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Artista
invitado
PABLO PÁEZ
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COLOMBIA:AMEDIOS
Y CULTURA
La prensa, la radio y la televisión
colombianas incorporaron las nuevas tecnologías, modernizaron
sus formatos y se adaptaron a las tendencias predominantes en la
comunicación actual. En un panorama marcado por la privatización
y por la desorientación de los medios públicos aparecen
también novedades auspiciosas: revistas culturales que tienden
puentes entre la universidad y la sociedad y radios comunitarias
que impulsan la participación social.
por JESÚS MARTÍN BARBERO
profesor/investigador, Facultad de Comunicación y Lenguaje
de la Universidad Javeriana, Colombia
Prensa: modernización de
los formatos y anacronismo de los discursos
Hasta hace relativamente poco tiempo la estructura ideológica
de la prensa colombiana era nítidamente partidista y estaba
unida a un modelo de propiedad y gestión familiar. Hoy las
empresas de prensa están pasando con rapidez a una gestión
cada vez menos política y más claramente comercial,
lo que se ve reforzado por su incorporación al mundo de los
multimedios. El ejemplo más evidente es el periódico
El Tiempo de Bogotá, que está en la televisión
por cable desde su inicio y es dueño de CityTV,
el canal local para Bogotá, y de una editorial de libros
y revistas. Se advierten además serios cambios introducidos
por las nuevas posibilidades de encadenamiento hasta hace poco reservadas
a la radio y la televisión: El Tiempo tiene páginas
diarias del Wall Street Journal y una separata semanal
de Time, ediciones vía satélite en Cali,
Medellín, Barranquilla y otras ciudades del país,
cadenas de prensa semanal en un buen número de capitales
de departamentos, y prensa barrial en Bogotá. A estos cambios
se agregan otros dos que, a mi entender, son los más preocupantes:
en primer lugar, la compra por parte de un grupo económico
de El Espectador, el segundo periódico en número
de lectores a nivel nacional, operación que afecta el sentido
mismo del periodismo al insertar y ajustar la empresa periodística
a la lógica de cualquier otra empresa comercial. Como consecuencia,
el último resguardo de un mínimo de independencia
en la información tiende a desaparecer (lo que ya se manifiesta
con claridad en los noticieros de televisión). Y en segundo
lugar, la acelerada transformación de los periódicos
–especialmente los domingos– en aprendices de la televisión.
En este sentido, el predominio de la imagen sobre el texto escrito
alcanza extremos disparatados: los artículos tienden a ser
cada día más breves y lights, más
fácilmente digeribles y más frívolos. Mientras
tanto: ¿qué se hizo de la crónica y el reportaje?,
¿a dónde ha ido a parar –fuera de la retórica
y los titulares– el periodismo de investigación?
Última en recibir los embates de la transformación
de las nuevas tecnologías, la prensa está redefiniendo
sus modos de relación con la sociedad al introducir fuertes
cambios en su agenda. Mientras durante años la información
se confundió con la política, entendida casi siempre
en su sentido restringido –esto es, con la politiquería
y la información oficial que producen los organismos de gobierno,
los partidos, los caciques, etcétera–, ahora ha comenzado
a instalarse una agenda social en la que caben los temas más
importantes de la vida ciudadana, como la salud, la educación,
el medio ambiente, la ciencia y la tecnología. Obligada,
como los demás medios, pero sobre todo por el sectarismo
que la alimentó desde el siglo pasado, la prensa está
a la búsqueda de nuevos aliados, no tanto o no sólo
en el sentido económico sino en el político y social.
A su vez, esto le está permitiendo asumir como cultura dimensiones
de la vida nacional que durante mucho tiempo estuvieron ausentes.
También los modos de presencia de la (s) cultura (s) en la
prensa están cambiando, pero ahora a través de la
explosión de las revistas, tanto de las clásicas semanales,
como del surgimiento de una gran cantidad de publicaciones culturales,
producidas desde muy diversas vertientes. Las revistas universitarias,
por ejemplo, tienen una mayor presencia nacional. Desprendiéndose
del discurso academicista, asistimos a un proceso de replanteamiento
de las relaciones universidad/sociedad, que se traduce en la búsqueda
de temas mediadores y la experimentación de nuevos discursos
que interpelen no sólo a los colegas sino a la “masa
crítica” del país.
Radio: entre lo instantáneo
y lo comunitario
En Colombia la radio es el medio que registró más
rápidamente los cambios introducidos por la modernización
tecnológica, que la tornaron flexible en un doble sentido:
la modalidad FM aligera el aparataje y abarata los costos, posibilitando
una gran diversificación de los tipos de emisoras en el dial
y aun dentro de una misma cadena, especialmente porque éstas
pasan a dedicarse por entero a determinados géneros o temáticas
–noticias o música– y a segmentos precisos de
audiencia por edades y gustos. Apoyada en este tipo de flexibilidad,
está surgiendo una segunda generación de emisoras
locales y comunitarias a través de las cuales movimientos
sociales barriales o locales y ONGs encuentran la posibilidad de
un nuevo tipo de espacio público, ya no para ser representados
sino para ser reconocidos a partir de sus propios lenguajes y relatos.
