Por qué los porteños soñamos con Montevideo
por GRACIELA
SILVESTRI investigadora del CONICET-UNLP Área Historia del Territorio
La capital uruguaya, al igual que su vecina
Buenos Aires, ha diseñado su trama urbana según los
dictados de la modernización, pero preservando una gestión
igualitaria del espacio público y de las bellezas naturales.
Tal vez por eso los porteños, desde el período rosista
hasta la década de los noventa, han visto a Montevideo como
un lugar donde los ideales democráticos parecen resistir
con mayor firmeza.

IGNACIO ITURRIA
Montevideo
Óleo sobre tela |
En un ensayo reciente publicado en Diario de Poesía,
Sergio Chejfec identifica el Uruguay como lugar metafórico
de la literatura argentina, asociado con ciertos valores: sencillez,
anticonsumismo, republicanismo, naturaleza amable y sociedad pacífica.
Tan cerca, tan similar y tan distinto de la otra orilla, el Uruguay
es, para nuestra literatura, el sueño preservado de
una Argentina imposible. No se trata de una representación
vaga, como si dijéramos París o Estambul:
se conforma a partir de una experiencia histórica de contactos
cotidianos. Es extraña a los usuales mitos latinoamericanos,
donde la nostalgia de una edad de oro conduce a la Colonia, a las
culturas precolombinas o a la pureza natural. Ésta, en cambio,
es la nostalgia de un breve momento de expansión moderna
e igualitaria, una arcadia política que reúne
las ilusiones de transformación perdidas en el siglo XX,
y se condensa en una figura paisajística, la costa urbanizada
del Río de la Plata que en la orilla uruguaya llaman mar. Montevideo y su conurbano ofrecen como distintivo
generosos espacios verdes que se articulan sin solución de
continuidad con la trama edilicia y las playas. La rambla es pública
en el sentido más pleno de la palabra: en contraste con la
costa de Buenos Aires, que coronó los esfuerzos de integración
de ciudad y río con un virtual barrio cerrado (Puerto Madero),
nada obtura el disfrute democrático de sus singulares bellezas.
Es cierto que los porteños en vacaciones sólo conocemos
la franja Este del largo cinturón costero, sede de sectores
privilegiados. Pero los barrios modestos del Cerro poseen también
una playa limpia, de reciente consolidación, con las mismas
disposiciones urbanas y el mismo equipamiento del resto de la costa.
Este panorama es el más hermoso de toda la ciudad, y lo disfrutan
las familias a la tardecita, con sus sombrillas, canastas y termo
para el mate, igual que en Pocitos y Carrasco. La distribución
social de la belleza es distinta en Buenos Aires, donde los
lugares más desangelados se destinaron, como norma, a los
sectores populares. La costa pública de Montevideo es algo
más que un mito. Es una feliz coincidencia entre naturaleza
y civilización, espacio y política, distribución
equitativa y belleza. El ciudadano uruguayo tomando mate en el paseo
público sugiere a los porteños, siempre en tensión
con los acelerados tiempos que jamás alcanzan, un jardín
como aquellos en los que los humanistas se retiraban a pensar. Montevideo
es el jardín democrático-urbano, la arcadia civilizada:
un oxímoron. Su paisaje no es sublime sino bello: no despliega
poder; se mide con la medida humana el ciudadano
uruguayo.
¿Cómo se constituyó este mito rioplatense?
¿Por qué dos ciudades que comparten un destino histórico
similar, y el mismo río, se construyeron de maneras tan diferentes?
Una larga historia consolida Montevideo; y la historia sustenta
también la inclinación de los porteños por
la costa de enfrente. Tres momentos clave la conforman, marcados
por exilios. El primero: Montevideo fue uno de los lugares preferidos
de refugio argentino durante la dictadura de Rosas. El sitio de
la ciudad por fuerzas vinculadas a Buenos Aires inspiró a
Alejandro Dumas, que la convirtió en La nueva Troya:
Montevideo no es solamente una ciudad, es un símbolo;
no es solamente un pueblo, es una esperanza; es símbolo de
orden, es esperanza de civilización. William H. Hudson,
en La tierra purpúrea, encuentra en el Uruguay que
conoció en 1890 el aroma silvestre y delicioso
que había gozado en su infancia en las pampas bonaerenses,
ya transformadas por el arado y el alambre de púas: Y
si ese aroma característico no pudiera poseerse al mismo
tiempo que la prosperidad resultante de la energía anglosajona,
yo expresaría el deseo de que esta tierra nunca conozca tal
prosperidad. Pero el Uruguay bárbaro de
Hudson estaba ya en vías de extinción hacia 1910,
en manos del reformismo liberal de José Battle y Ordoñez.
