Un indio
por GUILHERME DE ALENCAR PINTO músico
e investigador
En sus vertientes más renovadoras,
la música latinoamericana incorpora los recursos de la tecnología
en composiciones que trabajan con un fuerte contenido local. El
rechazo que suele generar esta tendencia suscita algunos interrogantes:
¿cómo se ve Latinoamérica en relación
con la modernidad? ¿Por qué muchos consideran que
“tecnología” e “identidad regional”
son términos incompatibles?

ALEJANDRO PUENTE
Sin título II, 1985
Pluma sobre arpillera |
A veces, en el centro de Montevideo se puede ver a un inmigrante
boliviano de rasgos indígenas que hace música a cambio
de monedas. Vestido con poncho y gorro, toca la quena acompañado
por un teclado programado. Desde una perspectiva distanciada, el
conjunto constituye una amalgama de elementos incongruentes y provoca
un efecto casi surrealista: tendemos a considerar que “indio
boliviano” y “tecnología digital” remiten
a mundos paralelos, algo que no se nos ocurriría si se tratara
de la relación de un roquero porteño o paulista con
la misma tecnología.
Algunas motivaciones explican, en parte, esa percepción
de incongruencia: los teclados programables se impusieron hace menos
de veinte años, mientras que los orígenes de la quena
son asunto de la arqueología. La quena se asocia a las etnias
quechumaras, mientras que el sintetizador se vincula a los países
más desarrollados de la civilización postindustrial.
El aprecio por la quena con frecuencia aparece ligado al empeño
de rescatar componentes perdidos o postergados de la “humanidad”;
en tanto que la adopción del teclado digital implica asumir
la “modernidad”. Un individuo hábil puede asimilar
las técnicas para construir una quena; por el contrario,
ningún individuo posee la totalidad de los conocimientos
que requiere la fabricación completa de un teclado programable
profesional, que depende de una estructura compleja y costosa, inaccesible
para los países latinoamericanos.
No obstante, esta enumeración de razones presenta algunas
grietas. Por ejemplo, si bien el principal país que se dedica
a la producción de los teclados electrónicos es Japón,
seguimos vinculando esos instrumentos a contextos occidentales y
sobre todo estadounidenses. Por otro lado, varios instrumentos inventados
en Europa en el siglo XIX –como el bandoneón, el acordeón
o el saxo– funcionan como el emblema de manifestaciones regionales
latinoamericanas de una manera que no ocurre con el teclado electrónico:
el acordeón simboliza el baión brasileño, el
chamamé argentino y el vallenato colombiano, no obstante
su arraigo en la música de Francia e Italia; el saxo es fundamental
en la salsa o en el samba de gafieira (independientemente
de su origen como instrumento de orquesta y su difusión en
el jazz), y el bandoneón quedó tan pegado
al tango rioplatense que su origen europeo prácticamente
fue olvidado. En ninguno de estos casos Latinoamérica asumió
la fabricación de los instrumentos o incidió sobre
su forma.
Si el quenista boliviano estuviera acompañado, no por un
teclado sino por un acordeonista o violinista –y ni qué
hablar por una guitarra–, el toque surrealista se desvanecería.
La incongruencia del par teclado-quena está condicionada
por algo más que por las disparidades de origen, edad, costo
y tecnología. Quizá sea el componente de modernidad
asociado al teclado el que instaura una repulsión semántica
con el universo indígena (extensible, en buena medida, a
lo latinoamericano)*. Esta repulsión es la que bloquea la
posibilidad de que “indio” y “teclado” puedan
conformar un lugar propio en nuestro campo semántico. Por
eso es que hablamos entonces de música de “fusión”.
Un acordeón marca Hohner o Scandalli puede ser, en manos
de Luiz Gonzaga, el emblema del nordeste brasileño, porque
como entidad cultural el acordeón no compite como símbolo
de la modernidad. A su vez, los teclados Yamaha o Roland pueden
asociarse al poderío económico y al ingenio japonés,
pero no a la cultura japonesa, porque la modernidad pertenece a
Occidente. Obviamente, hago referencia a prejuicios generalizados,
que conviven con una perspectiva minoritaria, crítica y bien
informada, capaz de desconstruirlos e ignorarlos y de integrar,
en su sistema de gustos estéticos, la apreciación cult de un músico como Ryuichi Sakamoto, un cineasta
como Takeshi Kitano o el mundo de los manga.