Por otra parte, la conexión satelital permite la instantaneidad
de la noticia desde cualquier parte del mundo, lo que ha conducido
a modelos de programación más dúctiles, constituidos
por módulos armables en los que cabe una gran diversidad
de subgéneros y en los que son fácilmente insertables
las noticias en vivo.
La radio ha jugado un decisivo papel cultural ya que, siendo Colombia
verdaderamente un “país de países”, este
medio ha proporcionado como ningún otro a las gentes de provincia,
hasta en las más apartadas regiones, la experiencia cotidiana
de sentirse parte de la nación. Con la radio hizo su aparición
el primer sistema de encadenamiento informativo del espacio nacional,
que, si bien potencialmente permite la comunicación del país
en los dos sentidos –del centro hacia las regiones y a la
inversa–, ha operado casi siempre en una sola dirección,
la que reproduce el modelo centralista de la administración
estatal. La temprana privatización del medio, su desregulación
y liberación de la tutela estatal, no le sirvió sin
embargo para revertir esta configuración hegemónica
sino para mercantilizarse, muy rápidamente y al máximo.
Y ello mediante la identificación de la instantaneidad informativa
con el rating más alto, y de éste con el
máximo valor comercial, lo que se traduce en la imposición
de ese formato a cualquier tipo de discurso o de tema. Quizás
sea por esa temprana “libertad” (de mercado) que el
país puede preciarse de tener hoy uno de los sistemas radiales
más modernos de Latinoamérica (en lo tecnológico
y hasta cierto punto en lo informativo), mientras que es a la vez
uno de los países que más tarde ha llegado a la radio
alternativa, popular o comunitaria.
El primer plano de los cambios se sitúa, a mi modo de ver,
en el surgimiento de las emisoras culturales: junto a la pionera
e histórica HJCK en Bogotá, o a la más
joven Carvajal en Cali, el actual movimiento de las emisoras
universitarias, en buena parte de las ciudades grandes e intermedias
del país, marca la aparición de una presencia mediática
de lo cultural como proyecto educativo de nuevo cuño, que
venía gestándose lentamente y ha tomado cuerpo en
los últimos años. Se trata de un proyecto de cambio
a largo plazo en las relaciones entre radio, sociedad y cultura
que, teniendo también a la música como eje, no se
agota en un género ya legitimado como la música clásica,
ni en la canción de moda como en las FM juveniles, sino que
está construyendo una nueva agenda pública de lo cultural
en la que ingresan las muy diversas culturas y lenguajes de los
que está hecho este país, tanto tradicionales como
contemporáneos, tanto nacionales como regionales, locales
y mundiales.
Hay otro cambio, mucho más de fondo, que es el introducido
por las emisoras comunitarias y ciudadanas. Como decía antes,
a este tipo de radio llegamos tarde pero hoy representa un espléndido
movimiento de reconocimiento cultural, de participación social
y de empoderamiento político. Lo que comienza a hacerse visible
en este tipo de emisoras es el nuevo sentido que adquieren las relaciones
entre cultura y política cuando los movimientos sociales
barriales o locales asumen la radio como espacio público
que les permite ser reconocidos más que representados, esto
es, hacer oír su voz mediante sus propias formas discursivas.
Un segundo elemento a destacar en la producción y apropiación
cultural de las emisoras comunitarias es la recuperación
de las culturas orales, de sus modos de decir y de sus narrativas,
que son las de la inmensa mayoría en un país en el
que, aunque las personas aprendan a leer, casi no leen y nunca escriben,
y donde la escuela se da el lujo de ignorar las narrativas orales
–tanto como las audiovisuales, ¡y no digamos las digitales!–
pues las únicas que en ella tienen legitimidad (la necesaria
para ser postuladas a los premios del Ministerio de Cultura) son
las traducciones escritas de las múltiples lenguas indígenas
del país.
En tercer lugar, y aunque suene escandaloso, otro de los fenómenos
radiales, no por ambiguo menos interesante, es el de las emisoras
FM musicales: Radioactiva, La Mega, Super 98.9, Todelar
Estéreo. El que ellas sean enteramente comerciales no
puede impedirnos constatar el hecho de que se están convirtiendo
en lugares de encuentro, real o virtual, de muchos jóvenes,
lo que hace de la radio el único medio que hoy los reconoce
como protagonistas de un espacio cultural, el musical, y que a través
de él los interpela y se deja –de un modo muy tímido
aún– interpelar por ellos. El negocio de esas emisoras
es grande y sus perversiones múltiples, sin embargo, su significado
y sus efectos están atravesados por la ambigüedad que
presentan todos los procesos culturales contemporáneos. A
través de la informalidad y la provocación, del lenguaje
de las jergas, de sus modos de concebir el humor (que llega hasta
la grosería y la obscenidad), estos medios expresan que en
ellos se está sabiendo construir públicos. Ahí
se ubica el fenómeno de los disc jockeys convertidos en interlocutores
densos, pues más que hablarles a los jóvenes hablan
con los jóvenes, y como ellos.
