CINE  
 

 

 

Iván Díaz Robledo


FRONTERA A CUADRO
REPRESENTACIONES
Y AUTORREPRESENTACIONES
DE LA FRONTERA
MÉXICO-ESTADOS UNIDOS
EN EL CINE

El cine mexicano y el de Hollywood trataron la frontera desde estereotipos opuestos que, en los años sesenta, comenzaron a perder fuerza frente a las nuevas corrientes cinematográficas. En la última década, la producción de videastas de la frontera ha construido una nueva identidad crítica que generó cambios radicales en la forma de representar sus espacios.


por NORMA V. IGLESIAS PRIETO profesora-investigadora de la Universidad Estatal de San Diego y asesora del Centro Cultural Tijuana

Es interesante lo conocida que resulta la frontera México-Estados Unidos en el mundo entero. No tengo duda de que gran parte de esa construcción imaginada, incluso por quienes nunca han estado ahí, tiene que ver con el cine. Desde los inicios de la cinematografía sonora, esta región del mundo ha estado presente, y la mayor parte de las imágenes se han construido desde afuera de la frontera. Han sido los ojos de extraños los que se han encargado de caracterizarla y, en general, lo han hecho simplificando por demás su compleja realidad. Solo muy recientemente los fronterizos han empezado a producir películas y videos, lo que ha servido para contrastar las miradas y para hacer un ejercicio crítico de autorrepresentación.

Algunas de las principales razones por las que la frontera es atractiva para los cineastas es su riqueza visual, el dramatismo de sus fenómenos sociales –como, por ejemplo, la migración indocumentada y el tráfico de drogas–, así como las posibilidades que esto brinda para los excesos y el sensacionalismo. Es decir, la frontera, como espacio narrativo, multiplica la capacidad espectacular del cine a través del desarrollo de temas emocionalmente fuertes, del uso de los géneros de acción y melodrama y, además, por el mismo carácter espectacular de la región, que comúnmente se asocia al escándalo.

Cinco grandes tipos de cine han participado en la representación de la frontera México-Estados Unidos: el mainstream hollywoodense, el Cine Fronterizo (mexicano y comercial), el Nuevo Cine Mexicano, el Cine Chicano y, por último, el cine y video hecho en la frontera.

La forma en la que el mainstream americano ha representado a la frontera se puede ejemplificar en las siguientes películas:
Sed de Mal (Touch of Evil) (1958), de Orson Welles; La Frontera (The Border) (1982), de Tony Richardson, y Traffic (2001), de Steven Soderbergh. Estos films reproducen el imaginario étnico tradicional de Hollywood, en el cual los mexicanos suelen ser sucios, perezosos, corruptos y violentos, y donde siempre se los relaciona con problemas sociales. A pesar de la invasión estereotípica, en el caso de Sed de Mal, el que es bueno, justo y guapo es el policía mexicano, aunque se insiste en mostrar a la frontera como el lugar al que llega “lo peor de los dos países”. En Traffic, por ejemplo, se busca remarcar estéticamente la diferencia y el contraste entre los países utilizando el color como una forma de enfatizar la “otredad” y con ello el riesgo. Se acentúa el carácter exótico, incivilizado, impredecible e inhóspito de la frontera mexicana, tal y como la mayor parte de los westerns norteamericanos lo hicieron.