Berimbau y guitarra eléctrica
En 1967 Caetano Veloso y Gilberto Gil lanzaron el movimiento tropicalista,
presentando en un mismo festival “Alegria, alegria”
y “Domingo no parque”. Aparecieron acompañados
por grupos beat (en el caso de Caetano se trató
de The Beat Boys –argentinos–, y en el caso de Gil,
de Os Mutantes –paulistas–). El impacto de esa aparición
resuena hasta hoy en la cultura brasileña. La presencia de
los instrumentos beat en ambas canciones fue duramente
criticada como descaracterizadora por quienes defendían cierta
forma de nacionalismo musical, y valorizada por quienes consideraban
que la música brasileña debía modernizarse.
Caetano y Gil recurrían, como disparadora de un sacudón
cultural, a la repulsión semántica entre lo brasileño
y lo “moderno”. La canción de Gil fue mejor asimilada,
porque el montaje de contrastes estaba “explicado” en
lo visual y en lo letrístico: en el texto se habla de capoeira,
y en el escenario se veía un berimbau junto a la guitarra
eléctrica, y a Gil –cantante negro con guitarra acústica,
es decir, el arquetipo del sambista– junto a los veinteañeros
de pelo largo y lacio y con trajes sicodélicos –quienes
podían pasar por anglosajones–. Por su parte, la marchinha carnavalesca de Caetano no llegó a ser escuchada como tal,
porque el acompañamiento se reducía al grupo beat:
la mayor parte de la gente, distraída por la instrumentación,
no llegó a entender qué ritmo era y oyó simplemente
música pop.
Es curioso observar que el instrumental que acompañaba a
Caetano no era precisamente de última generación.
La batería fue inventada hacia 1895, en tanto que la guitarra
eléctrica se usó desde los años treinta y la
pandereta es de origen inmemorial. Sólo el bajo eléctrico
no había conquistado todavía la mayoría de
edad. Ya en los años cincuenta la guitarra y el órgano
eléctricos y la batería se usaban corrientemente en
la música popular brasileña. La guitarra eléctrica
era el instrumento prominente del Trio Elétrico, principal
animador del carnaval bahiano desde 1949. Jobim la utilizaba regularmente
en sus arreglos (tomándola del jazz, no de Bahía):
guitarra eléctrica y batería son los instrumentos
que más se destacan en la introducción de “Vem
viver ao meu lado”, de 1956. Pero, claro, recién en
1955 se estrenó en los Estados Unidos la película Blackboard Jungle, que proyectó internacionalmente
“Rock Around the Clock”. A medida que la guitarra eléctrica
se convertía en emblema de juventud y modernidad, su presencia
en la música clasificable como “brasileña”
se retrajo, y ya casi no se oye en grabaciones posteriores a 1956.
Volvería a surgir, como novedad de signo moderno y extranjerizante
–como si nunca hubiera estado antes–, en la nueva “música
joven”, y Caetano aprovecharía esa poderosa carga cultural
para convertirla en un elemento expresivo, escandaloso y renovador.
Mucho del trabajo posterior de los tropicalistas giró y
sigue girando alrededor del conflicto entre internacionalismo e
identidad, modernidad y tradición, inserción y diferenciación.
La carátula del disco Parabolicamará (1992),
de Gil, muestra la “rima visual” de una antena parabólica
y un tipo de canasto rústico bahiano. La canción “Jóia”
(1975), de Caetano, se limita a yuxtaponer dos epifanías:
un indio abre la mano y saca un cajú, una niña
toma una Coca-Cola. “Um índio” (1976) tiene la
forma de una profecía, en la que el indio del título
baja a la tierra en un OVNI para traer la revelación. No
solemos esperar que un indio traiga “el futuro”, es
decir, que realice una contribución activa a la civilización,
en lugar de aparecer como sobreviviente de una cultura que debe
ser preservada del olvido. Veloso también jugó con
la constatación en caliente de la existencia de los elementos
“modernos” en la música brasileña antes
de que fueran considerados como tales: en 1969, luego de impactar
con la inclusión de la guitarra eléctrica en el lanzamiento
del tropicalismo, aludió a su presencia en Bahía en
“Atrás do Trio Elétrico”; y en 1984, en
“Língua”, recordó la existencia de un
gran éxito brasileño de los años sesenta que
era virtualmente un rap, antes de que el rap existiera.
