La voz mediada
por LAURA ISOLA profesora de Literatura,
UBA - Universidad de San Andrés
Hay libros que dan la palabra a quienes históricamente
no han tenido acceso a ella. En la mayoría de los casos,
es un intelectual el que entrevista a los protagonistas y luego
organiza ese material, siguiendo las pautas de la lengua escrita.
¿En qué medida esos testimonios conservan la fuerza
de la denuncia original? ¿Cómo desafiar las leyes
del género? Hay al menos un texto que abre el camino en esta
dirección.

BLANCA MACHUCA
Amuleto para proteger el corazón, 1998
Técnica mixta |
Las tapas de los libros Me llamo Rigoberta Menchú y
así me nació la conciencia y “Si me
permiten hablar...” Testimonio de Domitila, una mujer de las
minas de Bolivia exhiben el problema del género testimonial
de la manera más elocuente y enfática que cualquier
tratado o investigación sobre el tema.
En la portada del primer texto, que es de 1985, la cara sonriente
de Rigoberta Menchú duplica su nombre en el título:
se muestra con el traje de indígena quiché y el arreglo
típico en el peinado para presentar la historia de su vida,
que es la de todo un pueblo. La fuerza de esa imagen se acrecienta
si leemos un epígrafe de su autoría incluido en el
interior: “Lo que a nosotros los indígenas nos duele
más es que nuestro traje lo ven bonito pero la persona que
lo lleva es como si fuera nada”. Revertir esa nada existencial
parece ser el propósito de esta mujer tan hermosamente ataviada.
El diseño de tapa no parece contener nada objetable, hasta
que advertimos que, junto al título con el nombre de la testimoniante,
aparece el de la antropóloga Elisabeth Burgos-Debray. Es
ella la que está en el lugar de la autora. Para la editorial,
será ella la depositaria de los derechos, después
de haber grabado, transcripto, ordenado y reescrito el material,
después de haber elegido los epígrafes y haber elaborado
la nota introductoria y las demás explicaciones de los ocho
días que Rigoberta pasó en su departamento de París,
contando, en un castellano aprendido hacía tres años,
su historia de vida. Con respecto a esta situación, en 1987
la protagonista declaró: “[El libro] no me pertenece
ni moralmente ni políticamente ni económicamente.
Yo lo he respetado mucho porque jugó un inmenso papel para
Guatemala. Pero yo no tuve derecho de decir si el texto me gustaba
o no, si era fiel a los datos de mi vida. Ahora mi vida es mía,
por lo tanto creo que ya es oportuno decirlo, que no es mi libro...
Pienso que todos aquellos que tengan sus dudas sobre la obra deben
acudir a ella, porque incluso, legalmente, yo no tengo derechos
de autor ni regalías ni nada de eso”. A esto se le
suma la polémica que encendió David Stoll con su libro Rigoberta Menchú y la historia de todos los guatemaltecos
pobres, en 1999, cuando no sólo puso en tela de juicio
el trabajo de Burgos-Debray sino la mismísima veracidad de
los dichos de la protagonista. Allí vuelve a aparecer la
ganadora del Premio Nobel de la Paz en la portada y aún se
la ve sonriente. Sin embargo, el antropólogo revisará
cada uno de sus testimonios orales con la vara de la documentación:
confrontará las fechas, los nombres, los datos, y concluirá
que Rigoberta inventó gran parte de su vida. Sin ánimo
de entrar en la polémica, es interesante observar el mecanismo
que el propio testimonio pone a funcionar: confrontar la verdad
de la memoria. O algo más o menos así.
Domitila Barrios de Chúngara es una mujer de los Andes bolivianos,
esposa de un trabajador minero, madre de siete hijos, única
integrante de la clase obrera que participó en la Tribuna
del Año Internacional de la Mujer, organizada en México
en 1975 por las Naciones Unidas. En la tapa del libro que se publica
dos años después de este evento, pide permiso para
hablar. También aparece en una foto, con la manta que le
cruza la espalda, y cargando, probablemente, a un niño pequeño.
