Apuntes sobre la experiencia chilena
por GUILLERMO CAMPERO sociólogo,
Universidad de Chile/OIT
Una mirada sobre la realidad chilena nos revela
nuevas visiones sobre el trabajo, capaces de aunar los principios
del derecho laboral con las características de las economías
liberalizadas. La necesidad de generar empleos de calidad, la movilidad
y la flexibilidad protegida, y la ampliación del campo de
acción sindical se imponen como temas impostergables del
diálogo social.

ERNESTO BERRA
Acontece en el mar I, 2001
Técnica mixta sobre tabla |
A partir de mediados de la década de los setenta, la economía
y la sociedad chilenas han vivido un proceso de profunda transformación.
Sus orígenes deben buscarse en los cambios de la estructura
económica orientados hacia la liberalización e integración
al comercio y a las inversiones globales y en el régimen
político autoritario que caracterizó esa etapa. Desde
entonces, han surgido o se han replanteado temas que han ido conformando
nuevas visiones sobre el trabajo. En este artículo nos centraremos
en algunos de ellos que consideramos prioritarios, como el de la
protección y el diálogo social, los derechos y el
empleo como fuente de bienestar.
Una etapa de incertidumbre y posibilidades
En primer lugar, nos parece importante detenernos en una característica
presente en todo este proceso: la incertidumbre. En efecto, los
cambios experimentados en la década del setenta fueron tan
marcados, que desarticularon las percepciones que importantes sectores
de la población tenían sobre las reglas de la vida
social y económica. Así, las nociones de competitividad,
apertura, flexibilización y otras, aparecieron en la conciencia
de parte de la población como amenazas, más que como
oportunidades. La movilidad de los mercados de trabajo y las múltiples
y volátiles competencias laborales fueron asimiladas en el
imaginario colectivo como sinónimo de desempleo e inseguridad.
Esta situación de incertidumbre se debió no solo
a la transformación estructural de la economía chilena,
sino también al hecho de que estos cambios se iniciaron bajo
un régimen político autoritario. Al no ser el resultado
de consensos sociales y políticos, fueron percibidos, en
gran medida, como ilegítimos. En un contexto de represión,
se explica que las organizaciones sindicales y sus expresiones políticas
adoptaran una posición centralmente defensiva.
Este análisis nos lleva a afirmar que toda transformación
profunda como la vivida en Chile requiere, antes que nada, pasar
por un proceso de legitimación. Para ello es necesario abrir
un debate entre los actores sociales, con el fin de encontrar los
acuerdos básicos acerca de cuáles son los cambios
que representan posibilidades de progreso y cuáles no. Ésta
es la primera conclusión sociopolítica que, más
allá de los ciclos económicos de éxito o de
crisis observados, arroja nuestro análisis de la experiencia
chilena. A partir de allí, podemos avanzar con otras conclusiones
sobre cultura y políticas del trabajo que consideramos fundamentales.
Hacia empleos de calidad
Hasta el presente, el proceso de transformación laboral en
Chile ha mostrado que las políticas macroeconómicas
que protegen rigurosamente la estabilidad del crecimiento son una
base fundamental para la inversión y la creación de
empleos. Sin embargo, ha quedado claro, además, particularmente
en los últimos diez años, que no se trata solamente
de aumentar las oportunidades laborales, sino también de
asegurar la calidad del trabajo. En este sentido, es posible afirmar
que un mercado extremadamente flexible y liberalizado como el chileno
genera una rotación excesiva de los trabajadores que impacta
de manera negativa sobre la capacidad empresarial de invertir en
los recursos humanos, y así impide mejorar su competencia
profesional y su productividad.
La creciente movilidad de factores técnicos y humanos, derivada
de la adaptación a una economía altamente abierta
y competitiva, dio lugar a diversos fenómenos de reconversión
y ajuste que afectaron la cantidad, la distribución sectorial,
la estabilidad y la calidad de los empleos. Se hace necesario, entonces,
diseñar políticas que apunten a lo que podríamos
denominar “movilidad y flexibilidad protegida”. Distintos
actores públicos, políticos y sociales ya han comenzado
a debatir este concepto, intentando identificar instrumentos que
permitan a los trabajadores, a los empleadores y al gobierno desarrollar
una política articulada que preserve, simultáneamente,
las exigencias de adaptación de la economía y las
protecciones y oportunidades que requiere el sector laboral.
En la agenda de estos debates, se han incorporado materias tales
como la “flexibilidad pactada”, que consiste en establecer
acuerdos entre trabajadores y empresarios acerca de la forma en
que deben aplicarse los mecanismos de flexibilidad. Frente a eventuales
situaciones de ajuste, la idea es que ambas partes analicen de manera
conjunta las respuestas y acuerden, a través de convenciones
colectivas, los mecanismos que permitan transitarlas, conservando
al máximo el número de empleos. Recientemente, también
se ha comenzado a evaluar la importancia de establecer sistemas
público-privados de certificación de competencias
profesionales para que los empleadores dispongan de una información
estandarizada acerca de las características profesionales
de los trabajadores. Estos sistemas, al facilitar el conocimiento
sobre la capacidad técnico-profesional, pueden mejorar la
relación entre la oferta y la demanda a nivel nacional.
Otro tema central para la nueva agenda es el de la relación
entre las remuneraciones y la evolución de la economía.
