Trabajo

Las nuevas realidades del trabajo femenino.
Un balance desde México

por ROCÍO GUADARRAMA OLIVERA socióloga Universidad Autónoma Metropolitana, México

Asediadas por la precariedad y la discriminación, las trabajadoras mexicanas participan en un mercado laboral cada vez más feminizado. Reclaman sus derechos, desarrollan sus estrategias defensivas y realizan sus proyectos de vida en sólidas redes familiares y sociales donde es posible hallar, también, nuevas formas de solidaridad.


ERNESTO BERRA
Muro blanco en tensión, 1999
Técnica mixta sobre tabla

Las ciencias sociales han documentado, desde distintas ópticas disciplinarias, los profundos cambios sucedidos en el mundo del trabajo en las últimas décadas. Las comunidades científicas nacionales e internacionales coinciden en señalar la multidimensionalidad y volatilidad de las ocupaciones y de la propia fuerza de trabajo. En esta nota queremos subrayar ese carácter múltiple y volátil desde la perspectiva de las mujeres mexicanas, quienes, durante el último tercio del siglo pasado y en medio de profundas crisis económicas, duplicaron su participación hasta llegar a constituir casi el 40% de la población activa.

El primer aspecto que despierta interés en este proceso de feminización del trabajo en toda América Latina es que coincide con una marcada precariedad, producida por la aplicación de reformas estructurales y estrategias de apertura comercial y de flexibilización que –de una u otra forma– los gobiernos de la región han puesto en práctica. En este punto, el ejemplo de Chile ilustra muy bien los efectos “modernizadores” producidos por los cambios en las normas laborales que impulsaron tanto el gobierno dictatorial como los que le siguieron. En otros países, como la Argentina, esa modernización se manifestó a través de la privatización indiscriminada de empresas públicas y, en los casos de México y otros países de Centroamérica, por medio de las llamadas empresas maquiladoras, que comenzaron sus actividades incorporando casi exclusivamente mano de obra femenina.

En medio de este contexto “modernizador”, neoliberal o globalizador, como se lo quiera llamar, las mujeres aparecen de manera contundente en la esfera económica. Esta circunstancia, que no es casual –y sobre la que no podemos explayarnos aquí–, explica que la participación femenina en la economía no se traduzca necesariamente en un mayor bienestar para las mismas mujeres y sus familias, ya que su inserción mayoritaria se da en trabajos inestables y sin protección social, tanto en la industria como en los servicios por cuenta propia.

Los estudios acerca de la participación económica femenina en el mercado de trabajo de México y América Latina han resaltado esta relación perversa entre feminización y precarización. Las investigaciones revelan que se trata de mujeres de diverso origen socioeconómico y grados distintos de escolaridad, con diferentes edades y situaciones familiares; factores todos ellos que determinan oportunidades desiguales en un mundo laboral que sigue ordenado, abierta o veladamente, por criterios sexistas. Al mismo tiempo, demuestran que estos mercados todavía reproducen los papeles tradicionales del hombre proveedor y de la mujer esposa-madre-ama de casa, a pesar de los datos que evidencian el crecimiento de familias con doble o múltiple responsabilidad económica (en las que la madre, los hijos y otros integrantes –familiares o no– contribuyen en igualdad de condiciones al mantenimiento de sus hogares) y también de aquellas encabezadas exclusivamente por mujeres.

Familia, mujer y trabajo
Si analizamos la literatura que se publicó en México en las últimas tres décadas, se observa un cambio entre los estudios de los años ochenta, estrictamente sociodemográficos, y las más recientes reflexiones, que profundizan en el significado del trabajo de las mujeres y en los conflictos materiales, simbólicos e identitarios que se derivan de la relación-tensión entre sus responsabilidades familiares y laborales.

