Arquitectura / Ciudades

Ciudad latinoamericana:
dos o tres cosas que sé de ella

por ADRIÁN GORELIK historiador, Universidad Nacional de Quilmes

Entre 1950 y 1970, la cuestión urbana fue tema de debate en los países de América Latina: las ciudades eran concebidas como el espacio por excelencia de la modernización y el desarrollo, o como monstruos que ahogaban la vida del interior. Hoy se trata de repensar esas ideas de cara al porvenir, para que cada ciudad de la región pueda enfrentar sus propios desafíos.


IGNACIO ITURRIA
Stanno tutti bene
Óleo sobre tela, díptico (detalle)

La ciudad latinoamericana como Frankenstein
Como ocurre con “cultura latinoamericana” o con la misma “Latinoamérica”, la idea de “ciudad latinoamericana” aparece tanto más clara cuanto más lejos estamos de cualquier referente real. ¿Qué ciudad cabría con claridad en esa categoría: La Habana o Caracas, Montevideo o México, Cuzco o Buenos Aires? Lo que define a una difícilmente sirva para la otra. ¿Qué clase de “ciudad latinoamericana” encarnaría cada una de ellas? ¿Qué mapa sale del conjunto? Si cada una presenta cualidades distintivas que dificultan su integración sin más en una categoría abarcadora, más absurdo todavía sería tratar de definir la ciudad latinoamericana a través de un ideal de representación de la mayor cantidad de cualidades supuestas para ella, como una especie de Frankenstein urbano; tan absurdo, que por ese camino llegaríamos rápidamente a la conclusión de que la única ciudad latinoamericana realmente existente es Miami. En efecto, la clásica indiferenciación de la retícula urbana norteamericana, perceptivamente diferente de cualquier ciudad latinoamericana real, ha permitido que en las últimas décadas se desarrollasen en Miami múltiples fragmentos de culturas urbanas de países de la región, de modo que, desde la “pequeña Habana” en adelante, se han formado retazos de paisajes urbanos dominicano, portorriqueño, mexicano o argentino, y la ciudad puede recorrerse como un parque temático “ciudad latinoamericana”, probando un taco por acá y un choripán por allá. Así como la cultura del entretenimiento ha construido en Las Vegas un enorme hotel como una Nueva York análoga (con la Estatua de la Libertad y los edificios más emblemáticos en escala), así la cultura de las migraciones ha convertido a Miami en esta especie de capital latinoamericana análoga, reuniendo todo aquello imposible de encontrar en la propia Latinoamérica como sólo es capaz de hacerlo la MTV.

La ciudad latinoamericana como tradición o como modernidad
En general se ha caracterizado a la ciudad latinoamericana a través de sus dificultades para “entrar en la modernidad”: la gran “explosión urbana” en la mayor parte de los países de América Latina se produjo a partir de los años cuarenta y cincuenta del siglo XX bajo la forma de una “ofensiva del campo sobre la ciudad”, según los términos de José Luis Romero. Como había ocurrido un siglo atrás en las ciudades europeas, las masas rurales marcharon con la promesa de trabajo y bienestar que les aportaría la industrialización, pero a diferencia de Europa, ni la ciudad formal ni el trabajo industrial fueron capaces de absorber la corriente humana generada, lo que dio por resultado los típicos paisajes urbanos de la región: una multitud “marginal” que se acomoda como puede en vastas “barriadas”, “villas” o “favelas”, donde se reproducen hábitos sociales paraurbanos y se multiplican trabajos paramodernos y no industriales.

Sin embargo, un europeo como Lévi-Strauss (que estuvo en Brasil justo en la víspera de aquellas grandes migraciones) pudo captar otras facetas. Para él, las principales dificultades de la ciudad americana no residen en sus resistencias tradicionales, sino en su radical modernidad. Aquí en América, la ciudad “pasa de la lozanía a la decrepitud sin haber sido nunca antigua”, escribió en el capítulo de Tristes trópicos dedicado a São Paulo. Como sus únicos valores son la juventud y la novedad, debe renovarse a perpetuidad con la misma ligereza con que se levantó. Una renovación siempre superficial, que agrega capas y capas de lo último apresuradamente (ya que lo último tarda muy poco tiempo en dejar de serlo), sin tiempo (sin dinero, sin energías sociales o políticas) para reparar lo que no se ve, para fundar bases más sólidas. Es una interpretación que le calza bien a Buenos Aires, con su cíclica modernización de superficie: un tipo de configuración urbana en que la sociedad y el Estado viven un eterno presente, desentendiéndose tanto de los legados que podrían enriquecer las acciones urbanas como de sus consecuencias (renovaciones sin inversión en infraestructura, por poner un ejemplo obvio del que se acuerdan los habitantes de Belgrano cada vez que llueve).