Asociar de manera adecuada los ingresos a la productividad es un
requisito indispensable para lograr coherencia entre la política
laboral y la macroeconómica. La experiencia vivida en Chile
hasta mediados de los ochenta indica que la simple rebaja de los
costos laborales, así como la desregulación de los
sistemas de despido, no resultan instrumentos eficaces para articular
el crecimiento económico con los requerimientos de competitividad
internacional. Por el contrario, ha quedado demostrado que la capacidad
de competir de una economía abierta no se sustenta, en el
largo plazo, sobre la base de una mano de obra barata y fácilmente
prescindible, sino en una fuerza de trabajo entrenada para elevar
la productividad. Creemos, por lo tanto, que adecuar las remuneraciones
de los trabajadores a los ritmos de productividad constituye una
exigencia para un desarrollo sostenido.
Finalmente, si nos detenemos en el tema de la seguridad social,
consideramos que es imprescindible elaborar políticas que
avancen en dos líneas. Por un lado, es necesario que el sector
público y el sector privado actúen juntos: la responsabilidad
en este ámbito debe ser compartida para asegurar un financiamiento
sólido del sistema y garantizar el acceso de la población
a niveles básicos de asistencia. Por otra parte, se hace
necesario encontrar vías de acceso a la seguridad social
más eficaces, particularmente para quienes trabajan con regímenes
contractuales transitorios, parciales o de autoempleo y, en general,
para los nuevos sectores que están surgiendo bajo formas
denominadas “atípicas”. Los sistemas clásicos,
apropiados para los empleados permanentes, no son los adecuados
para este otro tipo de trabajadores, por lo que resulta fundamental
configurar mecanismos que respondan a sus características
laborales.
Nuevos derechos laborales
La experiencia chilena ha sido particularmente compleja en el tema
de los derechos laborales. Las políticas liberales representaron
fuertes limitaciones a la libertad sindical y a las negociaciones
colectivas. A pesar de que, a partir de 1979, se reconoció
el derecho de sindicalización y de firmar convenios de trabajo,
en la práctica siguió prevaleciendo la idea de que
la agremiación y sus regulaciones protectoras constituían
obstáculos para el funcionamiento del libre mercado.
Ahora bien, del estudio del período comprendido entre 1973
y mediados de los ochenta se desprende que una liberalización
extrema del mercado de trabajo y de las relaciones laborales no
necesariamente produce una adecuada asignación de los recursos
materiales y humanos. Tampoco suministra mecanismos apropiados para
la solución de conflictos que aseguren que la relación
entre empleadores y trabajadores se desarrolle en un marco de estabilidad
y de razonable equidad. La excesiva asimetría de poder erosiona
la capacidad de integración social mínima que toda
empresa requiere para funcionar con eficiencia.
Estas observaciones llevaron a reconsiderar la necesidad de generar
mecanismos que permitan una mayor integración social y cultural
de los trabajadores a las nuevas realidades de la economía
y de las empresas. Se reconoció que la integración
de los trabajadores constituye un factor de gran importancia a la
hora de garantizar los resultados –tanto macro como microeconómicos–
que persiguen las políticas implementadas desde los años
setenta.
En ese sentido, queremos mencionar algunos de los temas que se
están debatiendo y que consideramos prioritarios. Por un
lado, resulta imprescindible ampliar el campo de acción de
los sindicatos para que puedan superar las posiciones básicamente
defensivas a las que fueron recluidos y asuman una posición
más propositiva. En segundo lugar, es necesario que el sindicalismo
se transforme en un actor capaz de representar la diversidad de
las nuevas realidades laborales y de expresar su creciente heterogeneidad.
Esto supone, por parte de los sindicalistas, reformular la idea
clásica del mundo del trabajo como una realidad única,
en favor de un concepto que otorgue mayor relevancia a las diferentes
características que éste adquiere en cada lugar. En
tercer lugar, es necesario redefinir los contenidos específicos
de los derechos que amparan a los trabajadores. Lo importante en
una economía liberal eficiente no es limitar los derechos,
sino reformularlos de manera innovadora, de acuerdo con los requisitos
de las nuevas realidades. En efecto, la forma concreta de definir
los derechos fundamentales en el trabajo no es la misma en la actualidad
que la que caracterizó los modelos económicos anteriores.
Podemos afirmar entonces, a modo de conclusión, que nuestro
análisis de la experiencia chilena indica que los principios
en que se asientan los derechos fundamentales del trabajo son compatibles
con las características de las economías liberalizadas,
siempre que se tomen en cuenta las modalidades que los derechos
pueden adquirir en situaciones nuevas y en constante cambio. Más
aún, lo sucedido en Chile indica que esta economía
requiere como factor de integración social un conjunto de
derechos laborales bien definidos. Sin ellos, el riesgo de inestabilidad
y confrontación puede aumentar, afectando la capacidad de
desempeño exitoso en un contexto de alta competitividad.
Es necesario destacar, desde ya, que lo anterior solo es posible
mediante un diálogo capaz de generar las bases de un nuevo
consenso entre los actores, condición fundamental para la
equidad, la estabilidad, la legitimidad y el éxito de las
transformaciones que ha adquirido el desarrollo económico
y social. •
Publicada en TODAVÍA Nº 14. Agosto de 2006
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