En estas últimas investigaciones se habla de una doble o múltiple identidad femenina, laboral y de género, que se construye en contextos sociales ordenados por discursos y prácticas que clasifican con etiquetas diferentes los trabajos “para hombres” y “para mujeres”. Los primeros se identifican con ciertos aprendizajes y oficios, como los desempeñados históricamente por trabajadores de las minas, por electricistas y albañiles; o con habilidades profesionales y jerarquías de mando que corresponden a la dirección de empresas o negocios. Por su parte, los trabajos “para mujeres” se reconocen por ser una continuación de sus responsabilidades familiares, como los que realizan enfermeras, maestras y trabajadoras sociales, o porque evidencian las destrezas femeninas “innatas”, tan valoradas por las modernas empresas globalizadas electrónicas -asentadas principalmente en las ciudades fronterizas del norte de México-, y por las de costura, que buscan mano de obra barata en los estados más pobres del centro y sureste del país.

En la reproducción de estos esquemas laborales sexistas, la familia juega un papel fundamental. Es en ella donde se establecen las normas y valores primarios que rigen los comportamientos “femeninos” o “masculinos”, a partir de los cuales hombres y mujeres eligen un destino laboral o profesional compatible con los roles aprendidos. Las mujeres que trabajan por necesidad, que son las más pobres y de inferior escolaridad –generalmente unidas y con hijos–, muestran trayectorias caracterizadas por una muy baja remuneración tanto en los empleos a domicilio como en el comercio y en las empresas globalizadas. Las que tienen más recursos económicos y escolaridad superior a la básica están mejor pertrechadas para insertarse en el mercado. Sin embargo, la socialización familiar y escolar las inducen principalmente a elegir carreras feminizadas, y el propio mercado de trabajo tiene sus “techos de cristal” que les impiden, aun a las mejor preparadas, alcanzar los puestos de trabajo de más alta jerarquía y mejor remunerados.

En las investigaciones sobre el tema, hemos encontrado que las redes familiares constituyen ámbitos de articulación sobre los que las mujeres edifican su imaginario profesional/ocupacional, en una relación ambigua y conflictiva, pero indispensable para realizar sus propios proyectos de vida.

En los casos de las mujeres de clase media, estas redes tienen un carácter más definido e influyente en la elección y práctica profesional y en la definición de su propia orientación vocacional. Especialmente, sobresale el papel que juegan los padres en el momento de decidir cuál será la mejor profesión para sus hijas y cuál para sus hijos.

Por otro lado, las obreras industriales urbanas se distinguen por un nivel escolar más bajo. Sus redes, diluidas en familias extensas, amigos y vecinos, son recursos importantes para que se mantengan en el mercado de trabajo. En las imágenes de su familia de origen, las figuras femeninas son las más sobresalientes. Entre algunas de estas mujeres, la figura del padre apenas se insinúa en sus relatos. Los abuelos, en cambio, y especialmente las abuelas, juegan un papel muy importante en el cuidado de los hijos cuando las madres tienen que asumir el papel de proveedoras.

Estas configuraciones familiares, asentadas en redes femeninas intergeneracionales, suponen un compromiso tácito entre sus integrantes –abuelas, madres, hijas, hermanas– que se despliega de manera conflictiva a lo largo de sus vidas (en las relaciones madre-hija, por ejemplo), pero que ineludiblemente reaparece en los momentos de crisis o de necesidad, en los que se ayudan unas a otras.

Sin embargo, la familia también puede actuar como mecanismo de control, de opresión e incluso de violencia en contra de las mujeres. Esta condición de las familias mexicanas se ha hecho más evidente, aunque suene contradictorio, con el debilitamiento de las estructuras patriarcales generado por el desempleo masculino y la mayor independencia económica femenina en cierto tipo de mercados de trabajo trasnacionalizados.

Esas situaciones que enfrentan las mujeres pobres constituyen un fuerte obstáculo para su desarrollo, para su subsistencia y, en casos extremos, llegan a poner en riesgo su propia vida. Uno de los ejemplos más crudos de esta realidad es la ola de feminicidios en Ciudad Juárez, localidad fronteriza del estado de Chihuahua, en el norte de México, mundialmente conocida como “las muertas de Juárez”. Allí la instalación de empresas maquiladoras generó un mercado de trabajo con mano de obra mayoritariamente femenina. Esa nueva visibilidad laboral de la mujer se produjo en un medio socialmente hostil hacia las que trabajan fuera del hogar, y donde no existen políticas públicas ni privadas para crear los apoyos sociales y culturales que garanticen su bienestar. De todas formas, se entrecruzan en este caso variables que hacen de él un ejemplo difícilmente encuadrable dentro de un único eje de análisis, ya que entran en juego también el poderío incontrolado de las bandas de narcotraficantes y las acciones xenófobas generadas por las políticas anti-inmigrantes estadounidenses, entre otros factores.

