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IGNACIO ITURRIA
Vecinos
Óleo sobre espejo,
160 x 120 cm
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SANTIAGO Y SU RENACIMIENTO
URBANO
Los ámbitos que hacen a la identidad
de la capital chilena y al vínculo de los ciudadanos con
el espacio urbano han cambiado en los últimos tiempos: el
circuito de los lugares de diversión y circulación
nocturna, las iniciativas culturales tanto privadas como públicas,
el discurso publicitario, la radio y las revistas. Se respiran aires
de renovación y apertura, aunque muchos todavía no
reconozcan la novedad.
por GONZALO CÁCERES, DIEGO CAMPOS,
RICARDO GREEN Y FRANCISCO SABATINI Instituto de Estudios Urbanos
y Territoriales, Pontificia Universidad Católica de Chile
Aburrida, monótona, tradicionalista, desordenada, contaminada,
gris y polarizada. Los términos más invocados para
caracterizar al Santiago de la década del ochenta subsisten
hasta hoy en una fracción de la opinión pública.
Heterogéneo en su alegato pero fuerte en su descalificación,
este juicio reprobatorio amenaza con perpetuarse, aunque el contexto
que lo inspiró esté efectivamente cambiando. Ensayando
una interpretación que desafía al pesimismo antiurbano
sobre el Santiago actual, trazaremos un recorrido por aquellos cambios
espaciales y culturales que nos permiten incluso postular que estamos
ante un virtual renacimiento citadino.
De la ciudad del toque de queda a la ciudad
con un nuevo toque
De contornos sinuosos pero de mensaje inequívoco, la crítica
hacia Santiago data de mediados del siglo XX pero deviene intelectualmente
hegemónica sólo en las últimas décadas.
Es cierto que hace veinticinco años la ciudad exhibía
una realidad opuesta a la anticipada por muchos de sus analistas.
Ciudad grande antes que gran ciudad, Santiago padecía el
arsenal de restricciones de los países que experimentaron
el cauterizante imperio de los autoritarismos. Pero el inventario
de dificultades iba más allá de la represión
a cualquier disidencia o de las limitaciones a la vida nocturna.
Segregación urbana en gran escala, verticalización
residencial con arquitectura de estética reprochable, deterioro
de la infraestructura y abultado déficit habitacional, fragmentación
administrativa, crisis del transporte público y aumento de
la contaminación ambiental se contaban entre los venenos
que infectaban la vida urbana. Especialmente negativas para los
sectores populares y medios, la lista de patologías
influía en la dinámica general de la ciudad al punto
que la palabra crisis parecía sintetizar el momento.
A medida que avanzaba la transición a la democracia, los
santiaguinos experimentaron una notoria ampliación de sus
expectativas, expresada en la demanda por una mejor calidad de vida.
Las encuestas y los estudios realizados durante los noventa recogieron
el reclamo por un Santiago más habitable. En paralelo, y
dinamizada por la modernización económico-productiva
y el gobierno de la Concertación, la ciudad asistió
a un despliegue de obras que redujeron en forma paulatina el déficit
de infraestructura, equipamientos y vivienda social. Más
recientemente, el alza continua de los índices de polución
ambiental sufrió una reversión parcial gracias a nuevas
y más estrictas regulaciones, que permitieron racionalizar
y mejorar el transporte público.
Vista a gran escala, la geografía residencial de la ciudad
aún presenta amplias zonas de viviendas unifamiliares de
baja densidad y otras más extensas, densamente pobladas,
destinadas a viviendas sociales. Sin embargo, junto a esta fuerte
concentración espacial de los extremos de la pirámide
social que en los sectores populares ha terminado en incuestionables
guetos han surgido proyectos inmobiliarios, comerciales, industriales,
de equipamiento e infraestructura, dispersos en algunas áreas
tradicionalmente poco valorizadas. Este proceso está provocando
sin duda un impacto promisorio, ya que reestructura la geografía
de las oportunidades y mejora el acceso a áreas hasta ayer
crudamente marginadas.
Esta serie de transformaciones no sólo le han cambiado
el rostro a la ciudad, como suelen decir los promotores del marketing,
sino que han operado de modo mucho más profundo, imprimiéndole
un nuevo sello. La ciudad actual es apenas un pálido reflejo
de la metrópoli de los años ochenta. Disponemos hoy
de una urbe más conectada, segura y tolerante para recibir
prácticas que silenciosamente han recreado la piel citadina.
En buena medida, los cimientos sobre los que se había construido
el discurso antiurbano hace veinticinco años se han erosionado,
ante la transformación de Santiago y el progresivo reencantamiento
de los habitantes con su ciudad.