Otro europeo afincado largo tiempo en estas costas, el sociólogo Gino Germani, llamó a esta configuración de la sociedad urbana “modernidad sin modernización”: él tampoco veía los obstáculos en las rémoras de un mundo rural atrasado, sino en los límites de las clases dirigentes y las clases medias urbanas hipermodernas, más interesadas en disfrutar de los beneficios de una modernidad alcanzada en breve tiempo y con poco esfuerzo, que en hacer las inversiones que supondría apostar colectivamente a una transformación sostenida de las bases productivas del país.

Pero esta modernidad también supo sostener algunos de los mejores momentos del continente: la voluntad de capitalizar la potencialidad de nuestras ciudades –en las que se podía experimentar sin los límites de las ciudades antiguas, donde nada se puede mover– marca las grandes propuestas constructivistas de América Latina, desde la Argirópolis de Sarmiento hasta la Brasília de Kubitschek. Su optimismo fáustico, capaz de tirar todo abajo porque nada de lo existente es tan poderoso como lo nuevo por venir, aceptó de buen grado que, como decía el historiador del arte Mario Pedrosa en Brasil, “estamos condenados a la modernidad”.

A favor o en contra, es evidente que esta modernidad radical retrata sólo una parte de Latinoamérica, la porción sur, tan parecida en esto al norte de América (por eso Lévi-Strauss reunía en su argumento a São Paulo, Nueva York y Chicago). ¿Qué decir de una ciudad como México, en la que conviven con enorme vitalidad un pasado azteca (que ya fue capaz, en su propio tiempo, de inventarse una mitología), un pasado colonial de enorme riqueza y un presente de metrópoli pujante y multitudinaria? Más allá de atrocidades y destrucciones, de olvidos e injusticias, la México moderna ha logrado dar lugar al conflicto que supone la superposición y el entramado de culturas diversas, materializado en un patrimonio urbano y arquitectónico casi sin equivalentes. Eso no le ha impedido convertirse en una ciudad actual, rompiendo el hábito que en la cultura urbana latinoamericana nos ha llevado a asimilar historia a abandono y modernidad a destrucción. Quizás debamos decir entonces que México no es una ciudad latinoamericana. O, mejor, que si Miami es la única “ciudad latinoamericana”, México ha logrado ser antigua, como una “ciudad europea”.

La ciudad latinoamericana como catástrofe
México ha servido, en cambio, para inspirar otra caracterización de “ciudad latinoamericana”: la ciudad postapocalíptica, como la llama el escritor Carlos Monsiváis con ánimo corrosivo, porque allí el Apocalipsis ya pasó. Es la ciudad de las cifras alarmantes (que Monsiváis toma como rasgos de un “chauvinismo de la catástrofe”), de la superpoblación y la urbanización descontrolada, la inseguridad y la miseria, el hacinamiento y la contaminación, problemas sociales y urbanos acuciantes que se han convertido en las últimas décadas en sinónimo de “ciudad latinoamericana”. En efecto, el modo en que se ha hecho habitual hablar de ella remite con exclusividad a las grandes metrópolis de la región, de las cuales México, São Paulo y Buenos Aires son los ejemplos máximos.

Se trata de una visión que comenzó junto con aquella “explosión urbana” del continente, aunque entonces todavía oscilaba entre la esperanza y la desconfianza: las ciudades eran percibidas como puertas maestras de una corriente de ideas y estilos de vida que iba a liberar a América Latina de las cadenas del tradicionalismo y el subdesarrollo; pero, al mismo tiempo, como monstruosos organismos parásitos, que succionaban toda la savia vital del interior de nuestros países. Esto último no provenía sólo de la tradición de la ensayística (en una línea que llega hasta La cabeza de Goliath de Martínez Estrada o Lima la horrible de Salazar Bondy), sino también de las principales certidumbres de la planificación y la sociología urbana de la época (de matriz norteamericana), que tenía como ideal el modelo de urbanización clásico europeo, con su miríada de ciudades pequeñas y medianas distribuidas parejamente en un territorio homogéneo, frente al contraste entre grandes ciudades y vastos descampados, típico de la configuración urbana latinoamericana desde la misma colonización.

De aquella ambigüedad prourbana pero antimetropolitana nacieron algunas de las principales categorías con que se pensó la problemática urbana en Latinoamérica. Cuando ellas fueron sometidas a crítica, entre finales de los años sesenta y comienzos de los setenta, como eco de la teoría de la dependencia, la ambigüedad se definió ya claramente hacia una constante antiurbana en el pensamiento social: las ciudades latinoamericanas, se descubría entonces, no sólo habrían sido medios poco ágiles para el desarrollo, sino las principales causas del subdesarrollo y la garantía de su perpetuación. Lo que para los teóricos de la primera camada, como Germani, era un ajuste necesario en la teoría de la modernización inscripto en el camino de la urbanización latinoamericana hacia el desarrollo, para los teóricos de la segunda, como Aníbal Quijano o Manuel Castells, se convirtió en un arsenal de argumentos contra la propia cultura urbana.