Identidad, estrategias y movilización
Ahora bien, esta compleja realidad que enfrentan las trabajadoras podría llegar a convertirse en palanca para el desarrollo de una identidad resistente, intergeneracional y colectiva entre mujeres con capacidad de liderazgo. En este sentido, es posible observar en los intersticios del mundo laboral mexicano, gérmenes de colectividades que emergen a contracorriente de los procesos desintegradores provocados por la globalización de la vida social. Estas comunidades expresan nuevas formas de solidaridad que trascienden la familia y que actúan como vehículos para la búsqueda de trabajo, la migración económica y para hacer frente a los complejos problemas de la vida comunitaria.

Cuando se ahonda en el estudio de los modos de vida de las mujeres pobres, es posible reconocer las múltiples formas en que ellas se movilizan para organizar su vida y darle un sentido total, articulado, a sus responsabilidades familiares, domésticas, comunitarias, laborales y ciudadanas. Esta manera de verlas como actoras, y no solo como víctimas de procesos estructurales e institucionales que las sobrepasan y someten, permite recuperar el sentido de sus acciones y prácticas encaminadas hacia mejores horizontes de vida. En este plano de la experiencia femenina, aparecen las redes sociales impulsadas por las propias mujeres, no solo desde la familia, sino también desde el vecindario, la comunidad y desde las iniciativas que provienen de organizaciones promotoras de los derechos humanos y laborales.

Un ejemplo de esas redes lo hemos encontrado en las comunidades del Valle de Tehuacán, en los límites entre los estados de Puebla, Veracruz y Oaxaca. En un cruce privilegiado de caminos entre el centro, el sureste y el suroeste del país, en el que se enfrentan también el México tradicional, rural e indígena, y la nueva modernidad importada, las mujeres se han vuelto polifuncionales en el sentido más social de la palabra. Esta forma de ser polifacética se expresa en su intermitencia laboral entre el trabajo agrícola y el desempeñado en las empresas contratistas o en las filiales de los grandes consorcios fabricantes de las tradicionales mezclillas, y de otras prendas de vestir asentadas en la región. Combinan su paso por los talleres familiares clandestinos –subcontratados por aquellas empresas– perdidos entre las callejuelas de los poblados del Valle, en los que llevan a cabo tareas intensivas, como el deshebrado; con los trabajos tradicionales femeninos, como la elaboración y venta de tortillas de maíz en los mercados locales.

En este periplo laboral fluctuante y de riesgo permanente, las mujeres construyen estrategias para defenderse de las duras y largas jornadas de trabajo, de los despidos inopinados, de la desprotección social, de los sindicatos fantasmas, de la contaminación de sus pueblos, etcétera. Organizan, así, formas de resistencia apenas perceptibles, como la negativa a usar zapatos cerrados para trabajar en lugares excesivamente cálidos; como el reclamo colectivo en espacios laborales donde los sindicatos son letra muerta; y como la denuncia de acoso sexual y explotación de niños en las fábricas cuyos dueños, protegidos por el gobierno estatal (al menos uno de ellos) han sido acusados de pederastia en la prensa nacional y ante los tribunales competentes. Estas “pequeñas” acciones, tal vez no generalizadas, pero ejemplares, abren una rendija a la posibilidad de arreglos sociales favorables para las mujeres –y también para los hombres, jóvenes, viejos y niños que junto con ellas forman parte de la fuerza de trabajo de estas empresas–, especialmente cuando se basan en procesos de identificación construidos desde su propia experiencia, y cuando coinciden con el trabajo desarrollado por redes y organizaciones sociales que promueven estas formas de solidaridad en los espacios laborales, la comunidad y la familia. •



Publicada en TODAVÍA Nº 14. Agosto de 2006

 

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