Partir sin partir del todo

por MARTÍN KOHAN
Escritor y crítico literario

El cruce al Uruguay ha sido un tema recurrente en la literatura argentina. Núcleo de ficciones que tratan sobre fugas y utopías, ese cruce se muestra en algunos textos como contraste y en otros como continuidad. Cinco novelas recientes retoman la promesa de pasar a la otra orilla, siempre oscilante entre lo extraño y lo familiar.

pintura
ROMULO MACCIO

Costanera
acrílico s/tela, 1993
246 x 310 cm.

(Cortesía Galería MAMAN)

La primera novela de la literatura argentina comienza contando un intento de cruzar al Uruguay. En efecto, así empieza Amalia (1851), de José Mármol, con el relato de una emboscada que los federales le tienden a un grupo de unitarios que estaban queriendo pasarse a Montevideo. Montevideo representaba, de acuerdo con el propio Mármol, un “contraste vivo y palpitante de la ciudad de Buenos Aires, en su libertad y en su progreso”. Era, como se sabe, el lugar privilegiado de la emigración anti-rosista, la posibilidad de ponerse a salvo a la distancia, una especie de utopía –así se la ve en Amalia– de la libertad que Rosas volvía imposible de este lado del Río de la Plata.

El cruce al Uruguay se encuentra, entonces, en el origen de la novela argentina –y ya desde sus primeras páginas– cruzar el río implica tomar distancia y encontrar un contraste. Pero no es tanta la distancia ni es tanto el contraste, y esto da la clave de la peculiaridad de la emigración al Uruguay. Se trata de un exilio, sin dudas; pero de un exilio próximo, se trata de un peculiar exilio en las inmediaciones.