Una vez más, a su nombre y a su imagen se le adjunta otro
nombre de mujer: Moema Viezzer, educadora brasileña que ha
sido supervisora de proyectos de desarrollo comunitario en áreas
del nordeste de Brasil y se dedica, en la actualidad, a programas
de investigación sobre la educación y la comunicación
populares. En ese texto se expone detalladamente la vida de los
mineros, que realizan un trabajo peligroso, sacrificado y mal remunerado,
y se señala la escasez que sufren en todos los ámbitos:
vivienda, atención médica, servicios sanitarios, comida,
etcétera. El relato se cruza con la vida de la mujer de un
minero que debe cuidar a los niños y realizar trabajos informales
para completar el magro salario de su marido. Hasta aquí
se trataría de una descripción casi costumbrista,
no desprovista de escenas dolorosas. Pero el relato de Domitila,
tal como está organizado en el libro, cuenta algo más:
su lucha y su plan de acción. Estas dos últimas facetas
del testimonio lo acercan al de Rigoberta, ya que ambos transgreden
lo meramente informativo y presentan el texto como un elemento de
lucha: porque denuncia, porque revela, porque insta al cambio.
Lo llamativo es que éstos no son casos aislados ni meras
coincidencias: la voz del testimoniante es una voz mediada. El letrado
solidario, el intelectual que presta su letra para que los que no
tienen voz puedan hacerse escuchar, encarnan las versiones más
o menos consensuadas del género. Por otra parte, el proyecto
político que los testimonios enarbolan deja un poco de lado
el estatus estético: la vanguardia no reside en la forma
sino en el contenido. Son escrituras de denuncia que promueven la
acción.
Sin embargo, como se verá, éste no es el único
modelo de mediación, como tampoco el único ejemplo
de que la lucha política solo es posible mediante la estrategia
de la denuncia. Para decirlo mejor: hay un libro, El Padre Mío (1989), y una autora, la chilena Diamela Eltit, que servirán
para conformar la periferia del canon, ese lugar inestable que no
termina de delimitarse nunca. Una opción deliberada que elige
contar la voz del otro y denunciar un sistema autoritario y dictatorial,
aunque parezca que está hablando de otra cosa.
El caso testigo
Si siguiéramos la lógica del canon literario y nos
propusiéramos armar una lista de los testimonios, ésta
incluiría los siguientes textos, según su fecha de
publicación: Biografía de un cimarrón,
1966, de Miguel Barnet, Hasta no verte Jesús mío,
1969, de Elena Poniatowska, “Si me permiten hablar...”
Testimonio de Domitila..., 1977, de Moema Viezzer, La montaña
es algo más que una inmensa estepa verde, 1982, de Omar
Cabezas, Me llamo Rigoberta Menchú y así me nació
la conciencia, 1985, de Elisabeth Burgos-Debray. A ellos habría
que agregarles un antecedente de 1952, Juan Pérez Jolote,
de Ricardo Pozas. Deliberadamente la lista omite El Padre Mío,
de Diamela Eltit, porque hay en él algo que se rebela, que
no permite estabilizarlo conforme a las reglas. A primera vista,
en la edición chilena de 2003, la tapa reproduce una foto
que posiblemente sea la del personaje que dio origen al libro. Tras
una especie de cerradura o agujero negro se espía un retazo
de su cara, desplazada, torcida la boca, sin una mirada atenta en
los ojos: el hombre es un fragmento. El título, El Padre
Mío, coincide con el nombre que Eltit le pone a un vagabundo
esquizofrénico que conoce, mientras estaba realizando una
investigación sobre la ciudad y los márgenes de Santiago
de Chile. Lejos de simplificar esa realidad, el libro consiste en
la desgrabación de tres encuentros con el Padre Mío,
que ocurrieron en 1983, 1984 y 1985 ( llamadas “hablas”
por la autora). La transcripción, el registro de lo escuchado
sin epígrafes ni agregados, casi como la oralidad en estado
puro, sería el momento de mayor adecuación al testimonio.
