, que históricamente
han sido renuentes a aceptarlos. En el momento mismo en el que se
aprobó la legislación laboral se formaron en forma
simultánea una fuerza de trabajo principal y con derechos,
y otra secundaria y “clandestina”, sin libreta legal.
Esta situación prefigura, ya en la década de 1930,
un modelo parecido al que en el vocabulario de hoy se conoce como
precarización de la fuerza de trabajo.
Luego, desde mediados de la década de 1950, ya con la aplicación
del modelo industrial fordista en San Pablo, tuvo lugar un desplazamiento
de trabajadores de origen rural (provenientes de los estados de
San Pablo, Minas Gerais y los del Nordeste) hacia la producción
automotriz y la red de industrias que la sostiene, y se formó
de hecho un mercado de trabajo nacional. La industrialización
intensiva, que había comenzado –a fines de los años
cuarenta– con dos empresas estatales localizadas en el estado
de Río de Janeiro –la Compañía Siderúrgica
Nacional y la Fábrica Nacional de Motores–, se completó
en la década de 1950 con el establecimiento de astilleros
navales en el mismo Estado, y con la industria siderúrgica
en Minas Gerais. La construcción y puesta en funcionamiento
de Brasilia, en los años cincuenta y sesenta, también
atrajo mano de obra de diferentes lugares y características.
Finalmente, en las décadas de 1960, 1970 y 1980, en pleno
régimen militar, se crearon muchas empresas estatales y se
amplió así el número de asalariados. Esas empresas
incorporaron en el Brasil el modelo de la “sociedad salarial”
europea.
El proyecto de generalización de los derechos continuó
vigente, a pesar de que la dinámica de la lucha por su extensión
fue obstaculizada por el régimen militar y por los períodos
de gran crecimiento seguidos de recesiones. La promulgación
del Estatuto del Trabajador Rural de 1963 y la implantación
de la justicia laboral, de la previsión social y de la sindicalización
en el campo abrieron el horizonte para la extensión de los
derechos a los trabajadores rurales. Esta situación los llevó
también a cuestionar la pésima distribución
de la propiedad de la tierra y a luchar por una reforma agraria.
A fines de la década de 1970, ya en el contexto de la lucha
por la vuelta de la democracia se organizó un fuerte movimiento
social de trabajadores, que si bien se concentró en algunos
puntos del país, al mismo tiempo, se extendió. Uno
de los lugares centrales fue la periferia del estado de San Pablo,
en cuyas organizaciones sindicales -hasta entonces limitadas por
los controles estatales-, surgió un fuerte movimiento en
defensa de una cultura del trabajo y de sus derechos. Allí
tuvieron lugar las primeras huelgas que desafiaron al régimen
militar, entre 1978 y 1980. Otro foco fue el interior de Pernambuco
–zona productora de caña de azúcar–, donde
se registraron las primeras huelgas de trabajadores rurales, culminando
así el proceso de organización sindical en el campo,
que había comenzado en la década de 1970.
Más tarde, a lo largo de los años ochenta, se formaron
organizaciones que incluyeron diferentes tipos de trabajadores,
grupos perjudicados por los efectos negativos de grandes proyectos
(como las represas hidroeléctricas), y agrupaciones que luchaban
por la reforma agraria. La amplitud, la diversidad y la fuerza de
ese conjunto de movimientos sociales despertaron un interés
internacional por el país, pues ponían de manifiesto
la esperanza y el dinamismo de esas luchas, que contrastaban con
la falta de entusiasmo y la morosidad demostradas por las elites
para comenzar a saldar la inmensa deuda social acumulada.
Tiempo presente
En los últimos años, a nivel internacional se produjeron
profundas transformaciones en el modelo de organización del
trabajo y en el tipo de gerenciamiento. Estos cambios, que han afectado
a diferentes naciones del mundo desarrollado, llegaron también
a los países periféricos como el Brasil, antes “protegido”
por la inestabilidad inflacionaria, las políticas industriales
en beneficio de la producción local y los intensos movimientos
sociales iniciados en la lucha contra el autoritarismo del régimen
militar. Las consecuencias de estas transformaciones modernas son,
paradójicamente, el retorno de formas de vulnerabilidad de
las masas, semejantes a las que padecían las poblaciones
trabajadoras antes de la época de la previsión social.
Las políticas de inspiración neoliberal aumentan
la sensación de inseguridad aun en los sectores más
formales y estables del mercado de trabajo y, desde ya, en las generaciones
más jóvenes, que saben que no encontrarán las
mismas oportunidades de trabajo que quienes les precedieron. La
vulnerabilidad actual, a diferencia de la del período anterior
a las leyes sociales, se produce después de la experiencia
de protección, y esto acrecienta el sentimiento de pérdida
y el sufrimiento. La privación de derechos adquiridos da
lugar a luchas de resistencia, a veces desacreditadas y desesperanzadas.
Pero fueron luchas de ese tipo las que llevaron adelante los artesanos
ingleses, quienes expropiados por el avance de la llamada Primera
Revolución Industrial del siglo XIX, inventaron y legaron
para las generaciones siguientes una cultura del trabajo y de la
solidaridad.
Hoy, el agravamiento de la desigualdad extrema en la distribución
del ingreso y la riqueza es el problema central del Brasil. A esa
creciente asimetría contribuyó, sin duda, el hecho
de que, a partir de la década de 1960, se haya desalentado
o bien destruido todo intento de reforma social, de reforma agraria,
de reforma urbana y de universalización efectiva de la educación
pública. Primero, con la dictadura militar y sus políticas
de modernización con concentración del ingreso. Luego,
a partir de 1985, con los sucesivos pactos entre las elites dirigentes
y con la postergación de reformas sociales urgentes. Y, finalmente,
con los intentos de aplicación de políticas neoliberales
que exacerbaron las tendencias de exclusión social.
Desde ya, la anterior -y ahora debilitada-, concepción cultural
y política que asociaba los derechos al mundo del trabajo
puede revitalizarse, a partir de la búsqueda de nuevas expresiones
de ciudadanía. Algunos puntos de partida posibles pueden
situarse en el encuentro de un equilibrio de fuerzas entre el hombre
y la mujer, tanto en la esfera pública como privada; en la
reformulación del concepto de identidades étnicas
indígenas y afro-brasileñas; en las luchas por la
salud y la educación de las clases populares, así
como en la defensa del medio ambiente.
Pero, más allá de esta propuesta, debemos reconocer
que la proyección de los movimientos sociales –intensificados
entre las décadas de 1980 y 2000–, la posibilidad progresiva
de elegir representantes en los diversos niveles del Estado, las
experiencias de gobierno en los niveles local y estatal, y la elección
de un ex sindicalista metalúrgico e inmigrante nordestino
como presidente de la República, todo ello produjo –no
obstante las dificultades de las reglas del juego formales e informales
del sistema político brasileño–, un cambio de
ritmo en las transformaciones económicas que resultaban perjudiciales
para los trabajadores. Es de esperar que la memoria y la herencia
de los movimientos sindicales y sociales recientes (como los de
defensa de derechos humanos y los ambientalistas), con su impulso
de universalización de derechos y de solidaridad, se evidencien
con mayor fuerza cuando sus representantes se enfrenten a la posibilidad
de actuar en las diversas instancias del poder. •
Publicada en TODAVÍA Nº 14. Agosto de 2006
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