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Artista
invitada
GRACIELA HASPER
Carteles de bailanta,
2004
Instalación, 52 fotografías color de 20 x 30
cm c/u,
medidas variables
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LOS CAMINOS
DE LA CUMBIA
Ritmo pegadizo que invita al baile, letras
insinuantes, proximidad corporal: tal vez por esto la cumbia sea
la música que eligen los sectores populares para descansar
de las dificultades cotidianas y vivir su propia fiesta, tanto en
las bailantas porteñas como en los barrios latinos de los
Estados Unidos. Pero más allá de este fenómeno,
¿cuál es la historia de un género tan poco
estudiado?
por SERGIO A. PUJOL historiador y crítico
musical
Hace unos años, en un congreso de musicología, un
investigador cuestionó públicamente una ponencia sobre
música tropical. Con algún fundamento erudito, el
objetor le preguntó a su colega –y en cierto modo se
preguntó a sí mismo, en voz alta– qué
tenía de tropical la versión argentina de la cumbia.
El hombre quería saber si eso genéricamente conocido
como “cumbia villera”, por ejemplo, podía considerarse
un derivado de la música costeña colombiana. La intervención
abrió una jugosa discusión sobre música, identidad
y exclusión social –tres categorías muy mentadas
en todo encuentro académico que se precie de tal–,
pero sin que la inquietud primera tuviera una respuesta satisfactoria.
Volvamos entonces al asunto: ¿qué es la cumbia? ¿Acaso
existe una esencia rítmica que unifique los diversos usos
y proyecciones de un vocablo rápidamente asociado al baile
social y a cierta picaresca de los sectores marginales? Si le hacemos
estas preguntas a un colombiano, la respuesta nos desconcertará.
En su país de origen, hoy la cumbia está asociada
a lo viejo e institucional: esa danza que corona las ceremonias
patrias... Sin embargo, en el resto de América Latina siempre
remite a lo tropical, y en esto no parece haber matices ni excepciones,
aunque luego pueda discutirse el grado de “tropicalidad”
(por razones obvias no podemos utilizar aquí el término
“tropicalismo”) de cada caso. Desde su instrumentación
hasta sus pasitos de caderas voluptuosas, desde su célula
rítmica de dos golpes y medio por tiempo hasta la sexualidad
desembozada de sus figuras, todo se nutre del imaginario tropical.
O mejor dicho: de un Trópico imaginario, acaso degradado.
No se requieren encuestadores adiestrados para asegurar que la cumbia
es la fiesta de los postergados, de aquellos que pueblan el ancho
mundo de la exclusión social y sus inquietantes bordes. En
ese sentido, es la música de la reparación simbólica:
la vida podrá ser un infierno, pero al menos nos queda el
baile y sus fantasías de destinos más llevaderos,
más despreocupados. Mientras los suplementos de turismo de
los diarios buscan tentar a los sobrevivientes de la clase media
argentina con viajes en cuotas al verdadero Trópico, en las
pistas de Constitución, Once, Palermo y tantas estaciones
del interior, lo tropical, eso que se baila con la mayor proximidad
corporal posible, en oleajes sexuales, sigue marchando y congregando
a los que sólo viajan en colectivos y vagones de tren. En
ese punto, la cumbia se da la mano con la música de los cuartetos
en el colectivo bailanta.
Es una realidad conocida. Un popular programa de televisión
especializado acaba de instalarse en el canal estatal, y ese otro
que se emite los sábados sigue invitando al baile de la función
vermut. Las estrellas del género ya no van a los santuarios
de la clase acomodada, como sucedía en los noventa, y el
periodismo sólo se acuerda de ellos cuando saltan a la página
de policiales. Pero el espectáculo continúa y sus
seguidores cuentan los pesos para la noche, para el paliativo de
los cuerpos que “aguantan”. Como escribe Esteban Rodríguez:
“La cumbia pone de manifiesto la tensión que convive
en el conurbano. Entre la sensualidad de la música y la distorsión
(impertinencia o descolocación) de las letras, la cumbia
no dejará de dar cuenta de lo que vienen cribando los cuerpos”
(Estética cruda, 2003).
La elocuencia musical
Pero lejos de ser una particularidad de la pobreza argentina, la
cumbia brota en todas partes, siempre entre el mercado más
alienante y la fuerza identitaria. Hay cumbias en Bolivia, en Chile,
en Ecuador, en El Salvador, en México... y también
en los Estados Unidos, de la mano de millones de indocumentados
que se atrincheran en los barrios latinos, viviendo los fines de
semana entre los burritos y tacos que queman el paladar y las cumbias
norteñas que calientan los cuerpos. Es evidente: en todas
sus versiones, en todas sus geografías, el género
expresa la tensión entre la sensualidad de la música
(baile) y las letras, ora obscenas, ora policiales.
A su vez, en estos últimos tiempos, la discografía
más interesante del continente se ha dejado impregnar por
la lubricidad del ritmo, en un interesante giro hacia el interior
de lo popular. No se trata de una estilización –no
se puede estilizar una cumbia, del mismo modo en que se estilizan
tangos y boleros–, sino más bien de una adopción
coyuntural, que mucho tiene de política. Hagamos un rápido
inventario de adopciones recientes: Carlinhos Brown (“Cumbiamoura”),
Lila Downs (“La niña”), Manuel Galván
(“Caballo viejo”), Mimí Maura (“Vente conmigo”),
León Gieco (“El ángel de la bicicleta”)
y una buena parte del repertorio de Bersuit Vergarabat de los últimos
años.
