La inestabilidad laboral en la Argentina
por LUIS BECCARIA investigador-docente
Universidad Nacional de General Sarmiento
¿Resultan válidos los shocks económicos o la acelerada transformación tecnológica
para explicar la inestabilidad que caracteriza el mercado de trabajo
en la Argentina? El problema parece radicar en la escasez de empleos
formales y de calidad. El debate podría centrarse, entonces,
en las políticas productivas que permitan generarlos.

ERNESTO BERRA
Construcción sobre el muro, 2003
Técnica mixta |
Entre los rasgos de la compleja realidad laboral que aún
subsisten en la Argentina se destacan la elevada desocupación
y la extendida presencia de empleos precarios, aquellos que realizan
muchos trabajadores por cuenta propia, los asalariados no registrados
en la seguridad social, o el servicio doméstico. Hacia fines
de 2005, el 10% de la población activa estaba desempleada
y solo el 42% del conjunto de los ocupados eran asalariados “en
blanco”, registrados en la seguridad social. A estas situaciones,
que no son independientes, sino más bien dos caras de una
misma moneda, se les asocia otro fenómeno: la elevada
inestabilidad laboral.
Cuando la presencia de estos factores en la estructura ocupacional
es importante, las personas suelen tener que rotar con mayor frecuencia
entre distintos puestos, o entre éstos y la desocupación.
Por cierto, la inestabilidad que ha crecido de manera generalizada
en la Argentina no golpea con igual intensidad a todos las personas
ni a todos los hogares. Si bien ha afectado de manera creciente
a los sectores medios, es evidente que son los trabajadores de bajos
niveles educativos quienes se encuentran con mayor frecuencia expuestos
a asiduos cambios en la situación de empleo. También
los jóvenes exhiben patrones de alta rotación en períodos
breves. Cabe interrogarse en qué medida estos rasgos del
mercado de trabajo argentino resultan transitorios o si, en cambio,
responden a una dinámica que tiende a cristalizar una realidad
laboral más inestable. ¿La inestabilidad es, acaso,
deseable, funcional o hasta necesaria para facilitar el crecimiento
económico?
Inestabilidad o flexibilidad: ¿qué
esperar?
Ha ido ganando creciente aceptación la idea de un capitalismo
que en el futuro tendría un mayor grado de inestabilidad
laboral. Según este supuesto, se acabaría el mundo
de los “empleos de por vida” y sería necesario
acostumbrarse a cambiar de trabajo con mayor frecuencia que en el
pasado. Entre las diversas razones que se mencionan para explicar
esta tendencia, puede indicarse la mayor rapidez del avance tecnológico,
que acorta la vida útil de productos y procesos y, consecuentemente,
de las competencias que han adquirido los trabajadores. En el mismo
sentido, se sostiene que mercados más competitivos –en
parte debido a la globalización– van a requerir una
rápida modificación de las variedades de bienes y
servicios a ofrecer, y esta situación contribuiría
a acelerar las obsolescencias de las calificaciones. Los mercados
internacionalizados estarían expuestos a shocks frecuentes y, para mantener la competitividad, los niveles de empleo
oscilarían con mayor amplitud. Este argumento sobre la realidad
económica justificaría el pedido por parte de la empresas
de eliminar o reducir las regulaciones laborales que dificultan
los ajustes de personal. En definitiva, la mayor inestabilidad no
solo sería un rasgo inherente de las economías de
estos tiempos y de aquellos por venir, sino que además resultaría
deseable, desde la perspectiva de la competitividad de las economías
nacionales, que existiera una mayor fluctuación del empleo.
Pueden esbozarse diversos argumentos para cuestionar la visión
anterior acerca de la conveniencia de un empleo más inestable
para mejorar la competitividad. Pero quizás es más
importante, para los objetivos de esta nota, indagar en qué
medida las razones que explican la creciente inestabilidad económica
y laboral arriba mencionadas resultan relevantes para dar cuenta
del cuadro de elevada variabilidad ocupacional que afecta actualmente
a la sociedad argentina. El examen de los rasgos que asume la movilidad
indica que estaría solo parcialmente explicada por el cambio
técnico y/o la mayor inestabilidad de la economía.