El caso del Cine Fronterizo es distinto, no en términos de una representación más compleja sino en cuanto al impresionante número de películas producidas: más de 370 largometrajes comerciales desde los inicios del cine sonoro. Son películas de bajo presupuesto y de baja calidad técnica y narrativa que tienden a reproducir los prejuicios del centro y sur de México con respecto a esta zona. Cuatro han sido las grandes caracterizaciones de la frontera en este cine. La primera es la de la ciudad de paso hacia Estados Unidos con cintas como Pito Pérez se va de bracero (1947), Tres veces mojado (1989) y La pizca de la muerte (1990), entre muchas otras. Estas películas tienden más a explotar en su trama el dolor de los migrantes que a problematizar el fenómeno. La segunda caracterización es la del lugar de la ilegalidad, desarrollada inicialmente a través de melodramas de cabaret y de burdel con films como Los misterios del hampa (1944) y Frontera Norte (1953), y más recientemente en películas de acción sobre el narcotráfico como Contrabando y traición (1976), Tijuana caliente (1981), El narco (1985) y El día de los malandrines (2003), entre muchas otras. Películas con tramas pobres que fundamentalmente se caracterizan por poner en escena los famosos narco-corridos, y por hacer alarde de tecnología en armamento. La tercera caracterización de la frontera es la del lugar del cuestionamiento y pérdida de la identidad cultural, el lugar de confrontación de dos proyectos nacionales tan diferentes como irreconciliables. Alguna de estas obras son Primero soy mexicano (1950), Soy mexicano de acá de este lado (1951), La güera Xochilt (1966), El Pocho (1969), Soy chicano y mexicano (1973) y Los desarraigados (1975). Películas que con una simpleza increíble sostienen que la cercanía y la interacción con Estados Unidos son garantía de la pérdida de la identidad nacional. Se ignora cualquier planteo sobre la diversidad, la mezcla, la apropiación y la hibridación cultural. Y la cuarta representación de la frontera –desarrollada en westerns y comedias rancheras como La frontera sin ley (1964), Los Sheriffs de la frontera (1964) y El último cartucho (2000)– es la del poblado, desolado y sin ley, adonde llegan quienes huyen de la Justicia.

Por otro lado, el Nuevo Cine Mexicano ha dedicado parte de su producción al tema de las fronteras, con películas como Santitos (1999), de Alejandro Springall; El Jardín del Edén (1995), de María Novaro; y Bajo California, el límite del tiempo (1998), de Carlos Bolado. De gran calidad técnica y narrativa, estos films plantean una reflexión mucho más compleja de las dinámicas fronterizas, sin que se haya resuelto totalmente el problema de los estereotipos y de la autorrepresentación de la frontera. En ellos se muestra una realidad compleja y multidimensional y se trabaja profundamente con la subjetividad de los personajes. El caso más elocuente y significativo es el de Bajo California, el límite del tiempo, donde el protagonista es un artista méxico-americano que baja a territorio mexicano para buscar la tumba de su abuela y sus orígenes. Un viaje iniciático, existencial, en el que de manera sencilla se habla de una problemática terriblemente compleja: la búsqueda de los orígenes y la mirada al pasado para comprender el presente. Estas películas no sólo se refieren a las fronteras como límites geográficos sino que abordan el tema de las fronteras simbólicas, y también el debate de las identidades en el contexto de la globalización y de los procesos culturales transnacionales.

En cuanto al Cine Chicano, desde su nacimiento –a finales de los sesenta– ha marcado una diferencia sustancial con las tradicionales representaciones de la frontera en el cine comercial de México y los Estados Unidos. Esto se debe principalmente a que nace como un mecanismo de reafirmación cultural y de resistencia al estereotipo. Para este cine, la frontera no significa ni peligro ni pérdida, sino enriquecimiento cultural. De esta forma, ya sea a través de la comedia o el drama, de manera real o simbólica, la frontera cambiará positivamente las posibilidades de los protagonistas. Con películas como La sal de la Tierra (Salt of the Earth) (1953), de Herbert Biberman; Raíces de sangre (1979), de Jesús Treviño; Alambrista (1977), de Robert Young; Zoot Sui (1981), de Luis Valdez; o Las mujeres verdaderas tienen curvas (Real Women Have Curves) (2002), de Patricia Cardoso, el Cine Chicano habla sobre temas como el racismo institucionalizado, pero sobre todo destaca la riqueza y complejidad no sólo de las fronteras físicas sino de las múltiples fronteras simbólicas: las de género, etnia, cultura y clase social. Además, le da voz, razón y corazón a la población mexicana y méxico-americana en los Estados Unidos, que comúnmente era invisible en el imaginario cinematográfico.

Una mirada alternativa de la frontera se está dando a través del video, como única forma de acceso a la autorrepresentación fronteriza. En solo unos diez años, los artistas visuales de frontera –especialmente de Tijuana– han producido un importante número de imágenes de su ciudad que resultan muy distintas y mucho más complejas de lo que el cine comercial logró en cincuenta años.
Las videocámaras de los artistas locales comenzaron a captar parte de la realidad que siempre había estado ausente en el cine.