En todos esos casos la cumbia se hace presente como música
emblemática de los excluidos, si bien cada músico
hace su propia lectura o su propio uso de la especie. Si para Lila
Downs la marcación tropical representa el drama de tantos
inmigrantes latinos en los Estados Unidos, Gieco se apoya en el
ritmo para poder contar de un modo naturalista quién fue
Claudio “Pocho” Lepratti, el joven asesinado por la
policía de Santa Fe mientras trataba de cuidar a los chicos
del barrio de Flores. Por su parte, el popular Rigo Tovar no duda
en mezclar cumbia con rock and roll, en un momento en el
que también arrecian versiones cruzadas con rap.
Quizá sea esta variedad de referencias y de intereses, siempre
a partir del sobreentendido tropical, lo que le permite a la cumbia
ser tan ubicua, tan francamente latinoamericana, un poco de todos,
un poco de nadie. Su elocuencia musical no pertenece al orden de
las identidades locales, ni al de las nacionales: su identidad es
la de los pobres, la de los pibes chorros y la de las damas gratis,
estén donde estén. A diferencia de casi todos los
géneros de música popular constituidos en América
Latina entre finales del siglo XIX y comienzos del XX, la cumbia
carece de abolengo patrio. Como dijimos, los propios colombianos
sólo se reconocen en ella parcialmente; prefieren hablar
del vallenato y el pasillo a la hora de citar sus músicas
vernáculas, y de champeta, currulao y tambora, para nombrar
los ritmos que bailan en la actualidad.
En la parábola de “lo tropical” no hay relatos
de un antes y un después, como sí sucede con el samba,
el tango y el son, géneros que hicieron el pasaje de “danzas
sucias” a ritmos nacionales, según lo explica John
Charles Chasteen en su reciente libro National Rhythms,
African Roots, (2004).
Genealogía de un baile
Con tan pocos historiadores y exégetas que se ocupen de ella,
la cumbia parece estar presa de un presente continuo, sin historia,
sólo viva en los cuerpos que la bailan y las voces que la
frasean. En ese aspecto, su situación se asemeja a la de
las músicas anónimas, y no debe sorprender que el
aprendizaje de su danza pueda tener como primer ámbito las
cunas de lo tradicional. Por ejemplo, en la Argentina es común
encontrar pasión por la cumbia allí donde se frecuenta
el chamamé o la chacarera, como si el tránsito de
las especies telúricas a lo tropical fuera una consecuencia
natural. Algo similar sucede con los bailes folclóricos en
Bolivia, Perú y más al norte. En esos ámbitos,
nadie se pregunta cuánto de auténticamente tropical
tiene ese baile que desborda las pistas de tierra en alianza con
los estilos del folclore.
Sin embargo, los memoriosos recuerdan otra cumbia, acaso la madre
desconsolada de la actual. A comienzos de los cincuenta, cuando
el mambo hacía estragos en las boîtes, la
cumbia florecía en la costa colombiana. Eran los años
de “La cumbia sampuesana”, “La pollera colorá”
y “Se va el caimán”. Estos temas y muchos otros
se bailaban con fruición, casi tanto como los que venían
de Cuba. De esa primera influencia nació el grupo Los Wawancó.
Con sus acordeones y percusiones, Los Wawancó llevaron el
ritmo colombiano por todo el continente. En realidad, sus miembros
eran oriundos de distintos países, y este rasgo ecuménico
fue como un anuncio de lo que vendría. Su director Mario
Castellón era de Costa Rica y sus compañeros provenían
de Perú, Chile y Colombia. En la Argentina fueron muy populares,
a partir de temas como “La banda borracha” y “Villa
Cariño”, plantando así la semilla de ese boom
de la cumbia en los sesenta. De allí surgió, por ejemplo,
“El orangután” de Chico Novarro, justo cuando
un conocido chamamecero como Fernando Bustamante cambiaba de género
y la banda de jazz los Swing Kings adoptaba el nombre Los Cinco
del Ritmo para dedicarse a la música tropical.
Esos sonidos caribeños aún no estaban identificados
con la pobreza y la marginalidad. Por el contrario, era chic
danzar con cumbias en las boîtes de Martínez
y San Isidro. Incluso la exclusiva Mau Mau llegó a tener
sus “veladas tropicales”, con los éxitos de Los
Wawancó y Los Cartageneros, si bien por entonces ya empezaba
a delimitarse una zona más popular.
Curiosamente, el itinerario social de estos bailes correría
en sentido inverso al habitual. Si el tango y sus coetáneos
irían de la oscuridad de los orígenes a la consagración
nacional, la cumbia acompañaría significativamente
el proceso de pauperización social de América Latina.
En el plano de la estética musical, esta pauperización
fue por demás evidente, dejando en el camino aquel encanto
afroamericano de sus comienzos, cuando todo parecía estar
gestándose en los confines del Caribe.
Bailar en los cincuenta y sesenta, bailar en el siglo XXI: la suerte
de la cumbia parece ser una metáfora contundente de los avatares
sociales de América Latina, y esto explica tanto su persistencia
como su carácter revulsivo, su adscripción al mundo
de los desclasados. Ellos no dejan de bailar, porque mientras haya
vida habrá fiesta, a pesar de todo. La misma palabra habilita
el uso social, según consigna Isabelle Leymarie en su libro
Du tango au reggae (1996). Cumbia: de la voz cumbé,
quizá de Angola. O mejor aún: cumbianba,
esa fiesta sin fin. •
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