Televisión: renovación
tecnológica y desubicación sociocultural
Una dimensión de los cambios que resulta crucial para entender
lo que pasa actualmente en la televisión colombiana es su
tardío proceso de privatización y su peculiar configuración.
Desde el surgimiento del medio en 1954 hasta mediados de los años
’90, cuando aparecen los canales completamente privados, Colombia
mantuvo un modelo mixto de televisión que, pese a todas las
intromisiones gubernamentales y a la permanente ausencia de una
verdadera política de programación, permitió
la existencia de muchas pequeñas y medianas empresas que,
a su modo, posibilitaron una pluralización de las miradas
sobre el país y desde el país. Es esa pluralización,
tan tramposa y constantemente cuestionada en los últimos
años por los voceros de los grandes grupos económicos,
la que hoy está en peligro con la aparición de los
canales privados y la privatización que sufren los dos canales
que aún se llaman públicos. A ese cambio radical,
dadas las actuales tendencias de la globalización telecomunicativa,
se añade el completo estallido del espectro televisivo: por
una parte, con el nacimiento de canales locales comerciales y el
comienzo de la gestión privatizada en los canales públicos;
y por otra, con el aumento de los canales regionales, que viene
acompañado, sin embargo, por una creciente pérdida
del sentido de lo público, a lo que se suman la indefinición
y las contradicciones de Señal Colombia, el canal
cultural público de cobertura y alcance nacional, y el atascado
pero imparable proceso de crecimiento de los canales comunitarios.
Para encontrar a Colombia en la televisión –al menos
en sus años de modelo mixto y en lo poco que merece la pena
ahora– hay que asomarse a los melodramas y a las telenovelas
que, alejándose de los grandes símbolos del bien y
del mal al estilo mexicano y venezolano, supieron acercarse a las
ambigüedades y rutinas de la vida cotidiana y a la diversidad
y expresividad cultural de las regiones que integran el país,
mostrando un denso mapa tanto de las discontinuidades y destiempos
como de las vecindades e intercambios entre modernidad y tradiciones,
entre el país urbano y el país rural. Un mapa en el
que, más que oponerse, se mezclan verticales servidumbres
de feudo con horizontalidades producidas por la homogeneización
moderna y las informalidades del rebusque urbano, y en el que conviven
la hechicería con el biorritmo, las arraigadas creencias
religiosas con escandalosas liberaciones de la moral y la sexualidad.
Y mientras en los superglamorosos canales privados cada día
cabe menos país –pues los noticieros se hallan dedicados
en su inmensa mayoría a la farándula política
y a explotar el morbo y la violencia de la situación colombiana
incluyendo hasta realitys, los debates políticos
han desaparecido y la información cultural se confunde con
la de cualquier show–, el único canal público
nacional, Señal Colombia, sigue sin encontrar su
función y sin hallar el modo de conectarse con el país,
con América Latina y todavía menos con el mundo. Pero
lo peor es que continúa ignorando la inmensa producción
de los jóvenes que, a todo lo largo y ancho del país,
narran su experiencia y sus sueños, y cuya creatividad parece
no tener cabida en los trillados formatos que el canal público
exhibe y exige.
Los canales regionales, con la excepción de Teleantioquia,
se hallan a la deriva: convertidos en un mal remedo de los canales
privados, no pueden encontrar ni el sentido de lo público
ni el de la televisión de lo próximo. Si durante un
tiempo cumplieron su misión al permitir a la gente de las
diferentes regiones –de Antioquia, del Valle o de la Costa
caribe– verse por primera vez en televisión, reconocerse
en sus modos de hablar, en sus ritmos, en sus paisajes y sus músicas,
lo cierto es que en los últimos años estos canales
han ido reduciendo lo cultural a unos pocos programas de folclore,
casi siempre documentales y baratos, y lo regional a los informativos,
en tanto que el resto se limita a reproducir pobremente lo que hacen
los canales comerciales. En suma, hay muy poca investigación
sobre las transformaciones culturales que atraviesan sus regiones
y demasiado narcisismo provinciano.
En cuanto a los canales comunitarios, existen desde hace años
y hoy son ya cerca de mil, con la precaria existencia que les permite
su estatuto de canales medio-permitidos y medio-piratas. Ellos representan
un verdadero pulmón para la renovación de la cultura
política de los municipios y de los barrios, pero les queda
aún un largo camino para lograr una existencia no sólo
legal sino equitativa en términos de oportunidades.
Y ganando cada día más públicos, renovadamente
cautivos, las mil formas de televisión por cable hacen su
negocio respondiendo, según el bolsillo de cada cual, a la
incapacidad de la televisión colombiana para hacerse cargo
de lo que el país necesita y demanda, más allá
de la trampa permanentemente actualizada del rating. •
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