En busca de un rumbo posible para el nuevo cine latinoamericano
 

Pizza, birra, faso
Dir.: Bruno Stagnaro y Adrián Caetano

 

En Estados Unidos –una plaza casi inalcanzable–, la vieron más de 1 millón de personas; en Europa, más de 1 millón y medio. Puede ser considerada un éxito con cualquier vara que se mida, pero parece algo aislado, casi sin consecuencias. Repitió el mismo camino de Como agua para chocolate que, luego de ganar el Oscar, tuvo una gran repercusión en todo el mundo; pero el cine mexicano no construyó una cinematografía más sólida tras ese suceso. Lo mismo parece ocurrir con la película de Walter Salles y el cine brasileño. El Oscar es un camino individual.

Hay directores latinoamericanos que tienen llegada al circuito de festivales prestigiosos, pero, en general, no representan un movimiento en su propio país sino que portan un prestigio puramente personal. Así, Arturo Ripstein es exhibido en Cannes regularmente, al mismo tiempo que se lo ignora en México; el chileno Raúl Ruiz ha terminado desarrollando su carrera en Francia (al punto de ahora firmar “Raoul” Ruiz); y hasta Fernando Solanas tiene más posibilidades de ser elogiado en París que en Buenos Aires.

El cine comercial que no es producido en Estados Unidos generalmente es exitoso a nivel local, pero inexportable, ya que trabaja con algunos fenómenos populares muy localizados. Las películas argentinas que derivan de la televisión y que llevan a sus estrellas de la pantalla chica a la grande, son fenómenos de taquilla pero pasan inadvertidas en el resto de América Latina y se las desconoce en Europa y Estados Unidos. La única forma de construir una cinematografía nacional fuerte y original, tiene que apuntar sus cañones al circuito de los festivales. El país que cuenta con un movimiento generacional importante, con posibilidades de futuro, es Argentina. Pero está amenazado porque su buena repercusión en la crítica mundial no se corresponde con la atención del público en su propio país. Los grandes éxitos de este tipo de cine, Pizza, birra, faso, Mundo grúa y La ciénaga, apenas pudieron superar los 100 mil espectadores. La libertad, una película provocativa que fue elegida especialmente para ser exhibida en Cannes, no llegó a los 3 mil. La comparación con el cine industrial, que dispone de una enorme cantidad de publicidad gratuita en televisión, es injusta.

El papel del Estado es ineludible para el sostenimiento de las cinematografías nacionales en América Latina. El problema consiste en que es muy fácil que la política de los subsidios sea utilizada por los grupos económicos relacionados con la televisión, para realizar negocios sin riesgos y sin dejar frutos artísticos serios. La política de estímulos a la cinematografía debe ser focalizada en los directores nuevos con propuestas renovadoras.