Por el contrario, esta situación parece obedecer primordialmente
a la todavía insuficiente generación de empleos formales
de calidad, que permitan absorber la fuerza de trabajo con diferente
grado de calificación que se vuelca al mercado año
tras año.
La importancia que se otorga a la deficiencia de la demanda agregada
de trabajo para explicar la situación actual de inestabilidad
ocupacional se refuerza si se analiza lo que ocurrió hasta
los años ochenta. Como el desempleo y la precariedad en ese
período eran menores (el desempleo, en los setenta, oscilaba
entre el 2% y el 4%, mientras que la participación de los
asalariados en blanco superaba el 50%), ella resultaba menos notoria,
a pesar de que la economía estaba sometida a pronunciadas
fluctuaciones. En efecto, aunque la apertura comercial y financiera
así como los manejos de otros componentes de la política
económica dieron lugar a ciclos de diversa duración
e intensidad en los últimos quince años, la volatilidad
económica en la Argentina no fue privativa de estos años.
Algunos escenarios posibles
Desde fines de 2002, el empleo total ha aumentado a un ritmo muy
intenso –6,5% por año–, proceso que, en los últimos
meses, también estuvo acompañado por una importante
expansión de la cantidad de empleos asalariados “en
blanco”. Por ejemplo, durante 2005, el 80% de los puestos
generados en las áreas urbanas del país fueron de
este tipo. Solamente la consolidación y la persistencia en
el tiempo de esta dinámica permitirá modificar el
panorama que caracteriza la actual situación laboral argentina.
Ello haría posible que disminuyese la cantidad de ocupaciones
precarias, de corta duración; y que aquellos trabajadores
con niveles de educación no muy elevados tuvieran mayores
oportunidades para alcanzar un adecuado grado de seguridad, imprescindible
para elevar el bienestar. Pero aun cuando tal escenario optimista
se verificase, el empleo formal podría no revestir el mismo
grado de estabilidad que en el pasado, si los desarrollos tecnológicos
y/o la creciente globalización tuviesen los efectos comentados
más arriba. Se trataría, de cualquier manera, de un
contexto diferente del que caracteriza desde hace tiempo al mercado
laboral argentino, ya que en ese escenario primarían los
puestos formales, con cobertura social. Ocupaciones que por su duración
y estabilidad, que no se cuentan en meses sino en años, podrían
evitar el alto nivel de incertidumbre que genera la precariedad.
El análisis de las condiciones que permitirían consolidar
el actual proceso de expansión económica y del empleo
–y alcanzar ese escenario optimista respecto de la situación
laboral– aparece como un tema que excede largamente los objetivos
de esta nota, pero que resulta prioritario en la Argentina actual.
Intentaremos, por lo tanto, bosquejar algunas ideas sobre esta cuestión.
La expansión económica es una condición necesaria
para que continúe creciendo el empleo de calidad, premisa
sobre la que existe un amplio consenso. Conviene, en consecuencia,
avanzar en el análisis de dos temas sobre los que hay posiciones
divergentes y que, como se verá, se encuentran interrelacionados:
por un lado, las condiciones que permitirían esa expansión
económica sostenida y, por el otro, aquellas que posibilitarían
que el crecimiento derive en un aumento importante de la ocupación
y de las remuneraciones, compatible con una mejora en la distribución
del ingreso.
Respecto de estas cuestiones, una posición que cuenta con
amplio apoyo señala que un manejo adecuado de ciertas variables
clave –como las fiscales y las monetarias– resulta suficiente
para asegurar el crecimiento, ya que permitiría generar un
contexto estable y atractivo para la inversión. Desde esta
misma perspectiva, los interrogantes sobre el nexo “dinámica
de la producción-dinámica del empleo” resultan
irrelevantes, dado que la primera asegura, con el tiempo, la consecución
de la segunda. Otra gama de opiniones, en cambio, favorece cierto
activismo estatal en la economía. Entre ellas se encuentra
la de quienes creen que el Estado debe colaborar en asegurar un
contexto macroeconómico favorable al crecimiento, por medio
de políticas que influyan sobre los precios fundamentales,
como el tipo de cambio. Un nivel más o menos alto de este
último beneficiaría el empleo a través de la
protección a la producción nacional y su impacto sobre
las exportaciones; de manera adicional, los salarios resultarían
relativamente reducidos, en términos del costo del capital.
