Grimaldi pudo pensar mucho más tarde, en una pensión
barata de Ciudad del Cabo o de Durban, que la primera advertencia
(pero una advertencia de quién y a propósito de qué)
había sido olvidar sus cheques de viajero en la mesa de noche
de su casa de Buenos Aires. El contacto de esa mano, su propia mano,
que ahora, en el automóvil que lo llevaba al aeropuerto de
Ezeiza, se paseaba por su mejilla acariciando suavemente una barba
de dos días, le dio, de pronto, una inquietante sensación
de libertad. "No podés viajar sin afeitarte", le
había dicho su mujer esa mañana, y él le contestó
que no se preocupara, que lo haría en el aeropuerto o incluso
en el avión. Ella insistió, no le gustaba que él
se descuidara. "Lo que a ustedes no les gusta", dijo sonriendo
Grimaldi, "es que se me noten las canas". Había
usado el plural pensando, con una ternura tan remota que era casi
indiferencia, en Violeta, su hija adolescente que a esta hora dormía
en su cuarto del piso superior, enfundada en una camiseta con la
cara de la madre Teresa, después de una noche seguramente
poblada de música estúpida, cigarrillos con olor a
pachulí y de alguna pequeña porquería en el
asiento trasero del auto de su novio. Los jóvenes, en el
fondo, son conmovedores, debió de pensar Grimaldi. Hacen
lo que pueden por sentirse reales. Se tocan y se lamen un poco,
como cachorros, y se imaginan que están viviendo con intensidad,
hasta que un día descubren con horror que la vida los alcanzó.
Grimaldi quería a su hija, por supuesto; esta mañana
no podía sentirlo pero le tenía cariño. La
pregunta es por qué no podía sentirlo. Sólo
que esa pregunta, si de veras existió, no había alcanzado
a formularse en su cabeza cuando dejó de importarle. "Besala
por mí", le pidió a su mujer, "no quiero
despertarla". Alzó al gato y le dijo que, en su ausencia,
cuidara bien a sus dos mujeres. "Este gato", agregó
en voz baja, "este gato sí que era una gran persona".
Ni Grimaldi ni ella recordarían, hasta mucho tiempo después,
que él había dicho "era". Dejó al
animal sobre la mesa del living, besó en la frente a su mujer
y le repitió que no se preocupara. "Te llamo desde Amsterdam
en cuanto llegue, afeitado y todo". Esto había sido
una media hora atrás, en su casa de Barrio Parque. Ahora,
en el automóvil que lo llevaba a Ezeiza, el chofer de la
compañía venía hablando del tiempo, del mal
tiempo; había escuchado por la radio algo referido a escasa
visibilidad y a vientos y a tormenta. La gente es tan rara, debió
de pensar Grimaldi. La gente, con tal de hablar, es capaz de decir
cualquier torpeza.
–Yo que usted manejaría en silencio -se oyó
decir.
–Cómo, señor –preguntó el chofer.
–Que yo que usted no hablaría del mal tiempo. Puedo
ser una persona impresionable.
–Perdón, señor Grimaldi –dijo el chofer.
–No se preocupe –dijo Grimaldi–. Era una broma.
Me encanta volar con tormenta. Uno está allá arriba,
y todo, incluida la tormenta, sucede debajo. La vida sin sentido
de la gente, la vejez, el desencanto, y hasta la felicidad, todo
sucede debajo.
El chofer lo estaba mirando por el espejo retrovisor. Cuando Grimaldi
se dio cuenta, el otro desvió la vista.
