Para escribir estas líneas he puesto uno de sus inmensos
relojes de bolsillo sobre mi mesa de trabajo. Tuvo 31, porque siempre
usó uno distinto cada día del mes. En fin, que al
abuelo materno le gustaba eso que llamamos las apariencias,
qué duda cabe, y 31 bastones tuvo y 31 pares de zapatos hechos
a la medida, por el problema aquel de tener unos pies tan largos
como trainera de regata Oxford-Cambridge y tan estrechitos como
un alfiler. Le encantaba eso de ser muy flaco y tan alto y huesudo
ya que por ello le llamaban El Caballero de la Triste Figura y era
bueno hasta el punto de aceptar sin rencor alguno que su amigo don
Mariano Tudela fuese bastante más alto que él, por
la sencilla razón de que mi abuelo, al encontrarse en público
con su amigo, no sólo se crecía ante la adversidad
sino que literalmente crecía todos los centímetros
que se rebajaba y encogía don Mariano hasta lograr esa mezcolanza
de empate y pacto de honor de la que dan testimonio muchas fotos
de aquellos años y, entre ellas, la que tengo aquí
a mi lado también, junto al fabuloso Ulisse Nardin de leontina
y oro, “Único Premio de Honor, Concurso Internacional
de Puntualidad, Ginebra 1876”.
Yo quise con pasión y ternura a ese viejo que remaba a los
80 años y que era capaz de cambiarse, sin que jamás
nadie se diera cuenta, hasta tres dentaduras postizas en un banquete
de palacio de gobierno. El tiempo le ha dado totalmente la razón
en la única explicación que dio acerca de sus neuromaniáticas
hazañas: “Yo siempre he tenido problemas con lo postizo”.
Y cuantísima razón le ha dado el tiempo al abuelo
materno en otra de sus categóricas aseveraciones: “No
trato de justificar mis dispendios. Sólo les aseguro que
no soy lo suficientemente rico como para comprarme cosas baratas”.
En Francia, llevé una vez a limpiar su Ulisse Nardin, el
veintiúnico entre todos sus relojes de bolsillo que ha quedado
en la familia. Tras haber abierto, una tras otras, sus tapas y más
tapas finísimas –parecía un libro redondo con
páginas de oro–, y tras haberse asomado y hasta asombrado,
el relojero montpellerino exclamó: ¡Monsieur!, y siguió
exclamando con su acento regional que en su vida había visto
joya tan magnífica y que, por ninguna razón del mundo,
donde quedaban aún seres tan honrados como él, podría
limpiar ese reloj sin antes pasar por un notario: “A mí
me puede partir un rayo esta noche, monsieur, y no quiero morir
con la conciencia negra de pensar que usted no ha recuperado su
Ulisse Nardin”. En fin, qué no pasó aquella
vez en Montpellier, por haber querido yo sacar a pasear a Ulises
para que me lo desempolvaran un poco.
En el reverso de la primera placa posterior de mi heredado tesoro,
dice: “A don Francisco Echenique, sus compañeros del
Banco de Londres y Río de la Plata, en ocasión de
su enlace. Buenos Aires, 4 de mayo de 1912”. He tiritado de
frío, en París, he lavado platos, en Mykonos, no pude
mandar una carta de amor a Lima, allá por el 65, he tenido
hambre, en Italia, pero aquí sigue el reloj conmigo y a veces
lo visito en su escondite y le doy cuerda mientras le cuento cómo
y por qué nunca lo pude vender: “Tu dueño nunca
fue lo suficientemente rico para comprarse cosas baratas”,
le explico con la garganta anudada y todo, mientras él me
observa desdeñoso, semejante a los dioses. Después,
ya para mí mismo, mientras cierro el escondite absurdo, tierno,
sentimental e inútil, me voy diciendo, como quien se da ánimos:
“Y tú nunca fuiste lo suficientemente desalmado como
para vender a tu abuelo tan querido, el de la increíble historia
de por qué en Buenos Aires se enamoró de una peruana
porque la oyó decir plátano, en vez de banana”.
