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TodaVÍA
/ Fundación OSDE / septiembre de 2002
LITERATURA
Después
de Borges: apuntes sobre
la nueva narrativa argentina
por
SYLVIA SAÍTTA investigadora
del CONICET - UBA
La narrativa argentina actual es tan sugerente
y experimental como la de otros períodos. Sin embargo, se ha
vuelto más difícil identificar grupos de pertenencia
y líneas poéticas hegemónicas. Tal vez sea ése,
justamente, el diagnóstico crítico más preciso
de la literatura argentina de los últimos años.
¿Qué se entiende hoy por nueva
narrativa argentina? Comenzar a responder este interrogante implica,
en realidad, responder también otras preguntas: ¿cuáles
son los rasgos que caracterizan esa narrativa? ¿Qué estilos,
qué tonos, qué poéticas la representan? ¿Cuáles
son, asimismo, las instancias de legitimación de la literatura
argentina de hoy? Se podría pensar que la impronta de Jorge
Luis Borges continúa organizando el sistema literario argentino
y que sólo es posible escribir desde Borges o contra él,
en propuestas narrativas que continúan padeciendo, cómodamente
o con cierto malestar, de la "angustia de las influencias"
que produce su obra. Sin embargo, en los últimos diez años
han aparecido nuevas voces que, apropiándose de la tradición
borgeana en algunos casos, o renegando de ese legado en otros, proponen
una literatura diferente. El corte ya no pasaría entonces por
una posición determinada respecto de la obra de Borges, sino
por los vínculos que esos textos entablan o buscan entablar
con el mercado o en contra de él. Habría así
dos grandes zonas dentro de la literatura argentina de hoy: una que
se ubica a sí misma en estrecha y en algunos casos única
vinculación con el mercado y los medios masivos, por un lado;
otra que se piensa, en cambio, de espaldas a los criterios de legitimación
de la industria cultural o el bestsellerismo y circula por
carriles casi secretos.
Escribir para el mercado: ésta
parecería ser la consigna de una franja importante de la narrativa
argentina actual. Esto es, escribir de acuerdo con los gustos y con
las preferencias de los lectores, promoviendo una literatura que no
cuestiona ni altera presupuestos estéticos ya probados, que
busca el impacto y la venta masiva a través de temas escandalosos
y que parece poco preocupada por los riesgos de la experimentación
formal que implica (que debería implicar) la literatura. Éste
es el caso de El anatomista (1997) de Federico Andahazi, cuyo
tema produjo, a su vez, el escándalo que desataron las declaraciones
de Amalia Lacroze de Fortabat (reproducidas en la faja que cruzaba
la tapa del libro) y su negativa a hacer la fiesta de entrega del
premio. Pero también es el caso de los relatos de Historias
de hombres casados (1999) de Marcelo Birmajer, o de las novelas
de Rodrigo Fresán, textos literarios cuya prosa bordea peligrosamente
los límites del discurso llano e informativo de cierto periodismo
cultura. Asimismo, la literatura concebida en función del mercado
está a la moda, es decir, demasiado atenta a los vaivenes,
siempre cambiantes, de los géneros literarios que captan el
interés de un mayor número de lectores, como lo es la
así llamada novela histórica, que si presenta
como protagonista a un personaje femenino medio olvidado y está
escrita por mujeres quienes, en muchos casos, nunca antes habían
escrito textos de ficción, tiene la venta y el éxito
de público asegurados. Finalmente, esta literatura se deja
seducir por los efectos fáciles, por el entretenimiento banal,
por la suma de sucesos que sostienen, a veces, tramas intrascendentes
como lo hace, por nombrar sólo una, Una noche con Sabrina
Love de Pedro Mairal (Premio Clarín de Novela en 1998).
Pero hay otra literatura. Una literatura
que circula de un modo casi secreto y cuyos libros son poco reseñados
en los diarios de circulación masiva o se publican en pequeñas
editoriales alternativas. Sería difícil y tal
vez forzado encontrar en esos libros rasgos comunes ya que,
en estos momentos, el campo literario argentino carece de instituciones,
escuelas o grupos que organicen de alguna manera la producción
narrativa, y tampoco hay apuestas literarias comunes, experimentaciones
formales programáticas o un "nosotros" que aglutine
a un sector de los jóvenes escritores en oposición
a un "otros" del cual distinguirse. Sin embargo, y pese
a las diferencias, esta otra literatura comparte la preocupación
por el lenguaje, la desconfianza ante las diversas modalidades de
la representación realista y la prevención ante las
reglas del mercado. Se trata, en algunos casos, de textos que reflexionan
críticamente sobre la propia escritura, como Atlántida
(2001) de Juan José Becerra, donde se cruza una trama sentimental
mínima y distante con una prosa impecable salpicada de palabras
provenientes de diversos registros orales. En otros casos, de una
narrativa que postula el extrañamiento como el mejor modo
de percibir la realidad, como El amparo (1994) y Gineceo
(2001) de Gustavo Ferreyra, en las cuales la especulación
obsesiva de los personajes se suma a la percepción paranoica,
levemente deformada, de una realidad siempre amenazante, cuyo mecanismo
se desconoce.
Algunas novelas de los últimos
años cuestionan la plenitud de los géneros literarios
para socavar sus convenciones más firmes el género
policial en Ropa de fuego (2001) de Marcos Herrera, el relato
de aventuras en La temporada (1999) de Esteban López
Brusa, o postulan una lengua abstracta, alejada de todo rasgo
de pintoresquismo localista, una lengua neutra de traducción,
como Tres (1998) de Aníbal Jarkowski o Inglaterra
(1999) de Leopoldo Brizuela. En otros relatos, se retoman personajes,
cuestiones, problemáticas de la historia nacional para narrar
otras versiones de la historia oficial Sarmiento en Montevideo
(1997) de Federico Jeanmaire, Echeverría en Los cautivos
(2000) de Martín Kohan. En este sentido, la narración
de la última dictadura militar ocupa un lugar preponderante.
Mientras Las Islas (1998) de Carlos Gamerro muestra, con
el ritmo alucinado de un thriller, que la guerra de Malvinas
no ha terminado pues diez años más tarde continúa
imperando un orden sostenido por la conspiración y el terror,
Nadie alzaba la voz (1994) de Paula Varsavsky narra la dictadura
desde el punto de vista de una adolescente de clase alta, perspectiva
que le permite postular de qué manera para un grupo social
privilegiado ese período negro no implicó ni orden
ni progreso, sino descontrol, desorden y autoridades cuestionadas.
Por último, la narrativa del
nuevo milenio recupera zonas de la tradición literaria donde
Borges está ausente. La asesina de Lady Di (2001)
de Alejandro López, por ejemplo, se instala cómodamente
en la tradición abierta por Manuel Puig al constituirse en
el cruce, el préstamo y el diálogo con discursos y
materiales narrativos provenientes de los medios masivos, de la
cultura popular y de algunos estereotipos del mundo femenino. Por
su parte, La laguna (2001) de Sergio Delgado propone una
escritura donde resuenan tanto la cadencia narrativa de la literatura
de Juan José Saer como el sistema descriptivo de los poemas
de Juan L. Ortiz.
Sin dudas, éste no es un
listado exhaustivo, pero es en esta constelación de títulos,
problemas, cuestiones donde está el futuro de la literatura
argentina. Porque dialoga con lo mejor de la tradición literaria
nacional para reescribirla desde otro lugar de enunciación.
Porque diseña un mapa literario más libre de las imposiciones
del mercado y de las lógicas de los medios masivos de comunicación.
Porque plantea preguntas cuyas respuestas todavía no han
sido representadas.
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