Grimaldi debió de preguntarse por qué estaba hablando
de esa manera, nada menos que con el chofer. Y por qué mentía,
además. No le gustaba en absoluto viajar con tormenta, ni
siquiera le gustaba viajar en avión. O por lo menos acababa
de descubrir que no le gustaba. No era miedo. Debería de
haber volado unas doscientas veces en los últimos diez años,
pero detestaba volar. Qué sentido tiene viajar a mil kilómetros
por hora, y a diez mil metros de altura, para llegar más
rápidamente a alguna parte. No hay ningún lugar al
que sea necesario llegar rápidamente. Conocía unas
veinte capitales del mundo y no hallaba la menor diferencia entre
ellas. Hombres, mujeres, adolescentes, viejos; no hace falta andar
saltando por el mundo como una langosta para ver eso. En qué
se diferencia un rascacielos de cien pisos de una de estas casitas
chatas y pretenciosas que estaba viendo por la ventanilla. Salvo
en el tamaño, en nada. Las casas son para la gente, y la
gente es gente en todas partes. Después de cumplir un razonable
número de años, treinta, digamos, qué sorpresas
puede esperar de la vida un hombre, en Londres o en Bikanir. Y por
qué estaba pensando en un lugar tan raro como Bikanir. Una
calle en los arrabales de Bikanir. ¿O fue en Bikanpur? Una
calle de tierra y una vereda de chozas aplastadas, unas vacas paseando
mansamente por la calle, y un hombre, embozado en un burkha, apoyado
contra la pared con un cacharro de lata en la mano extendida. "Protector
de los pobres", le había dicho en inglés, agitando
el cacharro donde sonaron unas monedas. El hombre no era indio;
su cara casi negra estaba ardida y agrietada por el sol, pero tenía
una larga barba rubia, y el pelo, que le llegaba hasta los hombros,
era del mismo color. Sí, Grimaldi había estado allí
con su mujer, cuando era joven, de paso hacia alguna parte. Cómo
será ser ese hombre, le había preguntado ella esa
noche, en el hotel. Horrible, había dicho Grimaldi.
–Lo ayudo con el equipaje –dijo el chofer.
O sea, que ya estaban en el espigón internacional. Grimaldi
contestó que no, que no hacía falta. Sólo llevaba
un bolso, apenas mayor que un bolso de mano, y un maletín.
Hacía años que viajaba con lo estrictamente necesario.
Si por casualidad precisaba ropa especial, la compraba en cualquier
parte, y no era raro que, antes de volver a Buenos Aires, la olvidara
intencionalmente en el hotel donde había parado. Papeles,
una lapicera para firmar o hacer firmar algún documento,
otra lapicera para regalar y una computadora portátil, eso
era el verdadero equipaje, el armamento, de un caballero andante
moderno. Todo lo que tenía que hacer en Europa, por otra
parte, era convencer a un grupo de holandeses de que la Argentina
era el país ideal para invertir sin riesgos. Un país
sin nada donde todo el mundo quiere tenerlo todo.
En el drugstore compró una revista que, sin saber
cómo, un minuto después desapareció de sus
manos.
Cuando iba a despachar su equipaje para el vuelo a Amsterdam, empezaron
a suceder las cosas. Primero fue lo de los pasajes, después
lo de la chica.
Grimaldi había sacado del maletín el cartapacio donde
estaban sus documentos y, al abrirlo, vio que allí no había
un pasaje, sino dos. Los dos estaban a su nombre, pero el destino
final de uno de ellos no era Amsterdam. Era Ciudad del Cabo, con
una extensión a Durban. La secretaria que había comprado
esos pasajes debió de confundir los itinerarios de Grimaldi
y de algún otro ejecutivo de la empresa. Probablemente Rampoldi.
Esos vuelos habían sido reservados hace meses, y la operación
en Sudáfrica se había cancelado una semana atrás,
sólo que nadie pensó en devolver este pasaje. La empleada
que había hecho las reservas, recordó de pronto Grimaldi,
ya no trabajaba en la empresa.
–¿Cómo?
–Si va a despachar el equipaje –repitió, con
una tenue ironía, la chica del mostrador. Era muy joven,
muy linda, y vagamente parecida a su hija. Lo que por otra parte
no tenía nada de extraño. A la edad de Grimaldi, todas
las mujeres menores de veinticinco años se parecen. Como
si fueran la misma, puesta en diversos lugares. Mesera, recepcionista,
estudiante de psicología, compañera del asiento trasero
del auto. A veces llevan el pelo negro, a veces rubio, pero son
la misma. Se llaman La Chica Perfecta del Fin del Milenio.
–No estoy seguro –dijo Grimaldi, y la chica lo miró.
–Bueno –dijo la chica.