El anquilosamiento de los colorados de hoy nos hace olvidar lo que
entonces significó este gobierno que impulsaba la educación
laica y gratuita, el divorcio por voluntad de cualquiera de los
cónyuges, la nacionalización de la economía
y la reforma rural. El nuevo orden estaba lejos de constituir un
socialismo revolucionario, pero así fue leído por
muchos viajeros de la época, como aquella célebre
exploradora, Rosita Forbes, que lo creyó experimento
comparable al de Rusia, mejorado por la paz alcanzada.
Así derivando, hacia la segunda posguerra, el mito del Uruguay
feliz como lo denominó el cientista político
Juan Rial ya está establecido en clichés: una
clase media suficiente para afirmar la estabilidad social; el plus
que brinda su población educada en las aulas de la escuela
normal; el consenso democrático. Y ya está encarnado
en ciudad: tanto Buenos Aires como Montevideo forjaron el
carácter que aún les reconocemos en la primera mitad
del siglo XX. La capital uruguaya explotó su excepcional
situación geográfica (les tocó la mejor costa
del Plata), acentuando la inversión en espacios públicos.
Le Corbusier, que viajó a América en 1929, la consideró
una ciudad moderna por su inmediata relación con el
río, negada en Buenos Aires (la ciudad sin esperanzas).
La rambla sur, propuesta en 1922 e inaugurada por tramos durante
los años treinta con diseño de Juan Scasso, resulta
la pieza maestra de esta estrategia política urbana. Construida
sobre tierra firme a diferencia de las costaneras porteñas,
que avanzaron problemáticamente sobre el río,
implicó la expropiación de una ancha franja de borde,
donde más tarde se edificó vivienda popular: no se
destinó a la brutal gentrificación*. El
conjunto es, probablemente, una de las obras maestras de la arquitectura
rioplatense. De los años de entreguerras es también
el impulso que llevará a Montevideo a extenderse hacia el
Este, siguiendo el hilo costanero. La industria del turismo se había
desarrollado, con amplia clientela porteña, desde antes de
1880. La estrategia política la vincula con la forestación
intensiva y la industria maderera tradición artiguista
y con el embellecimiento urbano. Esta belleza respondía a cánones precisos: debía ser testimonio
de civilización, por lo tanto pintoresca. Para ello
necesitaba árboles. Un rosario de ciudades balnearias se
crean en estos años, en áreas de dunas móviles
que antes del loteo son forestadas con eucaliptos australianos,
pinos marítimos romanos y palmeras con eco orientalista.
Atlántida, iniciativa de la corporación médica,
es un modelo del peso que la relación entre árboles,
sol, ocio y salud posee en la cultura del 900. Las arboladas ciudades
balnearias se piensan como ciudades ideales. Mauricio Cravotto estableció,
desde 1929, un plan de crecimiento de Montevideo hacia el Este al
que llama de aldeas felices según el espíritu
del urbanista Lewis Mumford armonía entre naturaleza,
trabajo y placer, conformando un paisaje doméstico.
Así se comprende que Borges hablara de la belleza pánica
de la poesía uruguaya: el árbol había adquirido
allí el don de la ejemplaridad. Hay un
ambiente de raigambre y tupido en la literatura uruguaya
que
se engendró a la vera de hondos árboles y de largas
cuchillas y que por quintas y ceibales hizo su habitación.
La contrasta con la literatura porteña, cuyos ejemplares
y símbolos fueron siempre el patio y la pampa, arquetipos
de rectitud.
El paseo por Montevideo evidencia este espíritu de variedad
pintoresca-democrática en la tradición del urbanismo
decimonónico. La digna sencillez de la costanera Sur contrasta
armoniosamente con la deliciosa pieza de las canteras del parque
Rodó; los remansos secos como Punta Chica con escalinatas belle époque en el Trouville uruguayo. La Facultad
de Ingeniería, de Julio Vilamajó (1947) domina el
paisaje colorido, midiéndose con el vasto horizonte. Resume
en su arquitectura la opción uruguaya: modernidad
a la vez pragmática y poética, que no excluye ninguna
referencia internacional y temporal, desde los jardines de la Alhambra
hasta la planta libre de Le Corbuiser. Buenos Aires, en cambio,
se esforzó por definir su identidad en una ascética
vanguardia formal, que halla su cumbre, por la misma época,
en los incontaminados proyectos de Amancio Williams. En estos acentos
disímiles, apenas perceptibles para quien no viva en el Plata,
ambas culturas hallaron su identidad. El exilio durante el peronismo
termina de concretar la segunda figura del país de enfrente:
su modernidad, también inclusiva, careció de los ribetes
censores de los sucesivos gobiernos argentinos.