Llegué por primera vez a Buenos Aires en 1990 y, como era
mi obligación y además porque lo deseaba de todo corazón,
ya que es la gente más divertida y encantadora del mundo,
fui a visitar a la familia de mi abuela materna. De los primos de
mi edad, sólo estaba Beatrice. Sus hermanos Fernando y Miguel
Ángel viven en Bariloche y en Salta, respectivamente. Laurita,
su madre, viuda de mi tío carnal Guillermo Basombrío,
decidió reunir a la familia, en mi honor. Beatrice se encargó
de prepararlo todo porque hoy de todo aquel pasado tan sólo
les queda Nanny, la gobernante irlandesa, pero a Nanny más
bien la gobiernan ellos por lo ancianita que está la pobre.
De la encantadora mansión de la calle Ayacucho, hoy tan sólo
quedan los encantadores parientes que se reunieron en un departamento
de la calle Rodríguez Peña.
Desde ahí, Laurita, sin un solo empleado, una sola secretaria
o un solo fax, administra fabulosas estancias de gente que prefiere
confiar en sus 83 años (entonces) de amistad que en el mejor
administrador de lo que sea. He llegado caminando desde el pésimo
hotel Bauen, en la calle Callao. Como Vallejo cuando decía:
“Me pongo la corbata y vivo”, me he puesto mi Ulisse
Nardin y he caminado loco de contento, emocionando y aleontinado,
por decirlo de alguna manera que brille como mi relojazo chillandé
por calles que caminó, señorón, don Francisco
Echenique Bryce. Estoy en la puerta y procedo.
Y ya estoy adentro, sentado y familiar, y ya han sacado un ratito
a Nanny, que se tiene que acostar temprano, para que salude al pariente
peruano y se llene de recuerdos y temblor. La acuestan cuando la
memoria se le va por Lima hasta su Irlanda natal y he quedado en
una sala tocada por el XIX, ante una mesa baja y amplia sobre la
cual reposa el azafate con las empanadas y varias garrafas de vino.
Lampedusa era un gatopardito al lado de lo que estoy viendo y oyendo,
dulcemente acribillado por la nostalgia y el cariño. Habló,
por fin, el tío Manolito.
“Era un tipo lindo, tu abuelo, pero aquí en Buenos
Aires no pudo quedarse porque al final ya andaba quebrado. Con su
odio por todo lo postizo, hasta interrumpió directorios de
Bancos para repetir aquello de que se decía plátano
y no banana. Y al pobrecito el banana le caía pésimo
pero diario entraba a un restaurant y, zuá, le soltaba al
maitre su eterno ‘Tráigame usted un plátano,
por favor, uno de ésos que ustedes llaman banana.’
La cosa acabó mal, pobre Francisco. Un día entró
a una confitería con el dinero justo para un café.
Pero lo descubrieron mil damitas de la sociedad y tuvo que invitarles
de todo. Abrumado y sin que ellas lo notaran, siquiera, se dirigió
a la caja a pagar con uno de sus famosos relojes. Y se topó
con un mozo mucho más alto que él y que le dijo: —Mire,
don Francisco, aquí ya todos estamos hartos de que se diga
plátano y no banana, pero es usted un caballero y yo no le
voy a aceptar su reloj.”
Déjenme contarles yo mismo el desenlace porque, desde aquella
noche con mis parientes de Buenos Aires, a mi abuelo simplemente
lo adoro. Viéndolo nuevamente sentado en su mesa, el mozo
mucho más alto que él le trajo un platito lleno de
pesos, para que sus acompañantes creyeran que ya había
pagado y que le estaban dando su vuelto. Generoso, como siempre,
mi abuelito miró al mozo gigantesco y, acercándole
serenamente el platito lleno de monedas, le dijo:
—Quédeselos de propina, nomás.
Publicada en TODAVÍA Nº 12. Diciembre de 2005
|
 |
|
|

Archivo gráfico de La Nación |
|