Barbudo y cincuentón, Grimaldi tenía influencia sobre
las mujeres jóvenes. Sin mucho interés, pero siempre
lo supo, y ese "bueno" se lo confirmaba. También
supo que en ese mismo momento, con sólo desearlo, sin moverse
un paso de Buenos Aires, podía iniciar una serie de hechos
de consecuencias extraordinarias. Por ejemplo, qué pasaría
si le dijera a esa chica que no, que no iba a viajar. "No puedo
explicarte por qué, pero no voy a viajar a ninguna parte".
Le mostraría el pasaje, para probar que, en efecto, renunciaba
a hacerlo, después se iba a pasar el resto del día
al restorán, o daba una vuelta por Ezeiza y volvía
a la hora en que las empleadas dejan su trabajo. "Hoy no viajé
porque te vi", le diría con naturalidad. Grimaldi, aquella
mañana, era perfectamente libre para hacer eso, y que esa
chica terminaría enamorada de él, era algo que podía
prever como si ya lo hubiera vivido.
–Qué lástima –dijo pensativo y lo repitió,
y la chica volvió a mirarlo-. Sí, despachámelo
en el vuelo a Amsterdam.
Hasta donde me es lícito reconstruir los hechos comprobables,
las cosas, esa mañana, ocurrieron así, o más
o menos así. Su mujer recordaría durante mucho tiempo
que él parecía ausente al salir de su casa, el chofer
de la compañía repitió, a su modo, la conversación
en el automóvil, el vendedor de la librería del drugstore había reparado en aquel hombre alto que compró
una revista extranjera muy cara y, apenas al salir, la tiró
al cesto de papeles, la chica de los equipajes recordaba perfectamente
al maduro señor de ojos grises que despachó su bolso
a Amsterdam. Se sabe, también, que los altoparlantes del
aeropuerto propalaron su nombre pidiendo en castellano, en inglés
y en francés, que se presentara en el vuelo 501. Lo demás
es conjetural, porque a Grimaldi nadie volvió a verlo nunca.
Pero yo sé que fue en ese momento, cuando los altoparlantes
del aeropuerto lo reclamaban como a un evadido, que Grimaldi, sin
equipaje, sin cheques de viajero, con un maletín en el que
había unos cientos de dólares y un pasaje que nadie
iba a tener en cuenta, se dirigió hacia la compañía
de los vuelos a Ciudad del Cabo.
Hay una calle, en los arrabales de Bikanir, en la India, que es
exactamente igual a como debió de ser hace cien años.
Por qué camino llegó Grimaldi hasta esa calle, sólo
me es posible imaginarlo. De todos modos, entre Sudáfrica
y la India sólo hay, aunque vasto, un mar de por medio.
Lo veo, primero, en la costa occidental del océano Índico,
en algún hotel de tercera categoría. Su barba de dos
días ya es una encanecida barba de un mes. Allí vendió
la computadora y, con un vago e inexplicable sentimiento de tristeza,
la estilográfica. Lo veo viajando en una barcaza destartalada
y crujiente hacia el nordeste. Este viaje duró semanas, o
meses. En alguna de las islas del archipiélago de Seychelles,
desembarcó y se quedó un día y una noche enteros.
Resplandecientes mujeres europeas y americanas, hombres con camisas
floreadas que hablaban de negocios, y alguna otra adolescente parecida
a su hija, que en esta ocasión no le sonrió ni lo
miró, le hicieron añorar, quizá por última
vez, su casa de Barrio Parque: esa noche hizo una llamada a Buenos
Aires, pero cortó la comunicación antes de escuchar
ninguna voz y sin pronunciar una palabra. Después, ha vuelto
a embarcarse; después ya hace días que camina hacia
el norte, junto a un largo perro gris, bajo la lluvia. Todo esto
ocurrió hace mucho tiempo, tanto, que aquel perro ha muerto.
Lo veo ahora con una barba de años, sentado en el suelo.
Está vestido con un burkha que casi le cubre la cara y apoya
la espalda contra la pared de una casa de barro, pintada de blanco.
Ya ha olvidado muchas cosas pero ha aprendido a decir dulcemente
"oh, protector de los pobres", en hindi. Tiene un cacharro
de cobre en la mano. Por la calle de tierra, pasan, mansamente,
unas vacas escuálidas.
Publicada en TODAVÍA Nº 11. Agosto de 2005
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TINY WEIL
De la serie Itinerarios, 2005
Acuarela sobre papel |
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