Partir sin partir del todo
 

 

Porque la distancia es suficiente para quedar más allá del alcance de la represión de Rosas, pero no tanta como para que no se pueda seguir activando directamente en contra de él. Y el contraste es tan intenso como lo indica la cita de Mármol, pero no tanto como para que los emigrados lleguen a sentirse en un lugar que les resulta verdaderamente ajeno o extraño. Así, el Uruguay constituye un punto irrepetible, hecho a la vez de lejanía y de proximidad, de cercanía y de distancia, un lugar de contraste pero a la vez de continuidad. Pasarse al Uruguay implica cruzar las fronteras de un mapa político; pero puede decirse que, en lo esencial, no hay tal cruce de fronteras, si se toman las coordenadas virtuales de un mapa cultural.

Remoto pero próximo, distinto pero semejante, utopía de los emigrados que se van sin irse del todo: el cruce al Uruguay parece tener, de por sí, algo de las fábulas literarias, y tal vez por eso no es extraño que nuestra primera novela gire en torno de él. Ni es extraño tampoco, por las mismas razones, que otras novelas de la literatura argentina hayan vuelto al tema, narrando otras variantes de ese lugar en el que extraordinariamente coinciden la extrañeza y la familiaridad, de ese cruce incomparable en el que irse significa empezar a regresar.

A principios de la década de los noventa, por ejemplo, aparecieron tres novelas que tematizan un cruce al Uruguay. Son El aire de Sergio Chejfec (1992), El Dock de Matilde Sánchez (1993) y Boomerang de Elvio Gandolfo (1993).

Chejfec narra, en principio, una especie de drama doméstico: a Barroso lo abandona Benavente, su mujer. Ella le hace llegar una nota en la que le dice que se ha ido a Carmelo, y le pide que no la siga. Barroso piensa desobedecer esta indicación para ir detrás de la mujer, pero no se decide a emprender el viaje. El aire es, de alguna manera, el relato de esa indecisión. Y es también, por lo tanto, a través de ese personaje al que algo inexplicado retiene en esta orilla, un relato sobre el cruce al Uruguay como un paso muy simple de dar y al mismo tiempo como un imposible absoluto. Barroso llega incluso a subirse a una lancha en el Tigre que lo llevará al otro lado, pero la abandona en el último instante, cuando ya zarpaba. Se queda en “el borde argentino”: el Uruguay está bien cerca, pero a él le resulta muy otra cosa. Podría dar alcance a Benavente, su mujer, pero al mismo tiempo la tiene tan lejos como si ella se hubiera ido al otro lado del mundo, y no al otro lado del río.

La novela de Matilde Sánchez tiene, como la de Chejfec, una impronta personal y familiar que corresponde al orden de los afectos; pero tiene, además, una marca política que remite, de manera casi explícita, a la toma del cuartel de La Tablada en enero de 1989. El Dock cuenta precisamente eso: una recomposición de vínculos afectivos y familiares después de ese hecho de violencia política -o frente a ese hecho de violencia política. Se vuelve necesario tomar distancia de lo que pasó. Y esa toma de distancia se consigue con un cruce al Uruguay. Los personajes viajan a Solís, después de pasar por Montevideo; y se alejan literalmente de la muerte y la destrucción. No se trata, en este caso, de un exilio político, sino más bien de un exilio de lo político. El cruce al Uruguay no asume aquí, como en el momento fundacional de Amalia, un carácter tan sólo político: no es un cruce desde la represión política hacia la libertad política.