POLÍTICAS CULTURALES  
 

 


JORGE ABOT

Haiku para el estanque
técnica mixta sobre tela, 92 x 77 cm, 2000

 

PREGUNTAS SOBRE EL FUTURO DEL LATINOAMERICANISMO (1)

¿De qué modo los especialistas del norte y del sur pueden construir una nueva agenda que esté en sintonía con los cambios que ha experimentado la región? Repensar el lugar de América Latina, luego de dos décadas de políticas neoliberales, es un punto de partida.

por NÉSTOR GARCÍA CANCLINI profesor-investigador de la Universidad Autónoma Metropolitana de México

El latinoamericanismo no puede seguir siendo lo que fue en las últimas décadas. Una de las razones es la incertidumbre sobre si América Latina tiene porvenir como región, como conjunto de naciones y culturas capaces de reproducirse con un mínimo de autonomía. Otro argumento procede del replanteamiento radical en la relación de los Estados Unidos con el mundo, y por tanto con los países latinoamericanos, a partir del 11 de septiembre de 2001. Deseo focalizar aquí esta revisión de las políticas culturales del latinoamericanismo en relación con el debate actual sobre el futuro de la Latin American Studies Association (LASA), como foro mayor de información, elaboración y confrontación sobre América Latina. Hasta ahora las principales actividades de LASA son congresos efectuados cada dieciocho meses, donde en varios centenares de mesas redondas se comunican brevemente resultados de investigaciones y reflexiones dispersas.

No quiero disminuir el valor de estos diálogos entre varios miles de latinoamericanistas. Tampoco pretendemos arribar, dada la variedad de posiciones y enfoques divergentes en estas reuniones, a declaraciones políticas conjuntas, ni siquiera a conclusiones mayoritarias sobre las soluciones para la región. La primera pregunta es si podríamos encontrar un modo de intercambio y cooperación entre los latinoamericanistas residentes en los Estados Unidos y los latinoamericanistas de América Latina, que permita construir una agenda actualizada de las encrucijadas y las impasses en que se desespera esta región. La segunda cuestión es si la sola construcción de esta agenda, ahora inexistente salvo en el nivel acotado de la pragmática empresarial, podría reequilibrar –respecto del predominio financiero y bélico– los lugares de lo social, lo cultural y lo político.

Creo innecesario convencer a los especialistas en América Latina de que la palabra desesperación no es exagerada. Desarrollo estancado o regresivo desde hace dos décadas, agravado por la impagable –y en varios países sobrepagada– deuda externa, incapacidad de beneficiarse con acuerdos de “libre” comercio que destrozan las economías nacionales y no dan real acceso a las naciones del Hemisferio Norte, migraciones masivas que hicieron perder a muchos países latinoamericanos en la última década entre 10 y 15 por ciento de la población (a veces la técnica o profesionalmente más calificada), deterioro social extenso y minucioso, “administrado” por una clase política y empresarial cada vez más irrepresentativa y poco confiable. Después de vender petróleo, energía, bancos, teléfonos, aerolíneas, ¿con qué recursos reconstruir lo que el asalto neoliberal vació?

Al mismo tiempo, urge repensar el lugar de América Latina en la actual recomposición geopolítica y geocultural en la que la prepotencia imperial del gobierno y algunas instituciones de los Estados Unidos está asfixiando lo que la globalización tecnológica y comunicacional permitía concebir como interdependencia y conocimiento recíprocos. Etienne Balibar dice en su último libro, aún inédito (Europe, quelle puissance?, Editions La Découverte, 2003), que intelectuales estadounidenses como Bruce Ackerman, Immanuel Wallerstein, Timothy Garton Ash y Edward Said encuentran todavía en Europa la posibilidad de resistir la militarización estadounidense de la política desde las tradiciones jurídicas del viejo continente, su capacidad de trabajar en la reconstrucción de un equilibrio multipolar y su concepción del mundo menos maniquea que la prevaleciente en los Estados Unidos. Los últimos alineamientos de nueve países europeos con la ofensiva bélica de Bush hacen dudar de que Europa, para colmo dividida, tenga la capacidad de cumplir con estas misiones históricas. Si reunimos estos movimientos contradictorios con las multitudinarias manifestaciones recientes contra la guerra, es posible pensar que la resonancia diversa del belicismo bushiano en Europa la convierte en la escena donde se constata la dificultad de practicar algún tipo de relativismo antropológico y de humanismo moderno o posmoderno, y a la vez en un lugar para imaginar que esas esperanzas no están abandonadas.

¿Qué decir de América Latina? Sabemos que se halla aún más lejos de la ilusión de contrarrestar el poder estadounidense, o siquiera de actuar con cierta independencia de éste. A la vez, se ha vuelto escenario de demostración de la inviabilidad social y cultural del capitalismo periférico. Entre sus pocas fuerzas, queda este recurso paradójico de exhibir que la modernización de sus sociedades –más temprana que en el resto del Tercer Mundo (mayor nivel educativo y unificación lingüística que en Asia y África)–, al derrumbarse por la privatización masiva de empresas públicas, la obediencia sumisa a las recetas del FMI y gobiernos corruptos e ineficientes, aniquila los salarios, aumenta bruscamente el desempleo, desindustrializa, engendra migraciones multitudinarias y retorno de enfermedades del siglo XIX (tuberculosis, cólera, sarampión, etcétera). En otra época el problema parecía ser si existía una identidad latinoamericana; hoy la cuestión es en qué sentido América Latina es aún reconocible como un espacio significativo.

