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Artista invitado
EDUARDO IGLESIAS BRICKLES
La vigilia, 1994
Óleo y tinta gráfica sobre madera tallada,
70 x 100 cm |
UNA PASIÓN
LATINOAMERICANA
El melodrama suele considerarse
el género de las pasiones, más rico en emoción
y artificio que en verosimilitud. En el cine de nuestro continente,
se mantiene vigente tal vez por su capacidad para transformar con
propuestas propias los modelos heredados de Hollywood. Así
surgieron recientemente películas que vuelven a contar historias
de amor pero que muestran también la conflictividad de las
condiciones sociales.
por SERGIO WOLF crítico y realizador
cinematográfico
Aunque antes de convertirse en género cinematográfico
ya era moneda corriente en el teatro, donde los espectadores aceptaban
relatos que ponían en cuestión las rígidas
convenciones sociales, la pervivencia del melodrama logró
la proeza de atravesar toda la historia del cine. Y, como siempre
ocurre con los géneros, ese derrotero es el de su supervivencia
en la mutación, más allá de que popular y mecánicamente
se asocie de manera errónea la palabra “melodrama”
con las historias de conflictos simplificados, los personajes de
complejidad básica y lágrimas fáciles, y donde
lo sentimental es más un efecto buscado por cualquier medio
que una consecuencia de lo dramático.
Ya en las exploraciones pioneras de David Wark Griffith, quien recorrió
en las primeras décadas del cine del siglo XX una vasta gama
de opciones que iban desde el folletín en Huérfanas
de la tempestad (1922) al film conceptual en Intolerancia
(1916), era notorio que los vínculos del melodrama con el
teatro y la literatura iban a volverse cada vez más laxos,
reinterpretando el modelo decimonónico. Así, el período
de estilización del melodrama cinematográfico, que
comprende desde los años ‘30 hasta los ‘50 –marcado
por las obras de Joseph Von Sternberg y Douglas Sirk, respectivamente–,
es el que va a propiciar y definir para siempre que el melodrama
es el territorio de la retórica de las pasiones. Desde ya,
las ocasionales alianzas con otros géneros hicieron de él
una rampa de lanzamiento de versiones y perversiones, una usina
de productividad. Basta pensar en Lo que el viento se llevó
(1939), varios de los mejores film noir, como Laura
(1944) o Retorno al pasado (1947), algunos pasajes sentimentales
en westerns de John Ford, y en el límite de ambos,
en películas como Duelo al sol (1947), de King Vidor.
Más cerca en el tiempo, el melodrama dio forma a la autoconciencia
paródica en las películas de Pedro Almodóvar,
a la reescritura nostálgica propia del cine de Wong Kar-wai,
y a la caligrafía imitativa de Todd Haynes.
Lejos de Hollywood
El afán de estilización y la apelación al star-system
fueron dos de los elementos nucleares que el llamado “cine
de estudios” de América Latina importó del modelo
cincelado por Hollywood. Casi todos los géneros originados
allí tuvieron su correlato y hasta sus plagios casi grotescos
en los films de los estudios latinoamericanos, pero en el caso del
melodrama hubo otro tipo de operaciones. Sobre ese patrón
y sobre los tópicos del amor sublime pero vencido por obstáculos
sociales o por obra y gracia de un destino adverso, las grandes
factorías productivas, como Argentina Sono Film, Lumiton
y San Miguel en la Argentina, Clasa-Films Mundiales y Panamericana
en México, o D.B. en Brasil, cultivaron el melodrama pero
imprimiéndole rasgos singulares.
Como dice Silvia Oroz en su excelente libro El cine de las lágrimas
de América Latina, si en el melodrama norteamericano
el arquetipo de la villana es encarnado por una morocha, que en
los Estados Unidos se asocia con el ícono latino de sexualidad
explosiva, en América Latina la operación es al revés,
y la que carga con esa sensualidad aluvional es la rubia, por tratarse
de un tipo físico más infrecuente. Siempre en torno
de las diferencias, es usual la presencia de familias patriarcales,
pero hay un modelo central del género en Latinoamérica:
el “melodrama de madre”.
