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Si bien la inserción pasiva en el sistema globalizado presenta las características generales que hemos visto, su lógica de desenvolvimiento no se asemeja a un estuche férreo que impone los mismos límites a todos los actores. Bajo el predominio de las condiciones de globalización pasiva, nada impide que se expandan activamente en el nuevo contexto internacional los actores que deciden utilizar los mecanismos que la época pone a su alcance. La globalización de los discursos y las acciones de las ONGs dedicadas a la defensa de los derechos humanos son, sin duda, los más conocidos. Lo mismo han hecho otro tipo de entidades no gubernamentales. Parece interesante resaltar que hasta los movimientos de protesta contra la globalización han hallado en las nuevas conexiones internacionales la base para amplificar su palabra y su acción. Y las comunidades científicas de todo tipo de países se han fortalecido con el achicamiento de las distancias que producen las nuevas tecnologías de comunicación. La globalización activa de las empresas más dinámicas de los países que adoptaron predominantemente la vía pasiva es, quizás, el fenómeno que mejor sirve para ilustrar las diferencias con el sistema desarrollo/subdesarrollo de la etapa anterior. Probablemente, la mayor parte de las empresas de los países de inserción pasiva, en el proceso actual, han optado por recoger los beneficios y las ventajas inmediatas de la disminución de las antiguas protecciones laborales. Sin embargo, el hecho de que no todas las empresas y los actores sociales adopten esa estrategia, muestra la complejidad de un problema por ahora muy poco estudiado. Tal como ocurre con la mayoría de los fenómenos sociales, también el de la globalización pasiva es un juego con muchas posibilidades para quienes participan de él. Sus efectos negativos se encuentran hoy en el centro de las dificultades de muchos países y, no obstante, los debates sobre las alternativas para tratar de resolverlos ocupan un lugar bastante secundario.
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