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Partir sin partir del todopor
MARTÍN KOHAN El cruce al Uruguay ha sido un tema recurrente en la literatura argentina. Núcleo de ficciones que tratan sobre fugas y utopías, ese cruce se muestra en algunos textos como contraste y en otros como continuidad. Cinco novelas recientes retoman la promesa de pasar a la otra orilla, siempre oscilante entre lo extraño y lo familiar.
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pintura Costanera
(Cortesía Galería MAMAN) |
La primera
novela de la literatura argentina comienza contando un intento de cruzar
al Uruguay. En efecto, así empieza Amalia (1851), de José
Mármol, con el relato de una emboscada que los federales le tienden
a un grupo de unitarios que estaban queriendo pasarse a Montevideo. Montevideo
representaba, de acuerdo con el propio Mármol, un contraste
vivo y palpitante de la ciudad de Buenos Aires, en su libertad y en su
progreso. Era, como se sabe, el lugar privilegiado de la emigración
anti-rosista, la posibilidad de ponerse a salvo a la distancia, una especie
de utopía así se la ve en Amalia de la
libertad que Rosas volvía imposible de este lado del Río
de la Plata. El cruce al Uruguay se encuentra, entonces, en el origen de la novela argentina y ya desde sus primeras páginas cruzar el río implica tomar distancia y encontrar un contraste. Pero no es tanta la distancia ni es tanto el contraste, y esto da la clave de la peculiaridad de la emigración al Uruguay. Se trata de un exilio, sin dudas; pero de un exilio próximo, se trata de un peculiar exilio en las inmediaciones. |
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