El melodrama de madre irá convirtiéndose en un tópico
que no proviene de la herencia de Hollywood, y va a circular en
films de varios países, incluido Cuba, con casos como el
de Siete muertes a plazo fijo (1950), de “Manilo”
Alonso, pero especialmente en la Argentina y México. Estas
historias contemplaban el sacrificio materno, como en la emblemática
Madre querida (1935), de Juan Orol, ya fuera por los hijos
como en Pobre mi madre querida (1948), de Homero Manzi
y Ralph Pappier, o en Puerta cerrada (1939), de Luis Saslavsky,
o bien por tener que realizar trabajos considerados indignos como
el de bailarina de cabaret, en Madreselva (1938), de Luis
César Amadori.
El melodrama fue desde siempre un género centrado en el artificio,
en el pleonasmo de la palabra que duplica la imagen y en los arquetipos
trazados brutalmente. Y si las nociones de pecado y transgresión
recorren su historia latinoamericana, también es indudable
que se fundan en la sexualidad de sus heroínas. Así
es como se produce un modelo de melodrama diferente del que tenía
a la madre sacrificial en el centro, y que terminó incorporando
el oficio de sus protagonistas en su denominación: el “melodrama
de rumberas” o “melodrama de cabareteras”. El
ámbito de la música y la noche –en el cine argentino,
a través de los films tangueros de Manuel Romero– convertirán
a esas mujeres en núcleo dramático central. Y si las
madres habían sido Libertad Lamarque, Rita Montaner, Marga
López, o incluso Dolores Del Río, para el personaje
de la mujer pecadora que representa la tentación misma, los
nombres serán otros, desde Zully Moreno pasando por Mecha
Ortiz hasta llegar a Olga Zubarry, desde María Félix
a Ninón Sevilla, aunque a veces ambos arquetipos se fusionan,
como en Víctimas del pecado (1950), de Emilio Fernández.
El fin de un modelo
Con la explosión de los nuevos cines en Latinoamérica
en la década del ‘60 era previsible que el sistema
binario, arquetípico, geométrico y artificial del
melodrama empezara a desaparecer, ahogándose bajo la ola
realista. Para críticos e historiadores de ese período,
había poco que rescatar del modelo del cine de géneros,
si bien para los jóvenes cineastas que surgían, los
“melodramas sociales” de Emilio Fernández, Humberto
Mauro o Mario Soffici y Hugo Del Carril, aunque simplificadores,
se ocupaban de hacer un cine que al menos trabajaba problemáticas
relevantes. Pero ni los films de la llamada “Generación
del ‘60” en Argentina, ni los del “Cinema Novo”
en Brasil, buscaron sus raíces allí. Parece una consecuencia
lógica, entonces, que los cineastas que pensaron la modernidad
en América Latina tomaran distancia del melodrama como sistema
retórico. Los efectos del realismo y del desmontaje del artificio
cinematográfico –inherente al sistema de géneros–
definían distancias irreconciliables.
Recuperación y pervivencia
Tendrán que pasar más de diez años para que
el mexicano Arturo Ripstein empiece a desarrollar una obra que dialogará
con ese pasado en general y con el melodrama en particular, no casualmente
en el país donde ese género ocupó un lugar
central. La opción de Ripstein va a consistir, en primer
lugar, en recuperar ciertos rasgos del cine de su maestro Luis Buñuel.
En segundo lugar, marcará su inscripción en la tradición
clásica del cine mexicano, que determinaba que casi no había
ningún director del “período de oro” que
no hubiera cultivado el género. Y por último, se apropiará
de ese formato, invirtiendo los tópicos tabú, como
en El lugar sin límites (1977), para contar historias
del pasado, como en su remake de La mujer del puerto (1991),
y en La reina de la noche (1994) sobre la vida de la cantante
popular Lucha Reyes, o estableciendo un nexo entre la tragedia griega
y el melodrama familiar en El imperio de la fortuna (1985)
y en Principio y fin (1993), o incluso cruzando el género
con el relato policial en el límite del grotesco, como en
Profundo carmesí (1996).
Ripstein construyó un puente por el que no volvió
a cruzar nadie, y de ahí el lugar central que le dedicó
la historiografía latinoamericana. Pero esa elección,
ese camino por el que opta, más allá de su mirada
clínica y en el borde del cinismo, casi siempre, lo lleva
a apartarse del México contemporáneo, de los emergentes
más recientes, de las relaciones familiares de nuevo tipo.