Hacia fines de 1960 este modelo está en crisis: los gobiernos
uruguayos asumen características cada vez más autoritarias;
su izquierda se radicaliza junto con la izquierda mundial. Pero,
aunque debilitado en su potencia simbólica, el sueño
argentino del Uruguay no desaparece, y retorna después de
la caída de las dictaduras de la región. La última
figura que presento es el sueño de quienes volvieron de otro
exilio, interior y exterior, el más dramático en la
historia argentina, con la recuperación de los valores democráticos
poco antes desestimados. Y allí estaba, nuevamente a mano,
Montevideo, emergiendo de su propia dictadura, reformulando un frente
popular, una izquierda que, en pleno auge del neoliberalismo,
ya no aludía a lo moderno actual sino, paradójicamente,
a la conservación ética de los valores de libertad
y distribución equitativa. Para los argentinos, recorrer
Montevideo significaba entonces un viaje arqueológico hacia
las décadas doradas del Estado de Bienestar: autos viejos
cuidados y lustrosos, restos de arquitecturas modernas, ritmo tranquilo
en una metrópoli de más de un millón de habitantes.
Las políticas urbanas del Frente Amplio, que obtuvo la intendencia
en 1989, reunieron las solicitaciones del presente con la preservación
de este carácter físico que remitía a la igualdad
cívica.
Mientras en la década pasada Buenos Aires se entregaba
con liviandad a las promesas neoliberales (ésta es su gloria
y su desgracia: la histérica propensión hacia lo novedoso),
Montevideo resistió dignamente, sin los recursos económicos
de su orgullosa vecina. Resultó una lección de sensibilidad
urbana: que el intendente Mariano Arana haya logrado mantener un
equilibrio tangible entre preservación e innovación,
y una distribución social materializada en la distribución
equitativa del espacio, parece un milagro. Es cierto que, como muchos
han escrito, tanta conformidad puede constituir un freno para imaginar
nuevas oportunidades y respuestas: la arquitectura uruguaya declina
en caminos trillados; la austeridad de los recursos impide un enfoque
estructural; la preservación se convierte en consuelo. La
costa más allá de Montevideo pasó a ser, en
lugares exitosos como Punta del Este, la vidriera de la impostura
ostentosa y chabacana lejos del rincón idílico
planeado por Bonet en los años cuarenta. La encrucijada
político-económica del Uruguay de hoy subraya todos
los problemas. Pero no olvidemos la magnitud del desafío:
en un país que descansa entre dos elefantes que apenas se
mueven lo aplastan, esta ciudad, que como la mítica Viena
Roja debió gestionarse bajo un gobierno nacional de signo
opuesto, optó por una resistencia paciente y comedida. Me
pregunto si esta utopía de porteños progresistas y
melancólicos, en consonancia con la mayoría montevideana,
no promete, en su dialéctica enamorada, un futuro distinto:
un fértil diálogo entre innovación y resistencia.
Escribo esto bajo la emoción de ver las calles de Montevideo
ocupadas por matronas con perritos, familias con niños, emigrados
que se esfuerzan por pagar el buquebús y jóvenes con
moto y mate, festejando la victoria del Frente Amplio, que sin prisa
y sin pausa construyó tan difícil opción. La
costa de Montevideo representa una ciudad que mantuvo sus tradiciones
públicas en medio de la adversidad. Nos ofrece una imagen
de comunidad sin los ribetes ríspidos que el término
posee en el viejo mundo, y sin alusiones a diferencias jerárquicas
precapitalistas, ni a religiosidad campesina, ni a conformidad con
el suelo, sino a indiferenciación mesocrática y educación
laica de escuela estatal.Como si sólo aquí, en este
pequeño país, se hubiera corporizado el sueño
socialista: no el moderno, disolvente, impositivo, dictatorial,
sino la utopía pedagógica que coronaba las visiones
humanistas clásicas, en un paisaje de flores y arena blanca.
Es un sueño equívoco, sobrevolado por la melancolía.
El mundo se encuentra hoy en una guerra sin fin ni lugar, que nada
tiene que ver con el sueño ilustrado que el Uruguay puso
en marcha: pero la sociedad uruguaya eligió conservarlo en
su último voto, como guardando un mensaje póstumo
en una botella. El mito del Uruguay feliz recuerda en otro
contexto, y con diversos sentidos, la frase de Hudson en La tierra
purpúrea: Y si ese aroma característico no pudiera
poseerse al mismo tiempo que la prosperidad resultante de la energía
anglosajona, yo expresaría el deseo de que esta tierra nunca
conozca tal prosperidad. Que la prosperidad que se alcance se
encuentre a la medida de nuestros sueños, los de aquellos
que todavía imaginamos esa felicidad democrática
que la playa amplia y pública parece resumir.
* Se denomina gentrificación a la expulsión
de sectores de bajos recursos que se produce luego de que se ha
valorizado un barrio tradicional. [N. del E.]
Publicada en TODAVÍA Nº 9. Diciembre de 2004
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