Estas constataciones, por lo general, no sirvieron para atenuar
la sensación de contradicción, sino que se integraron
como un ingrediente más de la misma, que no parece obedecer
a especulaciones racionales.
Electroacústica latinoamericana
En 1982, en uno de los Cursos Latinoamericanos de Música
Contemporánea, asistí a un debate en el que una joven
compositora boliviana expresó su rechazo por la música
basada en tecnología costosa, que le parecía indecente
en países como los nuestros, signados por la pobreza. El
compositor uruguayo Coriún Aharonián, uno de los organizadores
del curso, observó que ella usaba ese argumento para referirse
al aparataje de la música electroacústica, pero no,
por ejemplo, a un piano Steinway.
Aharonián integra una generación de compositores
latinoamericanos que, hacia 1970, se propusieron usar los medios
electroacústicos para componer una música de fuerte
contenido regional. La música electroacústica prescinde
del intérprete: el compositor la elabora directamente en
el soporte técnico capaz de reproducir el sonido (cinta magnética
y, más recientemente, archivos de memoria digital). Solía
estar asociada a una infraestructura carísima y por esa razón
pareció ser un terreno al que los latinoamericanos tendrían
un acceso muy limitado. En la práctica, facilitaba muchas
cosas: una vez realizada la pieza electroacústica, el compositor
no necesitaba más que un grabador de cinta para difundirla,
y eso solía ser más fácil que reunir un conjunto
de ejecutantes competentes, familiarizados con el lenguaje de la
música contemporánea y dispuestos a ensayar y tocar
por una remuneración exigua o inexistente. Con los recursos
electrónicos se podía aspirar a una paleta sonora
que no le debía nada a una orquesta sinfónica, en
un medio donde los compositores tenían pocas posibilidades
de que una pieza orquestal fuera ejecutada.
Algunas de las composiciones de ese ciclo, como las del guatemalteco
Joaquín Orellana, se hicieron con tecnología asumidamente
“pobre”, esto es, con un mínimo de aparatos instalados
en la propia casa del compositor y un máximo de paciencia
y pericia. Su Humanofonía (1971) es un montaje de
ruidos ambientales urbanos, instrumentos indígenas y fragmentos
de poemas en castellano y maya. Conocí la obra sin haber
estado en Guatemala y entendiendo muy mal el castellano, y llegué
a asimilarla en su coherencia y expresividad formales, en un sentido
semi-abstracto. Luego, cuando estuve en Guatemala en 1981, me sorprendí
al reconocer varios de esos sonidos y constaté hasta qué
grado eran característicos del entorno sonoro de esa ciudad
en particular.
A diferencia de la composición de Orellana, Homenaje
a la flecha clavada en el pecho de don Juan Díaz de Solís (1974), de Aharonián, fue realizada en Francia en un gran
estudio. Ello no modificó la propensión del compositor
a una sonoridad “rústica”, puesto que todos los
sonidos fueron producidos por flautas indígenas. Al parecer,
se trata de la primera obra de música erudita –electroacústica
o no– realizada exclusivamente con ese tipo de fuente sonora.
La obra privilegia los timbres “sucios” que se corresponden
con el gusto de muchos pueblos indígenas, y que contrastan
con los ideales de pureza de la técnica de flauta de conservatorio
(o de la quena que suena en “El cóndor pasa”
según la versión de Simon & Garfunkel). Sin citar
melodías indígenas, la pieza se sirve de esas sonoridades
y de la expresividad del soplo (asociaciones con grito, llanto,
llamada, susurro, etcétera) para tejer un emotivo comentario
sobre el proceso de exterminio de las culturas nativas americanas.
