Ruinas modernistas
por BEATRIZ JAGUARIBE profesora de
la Universidad Federal de Rio de Janeiro (UFRJ)
En 1930 Rio de Janeiro era la capital del
Brasil, el escenario por excelencia del sueño de modernización
nacional y de progreso. Esa utopía de un futuro eterno se
plasmó en una serie de edificios públicos monumentales.
Deteriorados por el tiempo y por una historia que tomó otra
dirección, los emblemas de la arquitectura modernista revelan
hoy las ilusiones perdidas y el nuevo rumbo de las aspiraciones
sociales.

IGNACIO
ITURRIA
Mesa con edificio
Óleo sobre tela |
Las tarjetas postales cariocas raramente muestran obras arquitectónicas.
Los clichés que reproducen los retratos turísticos
de Rio de Janeiro son, en general, las playas llenas de cuerpos
tostándose al sol, la bahía de Guanabara al amanecer
o al ocaso, los morros de color verde y, por último, las
mulatas exuberantes en disfraces de carnaval.
Sin embargo, en los comienzos del siglo XX, los turistas nacionales
buscaban en Rio de Janeiro las tarjetas postales que ilustraban
los progresos de la capital. Tranvías, monumentos, instalaciones
técnicas eran considerados símbolos de la modernización
nacional a la que aspiraban los parroquianos detenidos en la inmensidad
de un Brasil poco explorado.
En su condición de ex capital, Rio ya no representa las
urgencias del progreso, que eran su rasgo característico
ante la mirada provinciana. A medida que la ciudad pierde importancia
política y económica, las imágenes que la evocan
insisten en el exotismo tropical mientras las primeras planas de
los diarios anuncian la violencia, los secuestros, la guerra del
narcotráfico, el desorden social.
Como capital del Brasil, sin embargo, Rio de Janeiro fue el escenario
privilegiado de la encarnación del Estado y de la búsqueda
de la modernidad cultural. Si la Belle Époque de comienzos
del siglo XX aparece como un pasado distante ya completamente anticuado,
la modernidad de los años treinta (que coincide en gran parte
con la invención del Estado moderno nacional) y de los años
cincuenta (contemporánea a la invención de Brasília)
nos remite a un pasado relativamente próximo, en el que lo
nuevo se destacó como un emblema, aun cuando sus marcas innovadoras
se muestren hoy fragmentarias.
A partir del edificio ícono de la arquitectura pública
modernista en el Brasil, el Palacio Gustavo Capanema, ex sede del
Ministerio de Educación y Salud, me gustaría, en estas
breves páginas, discutir cómo la construcción
de lo nuevo y de lo moderno aparece como una experiencia
fechada, al mismo tiempo que revela la derrota de los sueños
utópicos del futuro que la arquitectura modernista pretendía
inaugurar en su presente. Esta relación paradójica
de lo moderno con la historia está presente en el concepto
de ruina modernista. En sentido literal, uso esta expresión
para referirme a los edificios paradigmáticos de las décadas
de 1930 a 1950, que simbolizaron la modernización del país
y que ahora, en el siglo XXI, se encuentran en un estado de franco
deterioro.
La mirada que se posa sobre ellos es la del espectador contemporáneo
que entrevé la ruina de la arquitectura modernista y que,
al advertir su decrepitud, niega de hecho sus premisas utópicas.
Esos edificios fueron concebidos bajo el signo del futuro y de la
vanguardia, para transmitir un sentido nuevo, para plasmar el espíritu de la nación moderna y anticipar su trayectoria. En el comienzo
del siglo XXI, contemplamos la caducidad de lo que antes fue la
proyección futura de nuestro presente. La ruina modernista
es nuestra memoria del futuro que nunca existió.
Las ruinas de los imperios clásicos revelan la imposibilidad
de vencer al tiempo y también la transitoriedad de las construcciones
humanas, o, dicho de otro modo, la voluntad épica de la conquista
derrotada finalmente por la acción del tiempo y por las transformaciones
de la historia. Por su parte, las ruinas modernistas expresan la
decadencia de lo nuevo. Al rebelarse contra la acción del
tiempo, manifiestan su rechazo a la muerte y una negación
de la historia. Sin embargo, la historia es reafirmada, paradójicamente,
en la caducidad inevitable de las sucesivas construcciones. Al contrario
del mundo épico, que dialoga con la historia, la ruina modernista
yace como fragmento destruido de lo nuevo, superada por el presente,
que también será descartable (descartable en cuanto
nuevo, pero no en cuanto recuerdo histórico).
En la década de 1930, en pleno Estado Novo, Getulio Vargas,
por entonces supremo dictador del Brasil, inaugura la construcción
de edificios públicos monumentales, entre los que se destacan
el Ministerio de Educación y Salud y el Ministerio de Hacienda.
Entre ambos proyectos se traba la lucha por el canon arquitectónico.
El Ministerio de Educación y Salud, en la corriente de la
arquitectura modernista internacional, seguía las líneas
maestras de Le Corbusier, con la utilización de pilotis,
parasol y fachadas de vidrio. Este estilo internacional se veía
atemperado, no obstante, por la colocación de azulejos con
la misma gama de azul que se encuentra en las iglesias barrocas
y, en el interior del edificio, por los murales del pintor Portinari,
que se referían de manera explícita a la historia
del Brasil describiendo los ciclos de la caña de azúcar,
del café y otros episodios. En contraste, el Ministerio de
Hacienda fue construido en un estilo marmóreo y monumental,
repleto de elementos eclécticos y con murales folclóricos
que retratan las costumbres indígenas.
