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SALVADOR TOSCANO
AUTOBIOGRAFÍA
DE MÉXICO
En 1898, un inquieto ingeniero mexicano descubrió
que el mismo aparato que le servía para proyectar imágenes
podía ser usado para filmar, y concibió un proyecto
al que dedicaría, con altibajos, el resto de su vida: registrar
con la cámara los acontecimientos políticos más
relevantes de su época. Se convirtió, en los hechos,
en un documentalista, y su legado es al mismo tiempo la autobiografía
de un pionero y la historia turbulenta de México.
por SERGIO WOLF crítico y realizador
cinematográfico
En las primeras décadas del siglo XX el cine empieza a dejar
entrever la riqueza de sus recursos como dispositivo técnico
pero también la enigmática e inagotable vastedad de
sus usos. De allí que convergieran en ese campo de experimentación
desde científicos hasta magos, desde dibujantes hasta oportunistas,
desde industriales que buscaban calmar el ocio de las clases populares
hasta autodidactas. O políticos. O especialistas en ingeniería
hídrica y topográfica, como Salvador Toscano.
Hijo de una familia oriunda del norte italiano, Toscano nació
en Guadalajara el 24 de marzo de 1872. Su padre había muerto
cuando él tenía 7 años, y fue su madre, Refugio,
quien se ocupó de criarlo. Era una mujer vivamente interesada
en la poesía y la literatura, y su influencia sería
decisiva en el amor de su hijo por las aventuras. Y por las noticias,
a las que quizás veía como las usinas inexploradas
de grandes relatos potenciales, en las que incursionó confeccionando
a edad muy temprana curiosos periódicos infantiles, y a las
que volvería, mucho después, pero ya con la cámara
cinematográfica.
Poco antes de tener 18 años viajó con su familia
a México, donde unos años después se recibió
de ingeniero. Sin duda, Toscano se benefició del privilegio
de que México fuera junto a la Argentina uno
de los países de América a los que el cine llegó
más rápidamente. Así, ya en 1897, gracias a
la herencia de sus abuelos maternos, compró su primer equipo
de proyección, marca Lumière. Ese mismo año,
y a un precio de entrada simbólico a pesar de la estirpe
elegante de sus asistentes, ya exhibía casi treinta minutos
de vistas en un salón diminuto de la calle Plateros
del Distrito Federal, según los datos de la investigación
exhaustiva del historiador Ángel Miquel.
Un año después, el cine se había extendido
a velocidad fulminante en la capital y, para competir con sus pares
del ya incipiente negocio, Toscano sale de gira con su invento por
Puebla, Durango y Guadalajara. Es en 1898 cuando descubre que el
aparato sirve también para filmar y elige como motivo inicial
nada menos que El Zócalo. Esa filmación abre la puerta
a otras, que abarcaban desde sucesos del espectáculo hasta
intentos elementales de ficción, hoy perdidos. Sin embargo,
cuando lo designan al frente de una obra de distribución
de agua en Puebla, Toscano deja su local del Distrito Federal, y
de allí en más su relación con el cine seguirá
siendo intensa pero no ininterrumpida, ya que combinará esa
actividad con sus trabajos de ingeniería a lo largo y ancho
del territorio mexicano.
Los seis años posteriores no ofrecen mayores aristas relevantes,
más allá de un viaje por los Estados Unidos y de otro
a París, donde ve y adquiere varios films de Georges Méliès.
El interés por la exhibición cinematográfica
renace en Toscano cuando decide, en 1904, asociarse con Román
Barreiro y empezar a filmar no sólo la fiesta tradicional
del 16 de septiembre sino hechos políticos específicos.
Podría decirse que con esa intuición del siglo mexicano
que llegaría pronto, empezó a perfilarse en Toscano
el germen de la gran obra: un film gigantesco, inacabable e inabarcable.
Y que nunca llegaría a ver concluido.
La Historia: una película en capítulos
Si bien el llamado periodismo cinematográfico
o newsreel logró un auge extraordinario
desde los años treinta, con la incorporación del sonido
y la inminencia de la Segunda Guerra Mundial, algunos intentos de
registrar los hechos reales y de relevancia política fueron
anteriores a esa etapa. Ya desde el período pionero, determinar
si la cámara debía ser una máquina para narrar
ficciones o para documentar la vida cotidiana era uno de los ejes
centrales que recorrerían toda la historia del cine. Aunque
Toscano parecía no tener dudas sobre cuál era su opción
de uso.
Con el despertar del siglo, consigue filmar a Porfirio Díaz
y decide intentar una variante de las vistas de lugares
y fiestas que ya había tomado, acercándose a un modelo
casi narrativo, con principio, desarrollo y final, como si hubiera
aprendido de las protoficciones que hacían Méliès
o Edwin Porter por esos años. Las filmaciones posteriores
como La inundación de Guanajuato o Viaje
a Yucatán, ambas estrenadas en su nuevo local, apodado
el Salón Rojo seguían en la línea de
narrar historias de la vida cotidiana. Toscano alterna estas proyecciones
con las que empieza a hacer en Guadalajara, en el mítico
Teatro Degollado, que todavía se emplea para grandes eventos
oficiales y culturales.
