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TodaVÍA / Fundación OSDE / mayo de 2002 CINE En busca de un rumbo posible para el cine latinoamericanopor
GUSTAVO NORIEGA
Parece difícil seguir sosteniendo que entre el cine comercial y el cine de arte existe una frontera imposible de cruzar. Sin embargo, no puede negarse la presencia de dos circuitos de distribución que, en buena medida, condicionan que un film sea un éxito o pase por las salas sin pena ni gloria. En este contexto, al cine latinoamericano le toca ocupar un lugar problemático. Polemizar
acerca de si el cine es arte o es entretenimiento tiene todas las características
de una discusión inútil. Abandonar la disputa clasificando
las películas en una de esas dos categorías, como lo hace
un matutino de Buenos Aires, un síntoma de pereza intelectual.
Por lo pronto, es muy fácil encontrar ejemplos extremos que no
dejen dudas acerca de su clasificación. Nadie dudaría
de que la producción multimillonaria Pearl Harbor es un
entretenimiento y que la película Sátántángo,
del húngaro Béla Tarr, con sus parsimoniosas siete horas
de duración, es arte. Pero es fácil, asimismo, embarrar
la cancha y poner en duda la infalibilidad de ambos ejemplos. Ya que
Pearl Harbor, hecha con toda la intención de que la gente
pase un rato amable y la recomiende a sus conocidos, fue un gran fracaso.
Es una película de entretenimiento pero, curiosamente, el público
no se entretuvo con ella sino que más bien se aburrió.
Por el otro lado, este cronista asistió a una exhibición
de Sátántángo y no sólo certifica
que alrededor del 80% del público se mantuvo firme en sus butacas
hasta el último de sus 420 minutos, sino que la mayoría
disfrutó de la experiencia y hasta puede decir que sí,
que se divirtió. Se
podrían también encontrar elementos de una categoría
en la otra. Por ejemplo, la gran revolución en la crítica
cinematográfica, la aparición en Francia hace 50 años
de los Cahiers du Cinéma, tuvo como una de sus características
la revalorización de los directores del Hollywood clásico
y su reconocimiento como verdaderos artistas. Hitchcock, Hawks, Capra
y otros que hasta ese momento sólo eran considerados empleados
a sueldo de la industria del entretenimiento, pasaron a ser autores
y sus nombres en las películas se jerarquizaron como la firma
de un pintor al costado de un cuadro. Salvando las distancias (ya que
el sistema de estudios de Hollywood ha cambiado enormemente desde la
época clásica) no es tan difícil encontrar directores
en Estados Unidos que, sin apartarse de las necesidades comerciales
de su profesión, logran una forma legítima y honesta de
expresarse, como Clint Eastwood o John Carpenter. Y, por el otro lado,
existe una especie de industria de las películas
artísticas, compañías dedicadas a su difusión
(y a su falsificación, como Miramax), un circuito de distribución
propio y hasta vicios y mañas de directores que carecen de talento
pero saben darle un aire artístico a películas sin verdadero
relieve. Lo
que sí es cierto es que hay dos circuitos de distribución
y que éstos se superponen sólo muy ocasionalmente. El
principal es el de los estrenos comerciales y, en forma bastante homogénea,
está dominado por el cine norteamericano. En todo el mundo y
en América Latina en particular, las películas norteamericanas
representan más del 50% del total de estrenos. Pero
la sensación de dominio es mucho mayor, ya que esas películas
suelen tener un aparato publicitario inmensamente más grande
y ruidoso que el resto. No sólo cuentan con la publicidad evidente
como anuncios en televisión y radio, avisos en diarios
y afiches callejeros, sino también con la cobertura mediática
que, en la mayoría de los casos, sólo es publicidad encubierta:
entrevistas previas, documentales acerca de cómo se rodó,
datos sobre efectos especiales, etc. El predominio de ese tipo de cine
es tan grande que la mayor parte de la gente no sabe ni se le ocurre
pensar que puede haber otra opción. Esa
alternativa está dada, en general, por ciclos de cineclubes o
por la esforzada tarea de las cinematecas. En algunos países
periféricos, éstas juegan un rol muy importante. Por ejemplo,
la Cinemateca de Montevideo reúne en sus salas el 20% del público
total que asiste al cine en la capital uruguaya. Pero, la mayor parte
de las veces, los equipos de proyección no son los óptimos,
las copias sufren los embates del tiempo, los asientos no son cómodos
y la ambientación resulta inadecuada. Para un espectador entrenado
estas dificultades no son tales, pero la diferencia de comodidad y de
calidad de proyección entre un cineplex que exhibe exclusivamente
estrenos comerciales y una sala de arte y ensayo suele tener consecuencias
catastróficas para la asistencia a estas últimas. Sólo
las grandes ciudades como París, Londres o Nueva York, pueden
preciarse de exhibir cine de arte de igual a igual con los blockbusters
hollywoodenses. La
otra forma de acceder a ese cine es a través de los festivales
internacionales: encuentros de diez días en distintas ciudades
del mundo, con alguna restricción temática, formal o de
origen (o ninguna), en donde los cinéfilos locales se encuentran
con una oferta inusitada, imposible de encontrar en otra época
del año. Generalmente, aquí sí las condiciones
de exhibición están a la par de las comerciales; habitualmente,
los festivales utilizan los cineplex y no es una situación inimaginable
que las dos películas ejemplares mencionadas en el primer párrafo
puedan ser exhibidas en salas contiguas. El
cine latinoamericano está tan alejado de uno como del otro circuito.