Esa distancia se ve reforzada por el método cinematográfico
que utiliza: uso sistemático del plano secuencia y rodajes
muchas veces realizados en estudios o decorados que permiten reconstruir
“el artificio del cine”.
Pero, más allá de Ripstein, las décadas del
‘80 y el ‘90 marcaron una tendencia del cine latinoamericano
hacia la profusión de símbolos, el folklorismo
exportable y las alegorías en detrimento de los géneros,
como se ve en los films de los brasileños Julio Bressane,
Walter Lima Jr. y Fabio Barreto, de los argentinos Fernando Solanas,
Eliseo Subiela o los trabajos iniciales de Marcelo Piñeyro,
y de los chilenos Miguel Littín y Silvio Caiozzi. Ya a fin
del milenio, la renovación generacional va a marcar un nuevo
giro hacia una suerte de “melodrama social”. El retorno
al melodrama se traduce en una operación en la que los nuevos
realizadores abordan historias de amor en las que los personajes
intentan torcer un destino irremediable, pero entreveradas con el
terrible mapa social contemporáneo.
A pesar de que la estilización ya no orilla el kitsch,
como ocurría con el melodrama de los ‘30 a los ‘50,
el género empieza a dar muestras de una supervivencia transfigurada
o invertida, por ejemplo en el llamado “melodrama de madre”.
Así, la familia deshilvanada de Estación central
(1998), de Walter Salles, motivará un viaje en busca de las
raíces y encontrará una topografía de hambre
y tradiciones ancestrales que no resuelven los problemas cotidianos,
y que propone un giro sobre el antiguo modelo dramático.
En cambio, en El hijo de la novia (2000), de Juan José
Campanella, los nuevos vientos neoliberales han borrado la historia
de un restaurante familiar y hacen que sea el hijo quien deba sacrificarse
por la madre, invirtiéndose el tópico de la “época
dorada”. Lo mismo ocurre en la también argentina Las
mantenidas sin sueños –que se verá en el
2006–, de Martín Desalvo y Vera Fogwill, en el que
la hija es quien sostiene a una madre incapaz de hacer pie en la
debacle que la circunda. Y hasta el mismo Adolfo Aristarain ha incursionado
en esta variante del melodrama, en Roma (2003), con una
madre sacrificial como núcleo de una historia que no casualmente
se origina en los años ‘50.
Esa aleación entre el viejo melodrama y las muy actuales
condiciones de vida ha producido consecuencias originales, como
es el caso del “melodrama sobre drogas”, cultivado o
inventado por los colombianos Luis Alberto Restrepo con La primera
noche (2003) y Víctor Gaviria en La vendedora de
rosas (1997), o en la coproducción internacional María
llena eres de gracia (2004). Pero al mismo tiempo, esas historias
de amor destinadas a la tragedia, al fusionarse con las condiciones
de vida propias de cada país, logran trasponer las fronteras
locales al entregar su realidad en un sentido “tópico”
y por lo tanto comprensible para públicos que lo desconocen
todo sobre Brasil, México, la Argentina o en este caso Colombia,
y que por eso revalidan esos lugares comunes viendo, y esperando,
que América Latina les entregue aquello que ya preveían
ver.
A la vez, el amor a contrapelo de los tabúes o como desafío
de los mandatos sociales es otra de las modalidades que retornan.
Y de nuevo, no parece azaroso que irrumpa con mayor potencia en
el cine mexicano. Ya se trate del cura enamorado de El crimen
del padre Amaro (2003), de Carlos Carrera, o bien de la historia
de amor incestuosa en medio de la desesperación por salir
de un universo de espanto, en el capítulo principal de Amores
perros (2001) de Alejandro González Iñárritu.
La pasión que cruza la frontera de lo prohibido –social
o culturalmente– está también en esa historia
de amor interclase de La virgen de los sicarios (2001),
de Barbet Schroeder, sobre el texto de un Fernando Vallejo que parece
cumplir el destino de continuar en clave realista las atmósferas
y pasiones “cinematográficas” de Manuel Puig,
al retomar el tema del enamorado que da su vida por amor, central
en El beso de la mujer araña.
Al fin, como siempre en los géneros, se trata de las mismas
historias con variaciones. •
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