Los fracasos en emprendimientos empresariales ligados al negocio
del entretenimiento y el juego no hacen que se aleje del cine, al
que retorna exhibiendo películas y filmando, al punto de
que su admiración hacia Porfirio Díaz lo empuja a
seguirlo en un viaje. Sin embargo, Toscano no se interesa por las
revueltas violentas que se suceden entre 1907 y 1909. Ése
es un eje central de su relación con la documentación
de la realidad: la prescindencia de la política como toma
de posición. Es como si esa quimera de la neutralidad de
la prensa en este caso prensa filmada, denominación
que se impuso hubiera sido su norte, como si no hubiera abrigado
dudas sobre la cuestión del enfoque.
Ahora bien, aunque para Toscano el periodismo cinematográfico
no debía estar teñido de adhesiones políticas
definidas, el film que va rodando conformará una masa que
está lejos de ser informe. Es evidente que no le interesa
debatir el fraude escandaloso con que Díaz gana las elecciones
en 1910, ni adherir a la multiplicación de manifestaciones,
ni ponderar la aparición de nuevos partidos políticos,
ni tejer esperanzas en relación con el surgimiento de nuevos
líderes como Francisco Madero o Pino Suárez. Pero,
aun así, las fiestas de la independencia dicen más
sobre quiénes disfrutaban del bienestar durante el
porfiriato que si Toscano hubiera tensado el arco del discurso.
Ya en la década del diez parecía estar convencido
de que sus trabajos como ingeniero le permitirían ganarse
la vida, mientras que con la exhibición y filmación
lograría poco más que alguna gira por el México
profundo o alguna venta ocasional al documentalista francés
Charles Pathé. El gran proyecto consistirá, al comienzo,
en acumular material, durante el período que va de 1911 a
1916, el punto más alto de los documentalistas mexicanos,
como dice Miquel. Es en este lapso, también, que parecen
confundirse el periodismo cinematográfico y la propaganda
cinematográfica oficial, cuando Toscano es tentado para filmar
eventos financiados por el Estado.
Cada año que pasa añade nuevas escenas y situaciones
a su película, en la que no faltan ni la entrada de Madero
al Distrito Federal bajo una lluvia de flores ni su asesinato o
el de Pino Suárez, ni el desembarco norteamericano en Veracruz
ni las apariciones de Emiliano Zapata o Pancho Villa,
ni el gobierno de Venustiano Carranza. Ya hacia 1917, en México
se había desarrollado mucho la producción de films
de ficción, y el auge por las vistas documentales
estaba en retroceso, tanto en volumen como en espacio de visibilidad
en salas, en su condición de programa de complemento. Pero
Toscano sabía que esa película era el proyecto que
resumía su vida, y ya tenía un nombre: Los últimos
veinte años de México. De Porfirio Díaz a Venustiano
Carranza. Dos años después el título era
otro, al compás de hechos que la ensanchaban y de fragmentos
que adquiría a otros productores de noticias filmadas
para engrosar su propia obra: Historia de la Revolución
Mexicana de 1910 a 1920.
Pero su film era como la historia, un devenir sin final. En 1927
tenía 27 rollos y 90 minutos de duración, que llegaban
hasta la toma del poder por parte de Plutarco Elías Calles,
y así como estaba consiguió que se exhibiera para
unos pocos en 1928 con algunos cortes, ligados a hechos recientes
de aquel año. En un principio, la exhibición
impulsó a otros a intentar algo semejante, pero esos emprendimientos,
de carácter meramente comercial, se fueron diluyendo y sus
realizadores terminaron por vender parte del material al propio
Toscano, para su proyecto de convertir la historia de México
en su propia autobiografía. En 1935 hizo una segunda versión
extensa de su Historia..., con el subtítulo de A
25 años de la Revolución, donde no faltaban
las asunciones de Emilio Portes Gil o Lázaro Cárdenas.
Un año más tarde, en 1936, tuvo lugar la primera exhibición
pública de Historia de la Revolución.
Pero el montaje final de Historia... será tarea de
Carmen, la hija de Salvador que había nacido casi con el
proyecto, en 1910, y había seguido la carrera de Letras,
continuando la herencia de la abuela paterna. Es ella quien intenta,
en primera instancia y sin resultados, comercializar el film, hasta
que en 1941 cuando Toscano sufre una embolia cerebral
decide iniciar el reordenamiento del material filmado. Tres años
después de la muerte de su padre, en 1950, su hija rebautiza
el film como Memorias de un mexicano, título que empleará
también en un libro que condensa las anécdotas e historias
de Salvador.
La película Memorias de un mexicano de casi
180 minutos de duración no respetó el orden
histórico real que su padre había previsto en el montaje
original, pero logró un gran éxito en México
y en el exterior, y fue declarada monumento nacional
por el Instituto Nacional de Antropología e Historia, en
1967. Casi veinte años después, en 1985, se produce
el rescate del Archivo Toscano gracias a la colaboración
conjunta entre el Instituto Mexicano de Televisión y el Instituto
Mexicano de Seguro Social, que definieron un complejo trabajo multidisciplinario
en el que participaron historiadores, editores, técnicos
en restauración, productores de films, y que desembocó
en la creación de la Fundación Salvador Toscano. Revisaron
282.000 pies de película, y con ese material se pudo hacer
una serie para televisión llamada Testimonio, que
desplegó en doce emisiones la historia de México
hasta 1940. A Toscano le hubiera parecido bien. Al fin y al cabo,
le había entregado su vida a ese proyecto. El de un nuevo
género: la autobiografía de México. •
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