Es muy raro que una película de nuestro subcontinente sea un
éxito comercial en Estados Unidos o en Europa. La última
película latinoamericana que pudo exportarse exitosamente fue,
en 1998, Estación Central (Central do Brasil),
de Walter Salles, que no sólo estuvo nominada para el Oscar a
la mejor película extranjera, sino que tuvo cifras de público
más que aceptables. En Estados Unidos una plaza casi inalcanzable,
la vieron más de 1 millón de personas; en Europa, más
de 1 millón y medio. Puede ser considerada un éxito con
cualquier vara que se mida, pero parece algo aislado, casi sin consecuencias.
Repitió el mismo camino de Como agua para chocolate que,
luego de ganar el Oscar, tuvo una gran repercusión en todo el
mundo; pero el cine mexicano no construyó una cinematografía
más sólida tras ese suceso. Lo mismo parece ocurrir con
la película de Walter Salles y el cine brasileño. El Oscar
es un camino individual. Hay
directores latinoamericanos que tienen llegada al circuito de festivales
prestigiosos, pero, en general, no representan un movimiento en su propio
país sino que portan un prestigio puramente personal. Así,
Arturo Ripstein es exhibido en Cannes regularmente, al mismo tiempo
que se lo ignora en México; el chileno Raúl Ruiz ha terminado
desarrollando su carrera en Francia (al punto de ahora firmar Raoul
Ruiz); y hasta Fernando Solanas tiene más posibilidades de ser
elogiado en París que en Buenos Aires. El
cine comercial que no es producido en Estados Unidos generalmente es
exitoso a nivel local, pero inexportable, ya que trabaja con algunos
fenómenos populares muy localizados. Las películas argentinas
que derivan de la televisión y que llevan a sus estrellas de
la pantalla chica a la grande, son fenómenos de taquilla pero
pasan inadvertidas en el resto de América Latina y se las desconoce
en Europa y Estados Unidos. La
única forma de construir una cinematografía nacional fuerte
y original, tiene que apuntar sus cañones al circuito de los
festivales. El país que cuenta con un movimiento generacional
importante, con posibilidades de futuro, es Argentina. Pero está
amenazado porque su buena repercusión en la crítica mundial
no se corresponde con la atención del público en su propio
país. Los grandes éxitos de este tipo de cine, Pizza,
birra, faso, Mundo grúa y La ciénaga,
apenas pudieron superar los 100 mil espectadores. La libertad,
una película provocativa que fue elegida especialmente para ser
exhibida en Cannes, no llegó a los 3 mil. La comparación
con el cine industrial, que dispone de una enorme cantidad de publicidad
gratuita en televisión, es injusta. El papel del Estado es ineludible para el sostenimiento de las cinematografías nacionales en América Latina. El problema consiste en que es muy fácil que la política de los subsidios sea utilizada por los grupos económicos relacionados con la televisión, para realizar negocios sin riesgos y sin dejar frutos artísticos serios. La política de estímulos a la cinematografía debe ser focalizada en los directores nuevos con propuestas renovadoras. |