La creación de la tierra (1972), de la colombiana
Jacqueline Nova, parte de sonidos “electrónicos”
que, a través de sutiles transformaciones, poco a poco se
van descubriendo como derivados de la voz de un indio tunebo que
entona un canto cosmogónico. Por su parte, el argentino Oscar
Bazán también se inspiró en lo indígena
para componer Parca (1974) con sonidos de sintetizador.
Aquí no es la sonoridad sino ciertos procesos de transformación
de células musicales sencillas los que fundan un tipo de
minimismo con una base muy distinta de la del movimiento estadounidense,
entonces en su auge.
En los ejemplos citados, elementos evidentes de la identidad cultural
regional son procesados según modalidades que no hubieran
sido posibles sin la tecnología empleada, y resultan ciertamente
renovadores en el panorama global de la música electroacústica.
Astronauta tupí
Actualmente, la música popular “electrónica”
es el terreno privilegiado para elaborar la vinculación entre
lo regional y la idea de modernidad, mediante el empleo de tecnología
reciente. El proyecto Bajofondo Tango Club (2002) –ganador
de un Grammy–, en el que músicos argentinos y uruguayos
incursionan en una especie de tecnotango, puede ser visto como una
provocativa propuesta de “fusión” intercultural
o simplemente como una nueva aplicación de la vorágine
del remix. Hay una tendencia mayoritaria a que los componentes
tangueros (bandoneón, violín, melodías conocidas)
se encarguen del clima nostálgico y dolido, mientras que
el empuje rítmico lo da la batería programada, usando
casi siempre ritmos de música electrónica para bailar
en discotecas. La involuntaria metáfora (el Río de
la Plata aporta el color, pero Estados Unidos marca el paso) no
es muy favorable al sur. Hay excepciones importantes (Juan Blas,
sobre todo, busca una fórmula rítmica que podría
ser bailada como tango).
El brasileño Lenine es quizá la principal referencia
latinoamericana en la integración de una veta cancionística
con la electrónica, a la manera de Beck o Björk. Su
obra maestra, Na pressão (1999), incluye diversas
alternativas en la relación entre identidad y tecnología.
En la mayoría de los casos, actualiza estilísticamente
el proceso “antropofágico” de los tropicalistas,
que supone devorar al conquistador para asimilar sus virtudes: música
nordestina impregnada con sonidos y ritmos internacionales. Pero
lleva a cabo, además, otro tipo de exploración, emparentada
con Orellana (aunque desde un lenguaje muy distinto): en “A
rua da Passagem” la base está armada con sinfines (loops)
de ambiente y música callejeros, conformando ritmos asociados
al nordeste. En los textos, Lenine y sus letristas exploran con
frecuencia la repulsión entre lo regional y lo moderno, generadora
en buena medida de la chispa poética del disco. Es interesante
mencionar, como indicadores de nuestras disposiciones culturales,
algunos recursos que sirven de base para la construcción
poética. “Tubi tupy” (texto de Carlos Rennó)
cita “Um índio” de Caetano (“Soy el
indio de la estrella veloz y brillante”), resignificándolo
con una noción científica (“Estoy hecho
de restos de estrellas”). Junto a los sonidos tecno se
discierne y se destaca el de un berimbau: potente, rítmico,
variado, suena él mismo tan inusual que parece un instrumento
sintético (como el canasto de Parabolicamará).
Su presencia allí, más de treinta años después
de “Domingo no parque”, sigue siendo un “oxímoron
musical”, equivalente al oxímoron “astronauta
tupí”, explícitamente formulado en el texto.
El berimbau pertenece todavía a un universo extraño,
quizá al “Planeta de Neanderthal” aludido
en la letra. •
* El término “moderno” está utilizado
aquí sólo en su sentido valorativo, como aquello que
connota salud, dinamismo, futuro. Sin embargo, conviene señalar
que el uso de la designación “moderno” no implica
que el autor de esta nota asuma esas connotaciones.
Publicada en TODAVÍA Nº 6. Diciembre de 2003 |