No cabe duda de que un adecuado manejo en los planos fiscal, cambiario
o monetario es imprescindible para mantener un ritmo sostenido de
crecimiento. Sin embargo, no siempre resulta suficiente para mejorar
el grado de equidad distributiva. Las políticas productivas
son un ingrediente que convendría incorporar a una estrategia
de crecimiento nacional que busque reducir la desigualdad y ubique
el empleo en el centro de las preocupaciones. Nos referimos a un
complejo conjunto de acciones dirigido a incentivar la inversión
en sectores o, especialmente, en redes o tramas que cuenten con
buenas posibilidades de desarrollo. Pueden abarcar diferentes instrumentos,
como los de tipo fiscal, financiero, arancelario, tecnológico
y de capacitación.
Ahora bien, una condición clave para una estrategia de esta
índole consiste en identificar las bases sobre las cuales
se puede apoyar el crecimiento argentino; en este sentido, resulta
imprescindible una amplia discusión acerca del patrón
de especialización productiva. Éste es un tema muy
complejo que involucra no solo consideraciones económicas
–como las relativas a los probables escenarios de la economía
mundial–, sino también, y fundamentalmente, políticas.
El desafío de las políticas
productivas
Al examinar la potencialidad de los diferentes sectores o tramas,
se debe contemplar la experiencia de las firmas nacionales y extranjeras,
pero también su capacidad para generar sinergias positivas
en el resto del aparato productivo. Precisamente, en este análisis,
el empleo aparece como la variable clave. Las empresas con mayores
probabilidades de generar un flujo sostenido de nuevos puestos de
trabajo de calidad son aquellas que deberán contemplarse
como sujetos prioritarios de políticas.
Sería aventurado identificar aquí algunos de esos
sectores o tramas, pero vale señalar que ellos incluyen,
sin duda, a muchos de los existentes. Por otra parte, la búsqueda
no debería focalizarse exclusivamente en las ramas manufactureras,
que son las que generalmente encabezan la lista de actividades con
mayor potencial. Desde ya, las acciones respecto de las actividades
industriales ocuparán un papel importante, dada su relevancia
tecnológica y por el hecho de que elaboran insumos de uso
difundido en el resto del aparato productivo. Pero, además,
la incorporación de valor agregado a productos primarios
aparece como otro ámbito relevante, especialmente porque
permitiría articular el enfoque sectorial con otro de tipo
regional. Los desbalances entre diferentes zonas del país
constituyen, como ya se sabe, una de las dimensiones de la desigualdad
global del ingreso. Los servicios que concentran actualmente la
mayor parte del empleo y que, seguramente, aumentarán su
alcance en el futuro, aparecen, sin embargo, como un sector que
deberá privilegiarse, en especial para apoyar actividades
en las que se pueden generar numerosos puestos de calidad.
Ahora bien, una estructura productiva basada en actividades con
capacidad de crecimiento sostenido, muy probablemente ocupará
cada vez más a trabajadores de alta calificación.
Éste es un dato para tener en cuenta al diseñar e
implementar las políticas, ya que puede representar un potencial
conflicto con el objetivo de dinamizar el empleo de personas con
baja escolarización, que son quienes enfrentan mayores dificultades
laborales. Este problema, sin embargo, puede atenuarse. Por un lado,
el aumento general del empleo creará más oportunidades
para los menos calificados en la medida en que algunos puestos que
ellos pueden desempeñar están siendo ocupados actualmente
por personas más capacitadas. Este fenómeno –conocido
como “sobre-educación” o “devaluación
educativa”– resulta otra expresión de la todavía
difícil situación laboral argentina. Por otro lado,
al continuar el proceso de expansión de la escolarización,
la oferta de trabajadores menos calificados crecerá de manera
cada vez más lenta, tal como indica la tendencia actual.
Incrementar los esfuerzos para elevar la cantidad y la calidad
de la educación colaborará en esta dirección,
más allá de que éste debe ser un objetivo de
toda acción del Estado, ya que constituye un derecho de los
ciudadanos. Contar con una población mejor y más educada
resulta, entonces, de suma importancia para apoyar estrategias de
crecimiento con equidad. •
Publicada en TODAVÍA Nº 14. Agosto de 2006
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