Retrataron su realidad y su espacio –alejándose de la etiqueta de “video fronterizo”– como mecanismo para resistir al estereotipo.

Sin embargo, la frontera y su estética, así como su condición de laboratorio social, de espacio de encuentro y contraste cultural, estaba ahí, y no sólo era inevitable sino que su propia condición fronteriza enriquecía sus capacidades creativas. La categoría de “fronterizo” era algo implícito en su producción porque sus preocupaciones, experiencias y espacios de trabajo aludían a las dinámicas específicas de este lugar. Los videastas han recuperado críticamente las imágenes, historias, situaciones y eventos que a ellos les resultan cotidianos, pero que son terriblemente novedosos para la historia audiovisual de la frontera. No sólo han recuperado visualmente su ciudad y sus dinámicas, sino que se han apropiado de ella y están participando activamente en la deconstrucción de sus consolidados estereotipos. La inclusión de múltiples tramas, puntos de vista, experiencias, sentidos y conexiones ha evidenciado la diversidad, pero también los elementos comunes. Ahora se habla de la frontera como de un proceso, y los artistas visuales han avanzado sustancialmente en la recuperación de su espacio, de su gente y de su encantadora complejidad.

A partir de películas y videos como Todos los viernes son santos (1996), de Héctor Villanueva; Coca Cola en las venas (1995/2000), de Ana Machado; Disneylandia pa’mí (1999) e Insecto (2004), de Giancarlo Ruiz; Tijuana for Dummies (2001), de Ivan Díaz Robledo y Javier González; Asfalto (2002), de Adriana Trujillo; Odyssea (2001), de Ángeles Moreno; Cruise(ando) gerundio borderizo (2004), de Ivan Díaz Robledo; Tijuana. Destrucción derby (2006), de Salvador V. Ricalde; Ciudad Recuperación (2005), de Itzel Martínez; Flor de nopal (2005), de Juan Antonio Pantoja; o los proyectos Salas del pasado, proyecciones del futuro (2000), de Julio Orozco y los distintos programas de televisión del colectivo Bulbo, se está cambiando la forma en que este espacio era representado, y de hecho también ellos se están reapropiando de su ciudad. Es decir, los videastas y cineastas de la frontera, particularmente de Tijuana, no sólo resignifican su espacio fronterizo, sino que también redefinen su práctica como artistas visuales al cuestionar las tradicionales formas verticales de producción de cine. Ellos trabajan en redes y colectivos flexibles, con proyectos de pocos recursos, pero de alta calidad técnica y narrativa. Son artistas multimedia que utilizan todas las posibilidades a su alcance. Son artistas visuales que tanto participan en la producción de cine como hacen ficciones de video, video-instalaciones, mezclas de video en vivo, fotografía, etcétera. Dirigen sus proyectos y apoyan los de los demás. Son otra clase de artistas que, con o sin recursos, imaginan, crean y producen. Jóvenes que se han ido adueñando de los espacios olvidados, los han hecho suyos y les han vuelto a dar vida para beneficio de una amplia comunidad. Jóvenes que han mostrado una nueva perspectiva de los sujetos y las dinámicas fronterizas, que han recurrido a sus propios recuerdos y memorias gráficas para crear nuevas narrativas, que han utilizado todas las imágenes a su alcance como insumo para su producción visual. Son un claro ejemplo de la frontera como lugar de encuentro y desencuentro cultural, y son también una generación que absorbe contenido de todas partes, sin perder de vista sus marcas identitarias más profundas, su experiencia como tijuanenses/fronterizos, su carácter global pero también local, su especificidad. Son artistas globalizados que están reinventándose y redescubriéndose cada día, que no solo se atreven sino que se proponen –sin miedo– cruzar las fronteras culturales y massmediáticas. Artistas con un enorme potencial que no temen a la fusión y a la experimentación, y que han apostado por la búsqueda de nuevas formas de expresar su experiencia como artistas fronterizos. •

 

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todaVÍA # 15 | Diciembre de 2006

 

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