¿Cabe esperar que en el nuevo re-conocimiento latinoamericano desempeñen un papel los organismos de la región y los que la estudian desde los Estados Unidos? Serían pasos apreciables que se produjeran diagnósticos actualizados, combinando enfoques del norte y del sur con rigor académico, más allá de los sesgos interesados de inversores y deudores. Sin embargo, carecemos de pronunciamientos de las instituciones que disponen de los circuitos y las escenas donde valorar intelectualmente los procesos que condujeron a la decadencia presente. Es difícil hacernos oír como investigadores individuales, y más aún potenciar la capacidad explicativa de los estudios aislados y las propuestas para reorientar los procesos económicos, sociopolíticos y culturales.

Podríamos imaginar que organismos como LASA –y también el Consejo Latinoamericano de Ciencias Sociales (CLACSO), la Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales (FLACSO), la Federación Latinoamericana de Facultades de Comunicación Social (FELAFACS)–, por su historia y su capacidad de convocar a investigadores con larga especialización, aprovecharan estas condiciones para elaborar diagnósticos sociopolíticos, económicos y culturales que pusieran en evidencia, con datos y argumentos creíbles, la gravedad de la descomposición latinoamericana. Por dar algunos ejemplos: las consecuencias sociales del avance del desempleo; la desnutrición y la deserción escolar; los efectos de la pérdida de soberanía económica por las privatizaciones y la enajenación del sistema bancario; la desposesión del patrimonio cultural por la venta de editoriales, medios de comunicación, monumentos históricos y obras de arte entregados junto con los bancos porque forman parte de su acervo económico; la caída de inversiones en desarrollo científico y tecnológico; el pasaje no sólo de la fuerza de trabajo al sector informal y desprotegido, sino de ciudades y regiones enteras al control del narcotráfico y la delincuencia internacional.

No se trata, como decía al comienzo, de violentar la pluralidad y las valiosas divergencias dentro de LASA o de otros organismos académicos internacionales para producir declaraciones políticas conjuntas, ni recomendaciones que sólo representen una tendencia. Pero en vista del paisaje preocupante de la región cabe preguntarse sin complacencias de qué sirven las investigaciones y los congresos aluvionales. En medio del abismal descreimiento hacia gobernantes y partidos, un trabajo académico, con información confiable y perspectivas razonadas, podría renovar y ampliar la agenda demasiado protocolar, de corto horizonte, que caracteriza a las reuniones de presidentes y ministros de la región. La cercana formalización del Acuerdo de Libre Comercio de las Américas, en 2005, preparada casi exclusivamente por políticos y empresarios poco atentos a los efectos sociales y culturales a largo plazo, nos plantea la necesidad de mostrar las implicaciones destructivas y duraderas de lo que se llama liberalización comercial. Se trata de hacerlo en condiciones que contribuyan a corregir la asimetría en la información, la división desigual del trabajo intelectual y los diagnósticos desencontrados entre el norte y el sur del continente.

Podría pensarse que esta utopía de un intercambio que nos ayude a sacar el trabajo intelectual de su creciente servicio a los mercados –empresariales, financieros e incluso académicos– suena especialmente paradójica en vísperas de la próxima reunión de LASA, que se hará en Las Vegas. Es como proponer un simposio sobre las ventajas del ateísmo dentro del Concilio Vaticano. La cuestión va más allá de las ciudades que se eligen en los Estados Unidos: tiene que ver con la decisión de que los latinoamericanistas nos reunamos cada vez más en ciudades donde el español y el portugués son lenguas minoritarias, donde los procesos sociales de América Latina son relatados a distancia.

¿No sería justamente este momento histórico, en que crece el riesgo de que confundamos el mercado (y la sociedad) con un sistema de apuestas, cuando importa redefinir para qué estudiamos, dónde y con qué fines nos reunimos? Los lugares de encuentro pueden favorecer que respondamos de un modo u otro juntos a esta pregunta quienes trabajamos tanto en las sociedades donde lo latinoamericano se desenvuelve como en los Estados Unidos, donde existe el mayor número de centros, bibliotecas, servicios informáticos y publicaciones latinoamericanistas. La elección de sedes alternadas y correlacionadas en el norte y el sur nutriría de otro modo la agenda y las propuestas, cambiaría las estrategias para hacernos oír. •

 

(1) Este texto, que es una nueva versión del publicado en marzo de 2003 en FORUM, boletín de LASA, surge de diálogos con muchos colegas: destaco a Arturo Arias, Daniel Mato y George Yúdice.

 

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todaVÍA # 4 | abril de 2003
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