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TodaVÍA / Fundación OSDE / mayo de 2002 LITERATURA Partir sin partir del todopor MARTÍN
KOHAN
El cruce al Uruguay ha sido un tema recurrente en la literatura argentina. Núcleo de ficciones que tratan sobre fugas y utopías, ese cruce se muestra en algunos textos como contraste y en otros como continuidad. Cinco novelas recientes retoman la promesa de pasar a la otra orilla, siempre oscilante entre lo extraño y lo familiar. La primera
novela de la literatura argentina comienza contando un intento de cruzar
al Uruguay. En efecto, así empieza Amalia (1851), de José
Mármol, con el relato de una emboscada que los federales le tienden
a un grupo de unitarios que estaban queriendo pasarse a Montevideo.
Montevideo representaba, de acuerdo con el propio Mármol, un
contraste vivo y palpitante de la ciudad de Buenos Aires, en su
libertad y en su progreso. Era, como se sabe, el lugar privilegiado
de la emigración anti-rosista, la posibilidad de ponerse a salvo
a la distancia, una especie de utopía así se la
ve en Amalia de la libertad que Rosas volvía imposible
de este lado del Río de la Plata. El cruce al
Uruguay se encuentra, entonces, en el origen de la novela argentina
y ya desde sus primeras páginas cruzar el río
implica tomar distancia y encontrar un contraste. Pero no es tanta la
distancia ni es tanto el contraste, y esto da la clave de la peculiaridad
de la emigración al Uruguay. Se trata de un exilio, sin dudas;
pero de un exilio próximo, se trata de un peculiar exilio
en las inmediaciones. Porque la distancia es suficiente para quedar
más allá del alcance de la represión de Rosas,
pero no tanta como para que no se pueda seguir activando directamente
en contra de él. Y el contraste es tan intenso como lo indica
la cita de Mármol, pero no tanto como para que los emigrados
lleguen a sentirse en un lugar que les resulta verdaderamente ajeno
o extraño. Así, el Uruguay constituye un punto irrepetible,
hecho a la vez de lejanía y de proximidad, de cercanía
y de distancia, un lugar de contraste pero a la vez de continuidad.
Pasarse al Uruguay implica cruzar las fronteras de un mapa político;
pero puede decirse que, en lo esencial, no hay tal cruce de fronteras,
si se toman las coordenadas virtuales de un mapa cultural. Remoto
pero próximo, distinto pero semejante, utopía de los emigrados
que se van sin irse del todo: el cruce al Uruguay parece tener, de por
sí, algo de las fábulas literarias, y tal vez por eso
no es extraño que nuestra primera novela gire en torno de él.
Ni es extraño tampoco, por las mismas razones, que otras novelas
de la literatura argentina hayan vuelto al tema, narrando otras variantes
de ese lugar en el que extraordinariamente coinciden la extrañeza
y la familiaridad, de ese cruce incomparable en el que irse significa
empezar a regresar. A
principios de la década de los noventa, por ejemplo, aparecieron
tres novelas que tematizan un cruce al Uruguay. Son El aire de
Sergio Chejfec (1992), El Dock de Matilde Sánchez (1993)
y Boomerang de Elvio Gandolfo (1993). Chejfec
narra, en principio, una especie de drama doméstico: a Barroso
lo abandona Benavente, su mujer. Ella le hace llegar una nota en la
que le dice que se ha ido a Carmelo, y le pide que no la siga. Barroso
piensa desobedecer esta indicación para ir detrás de la
mujer, pero no se decide a emprender el viaje. El aire es, de
alguna manera, el relato de esa indecisión. Y es también,
por lo tanto, a través de ese personaje al que algo inexplicado
retiene en esta orilla, un relato sobre el cruce al Uruguay como un
paso muy simple de dar y al mismo tiempo como un imposible absoluto.