La controversia europea entre el internacionalismo arquitectónico
modernista y el canon de los regímenes autoritarios repercutió
en el Estado Novo y nacionalista de Getulio Vargas. En Alemania,
el arquitecto favorito de Hitler, Albert Speer, sostenía
que las construcciones debían anticipar para el porvenir
sus propios perfiles devastados. Las ruinas nazis podrían,
de esta manera, inspirar pensamientos heroicos en los milenios futuros.
En el monumento modernista, el futuro, el devenir progresivo de
la historia, ya estaba anticipado en la modernidad inaugural de
su diseño. Lo nuevo eludía la temporalidad histórica,
se rebelaba contra su inevitable envejecimiento, no soportaba verse
como ruina. En este sentido, el Ministerio de Educación y
Salud brasileño, a pesar de su conexión tenue con
el pasado, era un edificio que debía mantener la apariencia
de una inauguración diaria en el espacio congelado del futuro.
Pedazos de yeso caído, placas de parasol quebradas, azulejos
descascarados y malezas eran parte de los signos de decadencia que
hasta hace poco cubrían al Palacio Gustavo Capanema. En el
otro extremo de la ciudad, el campus modernista de Ilha do Fundão
un proyecto que se remonta a los años treinta, pero
que fue activado entre 1950 y 1970 ofrece un espectáculo
desolador. Ambos edificios surgen como masas estandarizadas de hormigón
entre la vegetación mortecina y las pistas de un asfalto
calcinante. Bajo temperaturas que rondan los 40¼, peatones solitarios
luchan contra los matorrales y la travesía de las calles.
El excesivo espacio entre las construcciones dificulta los encuentros
comunitarios. El transporte público precario provoca aglutinaciones
frenéticas de estudiantes que buscan los medios para escapar
del laberinto funcionalista. En los sectores administrativos, los
empleados públicos mueven pilas de papeles de mesa en mesa.
Una pantalla de computadora registra los días, los meses
y los años que demoran los documentos en desplazarse por
la maquinaria inerte del sistema burocrático. La tecnología
registra con precisión los desajustes de la ineptitud administrativa.
A los obstáculos de naturaleza burocrática se agregan
las barreras concretas del deterioro material. Sofocados en un cúmulo
de destrozos, los patios y las alas padecen el abrazo asfixiante
de la vegetación descontrolada. Si, según la evocación
poética de Walter Benjamín, las alegorías
son en el dominio del pensamiento lo que las ruinas son en el dominio
de las cosas, el campus disfuncional de Fundão y la
decadencia del antiguo Ministerio de Educación y Salud son
ruinas alegóricas del colapso modernista.
Sin embargo, estas ruinas son también fragmentos arquitectónicos
de una cartografía que incluye las construcciones contemporáneas
de los rascacielos de lujo y los condominios cerrados, cuyo emblema
se encuentra en las recientes urbanizaciones de Barra da Tijuca.
Por lo tanto, no se trata aquí de pensar la ruina modernista
sólo como la decadencia física de los edificios, sino
también como la alegoría fracturada de un proyecto
que no se realizó y que revela, fatalmente, su condición
histórica, fechada. En contraste irónico, los rascacielos
y los condominios exclusivos, construidos de acuerdo con patrones
posmodernos, se encuentran aislados enfrentándose, y al mismo
tiempo armándose, contra la intrusión de la ciudad
empobrecida. Los condominios, en particular, buscan proteger las
zonas del consumo privilegiado contra la creciente amenaza de las
favelas agigantadas. Moldeados por las pautas homogéneas
del gusto y el estilo de vida de la alta clase media,
sus habitantes mantienen con los sectores pobres de la ciudad un
contacto repleto de ambigüedades. Entre la promesa contenida
en el monumento-ruina modernista y el rascacielos contemporáneo
yace la trayectoria de las apuestas arquitectónicas y de
los proyectos estatales fracasados, que apuntaban a la transformación
completa y ejemplar de la sociedad brasileña.
El sentido de la construcción nacional en el Brasil se sostuvo
mucho más en el ideal de lo moderno que en la glorificación
del pasado colonial. Sin embargo, a contrapelo de su vocación
de novedad permanente, el Palacio Gustavo Capanema refleja, en su
destrucción, un aura peculiar expresada en la memoria de
una modernidad progresista y nacional, y un testimonio de utopías
fracasadas que nos reenvían a una era de intelectuales públicos,
proyectos educativos e imágenes totalizadoras de un Brasil
pasado.
En los senderos de nuestros mapas simbólicos, la ruina modernista
se baña en la media luz nostálgica de las ilusiones
perdidas. Puede aparecer reciclada como souvenir del pasado
en el museo posmoderno. O puede experimentarse en la naturalizada
neutralidad del edificio oficial que a veces es funcional y otras
no, según las circunstancias económicas o políticas.
El edificio modernista proyecta su silueta desmantelada contra la
ciudad, y sus azulejos se recortan junto a las mercaderías
baratas de los vendedores ambulantes. La utopía modernista
se percibe como el sueño de la razón en la ciudad
del caos. La ruina modernista, como sustrato histórico. Como
ruina o como utopía, la ciudad reinventa formas arquitectónicas
y narrativas nacionales en una pluralidad de historias. •
Publicada en TODAVÍA Nº 9. Diciembre de 2004
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