Paisajes activados: prácticas citadinas
emergentes
La ciudad se encuentra, entonces, en un proceso de resignificación.
La imagen que se tenía de ella, gestada y consensuada en
los años ochenta, se ha desmembrado en un mosaico heterogéneo
de discursos. La sociedad misma se ha complejizado, así como
también las visiones que los santiaguinos tenían sobre
su ciudad. Articulado en torno a un imaginario que se reconoce en
prácticas antiguas y en otras emergentes, cientos de impulsos
cotidianos conforman el corazón en el que converge y se expresa
el renacimiento de Santiago.
El pulso urbano transforma lugares y alimenta nuevos destinos.
En cuanto a la diversión, los sitios tradicionales de esparcimiento
(barrio Bellavista o Plaza Ñuñoa) se complementan
e incluso se ven reactivados por nuevos centros nocturnos descentrados
o recentrados. El sector oriente (Plaza San Enrique, Vitacura y
BordeRio), Providencia (Suecia, Av. Italia), el centro histórico
(Plaza Brasil), o ciertos lugares en las comunas de Maipú,
La Florida y San Miguel, se vuelven focos que iluminan de manera
intensa distintos puntos de la ciudad, y que se diferencian por
localización, auditorio y segmento de demanda. Hoy Santiago
no sólo se divierte más, sino que además lo
hace de muy diversas maneras.
Cuestionados por su condición sintética, panóptica
y hermética, los shoppings de Santiago rivalizan por
una clientela que se compone tanto de compradores como de paseantes.
Estas cajas de zapatos del consumo ostensible, ubicadas sobre ejes
de gran circulación, pueden convertirse en previsibles no-lugares,
así como también en artefactos de urbanidad. De hecho,
los shoppings muchas veces se alzan como espacios públicos
sustitutos que ofrecen cultura paga pero también gratuita.
La masividad que ha adquirido el nuevo consumo cultural ha traccionado
a la empresa privada rumbo a recintos excéntricos, como el
Palacio Riesco, y también hacia la calle. Por su parte, las
instituciones públicas, centrales o descentralizadas, han
encontrado en las ferias, las plazas y los parques, lugares desde
los cuales comunicar y legitimarse, al tiempo que impulsan la vuelta
a la ciudad que es también la vuelta a un Centro que
sigue acogiendo a la casi totalidad de las dependencias fiscales.
En rápida revista, durante los años noventa la iniciativa
privada ha organizado eventos como la Feria Internacional de Teatro
a Mil, las perfomances callejeras de SantiagoAmable, fiestas
electrónicas como Creamfield o Santiago-Urbano-Electrónico
I y II, y el proyecto StgoCorre de Nike, que utiliza como pista
atlética las calles de la ciudad. También es interesante
destacar las iniciativas que se impulsaron en algunos de los centros
de diversión nocturna, como la Plaza Ñuñoa,
BordeRío y Av. Italia, donde los restaurantes y bares se
organizaron a fin de promover al barrio por sobre los locales particulares.
El sector público también ha gestionado eventos
culturales de muy distinto signo, tales como las Fiestas de la Cultura
en el Parque Forestal, la Feria Internacional del Libro y el conjunto
de actividades que desde la Municipalidad de Santiago buscaron renovar
la imagen del microcentro de la ciudad. Entre ellas se destacan
el proyecto Centro Santiago: la gran manzana, que activa
las calles los fines de semana, y Museos en medianoche,
una actividad que abre al público ocho museos céntricos
desde las 6 de la tarde hasta la medianoche, con el propósito
de reinventar un área que suele asociarse con violencia,
prostitución, miedo y crimen.
Estas nuevas maneras de usar la ciudad no sólo han generado,
como una bola de nieve cultural, prácticas más elaboradas
y más complejas. También incentivaron y consolidaron
un contradiscurso urbano que probablemente reforzado por pautas
culturales exógenas (representadas en programas como Friends,
31, Will & Grace, etcétera) ha disparado en
los medios de comunicación chilenos el surgimiento de nuevas
publicaciones. Algunas de ellas, como Lat. 33, Fibra o Urbánika,
promueven un modelo de vida urbana cosmopolita caracterizado por
el happy-hour, casarse tarde, vivir solo y preferir la ciudad
al suburbio. Muchas publicaciones tradicionales se han
hecho eco de este estilo de vida (Paula, Wikén, La Tercera),
modificando sus líneas editoriales para dar cabida a la nueva
sensibilidad. La radio, por su lado, sigue esta tendencia exhibiendo
como punta de lanza a las emisoras que buscan representar el nuevo
ser urbano.
