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Estación
Central
Dir.: Walter Salles

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Parece
difícil seguir sosteniendo que entre el cine comercial
y el cine de arte existe una frontera imposible de cruzar.
Sin embargo, no puede negarse la presencia de dos circuitos de distribución
que, en buena medida, condicionan que un film sea un éxito o pase
por las salas sin pena ni gloria. En este contexto, al cine latinoamericano
le toca ocupar un lugar problemático.
En
busca de un rumbo posible
para el cine latinoamericano
por
GUSTAVO NORIEGA
Crítico cinematográfico
y director de la revista El Amante
Polemizar
acerca de si el cine es arte o es entretenimiento tiene todas las características
de una discusión inútil. Abandonar la disputa clasificando
las películas en una de esas dos categorías, como lo hace
un matutino de Buenos Aires, un síntoma de pereza intelectual.
Por lo pronto, es muy fácil encontrar ejemplos extremos que no
dejen dudas acerca de su clasificación. Nadie dudaría de
que la producción multimillonaria Pearl Harbor es un entretenimiento
y que la película Sátántángo, del húngaro
Béla Tarr, con sus parsimoniosas siete horas de duración,
es arte. Pero es fácil, asimismo, embarrar la cancha y poner en
duda la infalibilidad de ambos ejemplos. Ya que Pearl Harbor, hecha
con toda la intención de que la gente pase un rato amable y la
recomiende a sus conocidos, fue un gran fracaso. Es una película
de entretenimiento pero, curiosamente, el público no se entretuvo
con ella sino que más bien se aburrió. Por el otro lado,
este cronista asistió a una exhibición de Sátántángo
y no sólo certifica que alrededor del 80% del público se
mantuvo firme en sus butacas hasta el último de sus 420 minutos,
sino que la mayoría disfrutó de la experiencia y hasta puede
decir que sí, que se divirtió.
Se
podrían también encontrar elementos de una categoría
en la otra. Por ejemplo, la gran revolución en la crítica
cinematográfica, la aparición en Francia hace 50 años
de los Cahiers du Cinéma, tuvo como una de sus características
la revalorización de los directores del Hollywood clásico
y su reconocimiento como verdaderos artistas. Hitchcock, Hawks, Capra
y otros que hasta ese momento sólo eran considerados empleados
a sueldo de la industria del entretenimiento, pasaron a ser autores
y sus nombres en las películas se jerarquizaron como la firma de
un pintor al costado de un cuadro. Salvando las distancias (ya que el
sistema de estudios de Hollywood ha cambiado enormemente desde la época
clásica) no es tan difícil encontrar directores en Estados
Unidos que, sin apartarse de las necesidades comerciales de su profesión,
logran una forma legítima y honesta de expresarse, como Clint Eastwood
o John Carpenter.

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