Barroso llega incluso a subirse a una lancha en el Tigre que lo llevará
al otro lado, pero la abandona en el último instante, cuando
ya zarpaba. Se queda en el borde argentino: el Uruguay está
bien cerca, pero a él le resulta muy otra cosa. Podría
dar alcance a Benavente, su mujer, pero al mismo tiempo la tiene tan
lejos como si ella se hubiera ido al otro lado del mundo, y no al otro
lado del río. La novela de Matilde Sánchez tiene, como la de Chejfec, una impronta personal y familiar que corresponde al orden de los afectos; pero tiene, además, una marca política que remite, de manera casi explícita, a la toma del cuartel de La Tablada en enero de 1989. El Dock cuenta precisamente eso: una recomposición de vínculos afectivos y familiares después de ese hecho de violencia política -o frente a ese hecho de violencia política. Se vuelve necesario tomar distancia de lo que pasó. Y esa toma de distancia se consigue con un cruce al Uruguay. Los personajes viajan a Solís, después de pasar por Montevideo; y se alejan literalmente de la muerte y la destrucción. No se trata, en este caso, de un exilio político, sino más bien de un exilio de lo político. El cruce al Uruguay no asume aquí, como en el momento fundacional de Amalia, un carácter tan sólo político: no es un cruce desde la represión política hacia la libertad política. Pero tampoco es, como en El aire, un cruce doméstico, una separación conyugal que se dispone en este espacio y se ve expresada por él. Ni cruce político ni cruce doméstico: en El Dock, el cruce al Uruguay es un cruce de lo político a lo doméstico. Por eso el regreso se ve diferido, casi en suspenso (tan en suspenso como la partida de Barroso en procura de su mujer). En
Boomerang, en cambio, el regreso aparece casi unido a la partida,
según se expresa ya en el título. El cruce del río
está relacionado con un delito: un empleado de banco comete un
desfalco financiero y, antes de ser descubierto, se va al Uruguay. No
puede decirse, sin embargo, que el personaje se ha escapado. Se ha ido,
es cierto, del lugar donde produjo la trampa y donde eventualmente podrían
atraparlo. Pero el Uruguay no es el punto final de una fuga, sino un
punto intermedio: lo que necesitaba era un sitio intermedio
desde donde seguir moviéndose en caso necesario (...). Desde
allí podía saltar a otro país si confirmaba que
lo habían descubierto, o regresar con rapidez si todo quedaba
en nada. Eso es Uruguay: un lugar a donde irse sin por eso haber
partido del todo, un grado intermedio entre lo que es propio y lo que
no lo es. El personaje de Gandolfo ha comenzado a escapar, desde el
momento en que se ha ido de Buenos Aires; pero no termina de escapar
mientras se encuentre en Colonia, en Montevideo o en Punta del Este.
Ese lugar suspendido, próximo y remoto, es el de la ficción
de una fuga también suspendida, detenida en el tiempo, lista
a desencadenarse en el salto a otro país como a revertirse en
el retorno a Buenos Aires. Boomerang cuenta un entre
(entre quedarse e irse, entre fugarse y regresar, entre zafar y ser
descubierto), y el lugar perfecto para ese entre es Uruguay. Hay otra novela argentina de los años noventa que refiere un cruce al Uruguay, y lo hace también a partir de un delito y una fuga: es Plata quemada de Ricardo Piglia (1997). El delito no adquiere aquí las formas finalmente sutiles de la estafa informática a un banco. Aquí se trata de un robo a mano armada a un banco, que termina en plena violencia. Piglia conecta esta violencia con la violencia política: la de los asaltantes con la resistencia peronista, la de los pistoleros con los montoneros o los tacuaras. La violencia política no lleva a la historia familiar, sino que se entrelaza con el delito. Los asaltantes dan el golpe y escapan al Uruguay. Pero en Uruguay los encuentran, porque las autoridades policiales argentinas trabajan en colaboración con las autoridades policiales uruguayas. Montevideo ya no es, como lo era para los unitarios de Mármol, un lugar donde escapar de la represión. Tampoco es un lugar para alejarse de la violencia política, como en El Dock; ni un sitio intermedio de identidades difusas, como en Boomerang. En la novela de Piglia, concebida a fines de los años sesenta, la violencia política no tiene un afuera y los Estados coordinan sus aparatos de represión a escala continental. La promesa de la salvación política, sin el costo de la diferencia cultural, toca su límite: Uruguay es un lugar que la acción policial aplana e iguala. La promesa del anonimato transitorio, de la identidad diluida en un entre, también concluye: los Estados coordinan sus dispositivos de identificación. El cruce al Uruguay ya no es posible ni imposible: es indistinto, y por lo tanto inútil, y lleva al fracaso. Las promesas de ese cruce, que estas novelas argentinas han ido contando de diversos modos, quedan en este caso desmentidas. Uruguay ya no representa, como en los otros textos, un lugar de utopía. Y la utopía vuelve a ser lo que estrictamente es: aquello que no tiene lugar.
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