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Lo
cierto es que nosotros no disfrutamos de lo informe y el artista sí.
Disfruta del proyecto en el que acabará catapultado lo informe. El
artista más valioso es aquel que con mayor libertad es capaz de poner
sus cosas, arrancándolas de sus conexiones sólidas
y falsas. El
objeto, una vez que ha alcanzado el grado de artístico, vuelve a
su remota condición de objeto. Una vez que ha ganado, cuando ha ganado,
ha perdido. Lo que ha perdido es su calidad de basura. Lo artístico,
a partir de ahora, ha pasado a ser lo aceptado, lo que ha alcanzado la condición
de ser enmarcado, fotografiado, comprado o vendido. Exhibido. Se habla de
él. Antes no era nada, era un objeto entre otros muchos: un arma.
Luego, es otra cosa, algo en plena transformación, algo que está
mutando, algo vivo. Más tarde es obra de arte: objeto otra vez.
Sólo
Nigro percibe plenamente el paso de un estado a otro. Lo que nos deja
es el resultado de un proceso perdido, un paraíso. Cada trozo de
cartón, cada matraca, tiene un origen, y en él no entra
nadie más que Nigro. No basta con ser, hay que haber estado allí.
¿Y qué significa estar allí?. Bueno, justamente,
ser, pero ser de un modo, con una carga, que vuelve a esos objetos artilugios
de su propia biografía, de su propio hallazgo. Imaginemos
al artista visto a través de unos prismáticos. Camina con
la vista clavada en el suelo. No importa dónde mire, qué
haga, qué busque, a dónde vaya, parte de su atención
está dirigida a lo que duerme a los costados, desechado, arrojado
al olvido. Busca sin descanso. Siempre solo. Camina, y de pronto se detiene.
Ahí surge algo. Ha visto, apenas dejado por el mar en la playa,
un trozo de madera rota. Hay un cierto respeto, o mejor, una cierta deferencia,
un cierto aprecio, una cierta cortesía en su manera de agacharse
a recogerlo. O tal vez es más: un homenaje, una veneración,
una obediencia. Eso es, con el trozo de madera rota en las manos lo que
se vislumbra es un sometimiento a su voluntad. Busca, no la ubicación
futura de ese objeto en la obra, sino la explicación de ese amor
repentino, de esa condescendencia. Lo levanta. Mira. Lo guarda en una
bolsa. Después lo volverá a ver. Lo que ahora debe hacer
es explicarse qué causó ese amor. De la mano de esa explicación
vendrá sin duda el entorno. ¿Y ahora? ¿Qué hace? Espera en la orilla la llegada de los barcos de los pescadores. Apenas atracan se lanza a ver el cuadro vivo, la naturaleza muerta de los peces sobre los que se mueven las botas negras de los pescadores de Armaçao. Es una visión del más allá de la vida, total, brutal. Una visión del interior de la vida. Y todo deja su huella, sus marcas en la memoria. Alguna vez, algún día, o tal vez mañana mismo, en Armaçao, volverán a cobrar vida. Después de todo, ¿no se trata de eso, de hacer que todo vuelva a latir, de asignarle a todo un nuevo lugar, un nuevo instante, una nueva oportunidad?
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