La publicidad también es parte de este discurso. La ciudad
que se puede entrever hoy tiene poco que ver, de hecho, con la fisonomía
del Santiago de los ochenta tal como aparecía representado
en afiches, radio, televisión y periódicos. Un ejemplo
elocuente en este sentido: Pisco Capel, uno de los licores más
vendidos del país, hasta hace cinco años utilizaba
como escenario para sus reconocibles spots el Valle del Elqui,
un oasis paradisíaco enclavado en el norte del país.
La estrategia elegida para mostrar el producto consistía
en resaltar la fruta, el agua y el calor que le dieron forma y gusto
a la bebida. Actualmente, en cambio, toda la publicidad se centra
en la ciudad, y lo que se destaca ya no es el gusto o el color del
producto, sino lo que genera y facilita: la risa, la seducción,
la complicidad, la vida urbana nocturna.
Podemos postular con cierta soltura la emergencia de una incipiente
cultura urbana en Santiago, que se manifiesta en primera
instancia en prácticas cotidianas pero que luego decanta
en un discurso que corre en el carril contrario al antiurbanismo
de viejo cuño. El concepto de lo urbano se resignifica,
volviéndose hoy un sinónimo de cool, cosmopolita,
moderno y sofisticado.
Del Santiasco al Santiago
querido
Pueden discutirse los alcances de la transformación de Santiago;
puede incluso cuestionarse su potencial democrático e integrador.
Aunque lejos del brillo y el glamour cosmopolita de las ciudades
de clase mundial, nos parece evidente que estamos en presencia
de un virtual renacimiento en la cultura citadina de Santiago. Sin
embargo, ¿cómo se explica la difundida persistencia
de un imaginario santiaguino donde predominan las sombras y los
grises, antes que las luces que la ciudad ha ido paulatinamente
encendiendo? ¿Cómo se explica que, según las
encuestas, la mayor parte de los santiaguinos manifiesten que ante
la posibilidad de comenzar de nuevo en otro lugar, en otra ciudad,
no dudarían en abandonar Santiago?
Las ciencias sociales han sido prolíficas en la provisión
de conceptos y nomenclaturas para intentar aprehender realidades
que se entrecruzan, se afectan y amalgaman, pero cuya relación
es, en último término, extremadamente compleja: hablamos
del Santiago que renace del letargo autoritario así como
del que agoniza en la mente de algunos de sus habitantes. A veces,
significados y referentes discurren por senderos disímiles
y pueden incluso coexistir pacíficamente en la más
brutal de las contradicciones.
Tal vez el lugar donde esta divergencia alcanza sus ribetes más
dramáticos sea en los escritorios de los productores
de discursos. No nos referimos tanto a los intelectuales,
artesanos del imaginario para quienes la ciudad real
puede ser en última instancia prescindible, sino
más bien a quienes se supone responsables de develar los
secretos que ésta oculta: los urbanistas. Sólo
se puede amar aquello que se conoce, dice el conocido adagio.
De acuerdo con el tenor de buena parte de la producción urbanística
capitalina, pareciera que quienes menos aman (o menos conocen) a
Santiago son sus propios analistas.
Ciudadanos sin ciudad, urbanistas antiurbanos. Tal vez una posible
explicación a este frenesí bipolar radique en la naturaleza
misma de las transformaciones culturales, aquí brevemente
reseñadas. En oposición a un urbanismo duro,
que progresivamente redibuja las piedras de la ciudad, hemos hecho
hincapié en un urbanismo blando, en el que concurren
miles de prácticas y manifestaciones de micro y meso escala,
que envuelven fundamentalmente los cuerpos de los ciudadanos. Los
mismos cuerpos que con prontitud hacen suyas estas prácticas,
construyendo nuevas y sucesivas rutinas y, en consecuencia, tornándolas
invisibles. ¿Nueva cultura urbana? ¿Estamos acaso
tan cerca de ella que no la podemos ver?
Si los vasos comunicantes tendidos entre el Santiago de las imágenes
y el de la experiencia cotidiana son por definición difíciles
de dilucidar, las consecuencias que puede desencadenar un imaginario
urbano construido desde la negación de lo propiamente urbano,
no lo son. Por rica que sea la oferta con que una ciudad quiera
tentar a sus ciudadanos, si éstos no son capaces de reconocerla,
entonces la ciudad no será una buena ciudad, y la vida en
ella no será una buena vida. Quizá sea hora de intentar,
entonces, que el ciudadano sea también un etnógrafo
de la ciudad; y acaso exponiendo lo que hasta ahora ha permanecido
incuestionado podamos finalmente saldar las deudas que aún
tenemos con Santiago. •
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