La ciudad latinoamericana como marketing urbano o como derecho de ciudad
Ése fue el ciclo clásico de interpretación de la “ciudad latinoamericana” y de formación de un pensamiento urbano de la región, entre los años cincuenta y los setenta, cuando la ciudad se convirtió en un tema fundamental de las agendas académicas y políticas del continente. Ese ciclo terminó, pero lo curioso es que el pensamiento urbano no hizo las cuentas con él. A partir de entonces, se fueron superponiendo como capas, una a una, diferentes agendas de la “ciudad latinoamericana”, que no anulan las anteriores ni discuten con ellas, sino que parecen ignorarlas, permitiendo la coexistencia indiferente de ideas y propuestas que, más que antagónicas, se expresan en lenguas teóricas e ideológicas incomunicadas.

Así, los años ochenta redescubrieron la modernidad de nuestras metrópolis de la mano de los debates posmodernos, produciendo una revaloración cultural del rol de la ciudad en la modernización latinoamericana, pero sin discutir con las miradas antiurbanas de los setenta. Y junto con ello comenzó una extensión social de la valorización histórica, que combina preocupaciones preservacionistas con el deseo de atraer un nuevo tipo de turismo internacional. A lo que se agrega una camada de categorías políticas novedosas, como “espacio público” o “ciudadanía”, que buscó su propio lugar.

A partir de los noventa todas esas miradas y diagnósticos fueron digeridos, nuevamente sin discusión, por las propuestas de la “planificación estratégica”, que prometían combinar con virtuosismo el marketing urbano y la participación ciudadana aprovechando las “ocasiones” de inserción en el mercado global de ciudades. Se trataba de ideas que en su origen europeo habían buscado ampliar los márgenes de la sociedad civil frente al Estado, y por eso se conectaban con el ánimo de nuestras transiciones democráticas. Pero mientras que allí flexibilizaron un Estado que siguió siendo poderoso, aquí se aplicaron alegremente para ponerle fin a una errática tradición de políticas públicas, convirtiéndose en coartada progresista para el neoliberalismo urbano salvaje, que culminó en la aceptación cínica de la fragmentación social y urbana. Un problema ya no sólo latinoamericano, si se atiende a la nueva categoría de “archipiélago” con que se está pensando la fragmentación como característica constitutiva de la “ciudad global”. Como se ve, la cuestión no es tanto definir una cualidad ontológica de la ciudad latinoamericana, sino políticas urbanas adecuadas al mismo tiempo a las realidades específicas de cada ciudad y a principios sociales y urbanos universales.

Esto puede comenzar a percibirse hoy, a partir de cierta crisis del ideario neoliberal. Sin embargo, el pensamiento urbano sigue tan revuelto, que el ejemplo de los grandes “logros” del planeamiento estratégico continúa activo, mezclado pero sin tocarse con los viejos temas irresueltos (y que ya se sabe que no se van a resolver por ese camino). Si en los años sesenta los temas excluyentes eran las migraciones rurales y la vivienda social, y en los años setenta la segregación y la marginalidad, hoy asistimos a un planeamiento collage, que reúne megaemprendimientos, sectores urbanos “exitosos” en términos de la economía global o la publicidad arquitectónica, con el catálogo completo de buenas intenciones de la tradición reformista del urbanismo.

Habría que dar las polémicas necesarias para dividir aguas y armar una agenda integrada de la ciudad en el siglo XXI. Y en Latinoamérica hay buenos ejemplos para inspirarla: las leyes que en Colombia o México imponen criterios de recuperación de plusvalías urbanas, el “Estatuto de las ciudades” que tiene jerarquía constitucional en Brasil, o los casos de buena gestión municipal, como la descentralización de Montevideo, la recuperación de la ribera en Rosario, el plan Favela-Bairro en Rio de Janeiro o el presupuesto participativo de Porto Alegre. Se trata de ejemplos modestos, que no proponen una “teoría de la ciudad latinoamericana”, sino resolver localmente el gran desafío de cada ciudad (no sólo latinoamericana) de hoy: favorecer la inclusión social, hacer actual el viejo “derecho de ciudad”. Las ciudades son el territorio en el que esa lucha se libra en todo el mundo. Quizás la disolución de la idea de “ciudad latinoamericana”, como un vestido ya mítico que no le calza bien a ninguna, permita advertir los puentes efectivos entre ciudades, sus problemas comunes y sus cualidades diferenciales, y conformar un nuevo mapa plural, habitado más que por consignas voluntaristas o fatalistas, por opciones éticas para una renovada política urbana. •

 

Publicada en TODAVÍA Nº 9. Diciembre de 2004