Sin embargo, Eltit corroe los cimientos mismos del pasaje de la
oralidad a la escritura ya que el discurso de un loco, con sus reiteraciones,
sus aceleraciones, sus listas y sus incoherencias, es el menos legible
de todos. La desarticulación del habla del Padre Mío
no opera por el contenido sino por la forma. Pero lo interesante
de la propuesta de Eltit no termina en la reproducción del
habla tal como fue escuchada o en el intento de disminuir el hiato
entre oralidad y escritura. Su apuesta es a la vez estética
y política. En el prólogo, que es sobre todo un cuaderno
de bitácora para leer el texto, escritura casi al límite
de la ilegibilidad, Eltit establece algunas asociaciones elocuentes:
“Cuando escuché al Padre Mío, pensé,
evoqué a Beckett [...] Después de Beckett me surgió
otra imagen. Es Chile, pensé. Chile entero y a pedazos en
la enfermedad de este hombre; jirones de diarios, fragmentos de
exterminio, sílabas de muerte, pausas de mentira, frases
comerciales, nombres de difuntos”. Beckett y el Chile de la
dictadura constituyen el tándem que posibilita la lectura
del testimonio. No la denuncia directa de “los fragmentos
de exterminio, sílabas de muerte, pausas de mentira, frases
comerciales, nombres de difuntos”, sino la puesta allí,
en forma, del discurso que se muerde la cola, que aspira a ser él
mismo la fuerza del mensaje. Por otra parte, aquí no habría
ninguna posibilidad de discutir la doble autoría del testimonio.
Al menos en el sentido en que lo plantea Menchú. La locura
del personaje, su habla psicótica y circular, ubicarían
al discurso más en el ámbito del caso clínico
que en el del testimonio. Por eso cabe preguntarse: ¿testimonio
de qué es El Padre Mío? En todo caso, es
testimonio de cómo estalla la función testimonial
ante la evidencia de que el lenguaje no es representativo ni transparente,
tal como los otros dos textos consideran. Es testimonio de la violencia
que opera el discurso cuando se vuelve un acto en sí mismo
y pone en jaque la aparente estabilidad de las funciones de autor
y testimoniante.
Una pequeña historia
Desde que Casa de las Américas, en 1970, decidió incluir
el testimonio entre las clases de discursos que intervienen en el
llamado a concurso, se pudo apreciar un vertiginoso y sorprendente
ascenso de escalafón en el jerárquico mapa que constituyen
los géneros literarios. En un par de décadas, transitaron
de la marginalidad al centro de la escena aquellos textos que, basándose
en un protocolo de entrevista de corte antropológico, desarrollaban
la historia de una vida ejemplar, capaz de concentrar en su individualidad
la voz de muchos. En esos textos la oralidad se vuelve escritura
por intermediación del letrado: es el excluido, el otro,
el diferente, quien aparece en la escena cultural y deviene carne
de escritura. En esta corriente casi institucional del testimonio,
podemos inscribir los libros de Rigoberta Menchú y Domitila.
Sin embargo, El Padre Mío elige recorrer un camino
inverso, a contrapelo, y responder a su modo –diferente del
resto– las mismas preguntas sobre cómo se producen
los pormenores del proceso, qué implica la escritura de un
testimonio en términos políticos y estéticos,
y cuál es el rol del intelectual en esta tarea. Por un lado,
en los libros sobre Rigoberta Menchú y Domitila, las autoras
se valen del protocolo de la historia de vida para construir el
habla de los subalternos. Pero la intervención sobre la palabra
oral del otro no se limita a la mera transcripción: hay una
incidencia directa del saber letrado, que dispone epígrafes,
notas, correcciones, que domestica y vuelve legible el discurso
de Rigoberta, por ejemplo. El dominio de la letra no es democrático
sino que se impone frente al habla de la india quiché. En
el otro extremo, Eltit reconoce que hay áreas diferenciadas
y traza una frontera tenaz entre el prólogo y la desgrabación
de las hablas del Padre Mío. En el primero ejerce su dominio:
explica, argumenta, decodifica, interpreta. El resto lo deja librado
al habla incongruente del que padece. Sin embargo, en ese dolor,
en ese relato rabioso y violento, surge la epifanía. Eltit
no intenta “curar” la palabra desquiciada del vagabundo.
Más bien opera a la inversa: al darle la letra, operación
que convencionalmente clausura el sentido, lo libera, y las palabras
furiosas se esparcen desprolijas y alborotan. No tanto por lo que
dicen sino por estar allí, tan temidas, sobre el papel que
dibujan. •
Publicada en TODAVÍA Nº 14. Agosto de 2006
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