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TodaVÍA / Fundación OSDE / mayo de 2002 INTEGRACIÓN La coordinación macroeconómica en el Mercosurpor JOSÉ
MARÍA FANELLI
Antídoto contra los peligrosos desequilibrios dentro del bloque, la macroeconomía parece más que nunca llamada a ocupar un lugar prioritario en la agenda de la integración regional. El Mercosur representa la estrategia de mayor alcance
que los países de la región han ensayado en la última
década para enfrentar el desafío de desarrollarse en un
mundo que exige cada vez más competitividad. En este sentido,
el éxito del Mercosur tendrá que ver con su capacidad
para cumplir con dos metas centrales: acelerar el crecimiento económico
y optimizar la inserción de los socios en la economía
globalizada. Para cumplir con esos objetivos, el Mercosur debe llevar
en el largo plazo a la conformación de un espacio económico
regional unificado. El principal instrumento para llegar a él
es la llamada "integración profunda". Cuando ésta
existe no hay trabas diferenciales de ningún tipo -aranceles,
regulaciones, impuestos- para comprar y vender entre los miembros del
acuerdo. Éste es un activo muy valioso para los países
que son capaces de hacerlo, pues sus empresas podrán planear
la producción tomando como referencia un mercado mucho más
amplio; y ello las hace más competitivas al permitirles aumentar
la escala, incentivar la especialización, atraer inversiones
y, por esa vía, acrecentar el ritmo de aumento de la productividad,
verdadera llave maestra del desarrollo. Para lograr la integración profunda hay que atravesar
diferentes etapas. La más simple y con menos compromiso consiste
en constituir una zona de libre comercio, lo cual supone llevar los
aranceles (impuestos a las importaciones) a cero entre los países
que participan. El ejemplo más importante es el NAFTA. En este
esquema, cada nación puede tener aranceles diferentes con terceros.
El segundo paso es la unión aduanera, en la que los países
se comprometen, además, a tener un idéntico arancel externo
con relación al resto del mundo. El Mercosur se encuentra en
esta etapa, pero de manera imperfecta porque el arancel externo no es
totalmente común: está "perforado" en lo que
atañe a varios productos. El modelo más avanzado de integración
profunda entre países independientes es la unión monetaria.
Europa, luego de un arduo proceso, logró llegar a ella. En este
tipo de unión no sólo se eliminan los aranceles intrazona
y se mantiene un arancel común extrazona, sino que también
se comparte una misma moneda. No se trata de algo fácil de hacer,
sobre todo porque cuando los socios comparten su moneda, se ven obligados
a coordinar su macroeconomía; entonces no puede permitirse, por
ejemplo, que uno de ellos tenga un déficit fiscal enorme y emita
para financiarlo, ya que con ello estaría perjudicando al resto.
Por ese motivo los acuerdos de Maastricht, que fijaban metas para las
variables macroeconómicas fundamentales, precedieron a la formación
de la unión monetaria en Europa. El modelo europeo sugiere que,
para avanzar por ese camino, tres condiciones son necesarias: desarrollar
las instituciones del acuerdo regional, armonizar progresivamente las
normas que regulan las transacciones económicas en cada país,
y coordinar la macroeconomía. En la actualidad se ha instalado en la opinión
pública un debate respecto de si el Mercosur está en condiciones
de cumplir con las expectativas que generó con su creación
y de llegar, incluso, a la formación de una unión monetaria.
Si bien esta inquietud se encuentra, en parte, justificada por la magnitud
de las dificultades que enfrenta la región, también es
cierto que una visión de alcance estratégico no puede
ignorar que en sus primeros diez años el Mercosur ha sido un
acuerdo exitoso,en particular, por el intenso incremento del comercio
intrarregional y por su capacidad para atraer inversiones. La incertidumbre sobre el futuro del acuerdo se relaciona con dos cosas. Primero, el éxito estuvo asociado a la reducción de aranceles entre los socios, y no a una integración muy profunda que resulta vital para seguir creando comercio en la zona. Desde fines de 1998, el Mercosur ha ido perdiendo impulso. No sólo no consiguió sentar las bases para lanzar la etapa de integración profunda, sino que tampoco pudo consolidar la unión aduanera. Segundo, la aparición de fuertes desequilibrios en la macroeconomía de los dos socios mayores ha sido un obstáculo de relevancia en los últimos años, al que se sumó la crítica situación de la Argentina. Cuando los desequilibrios son muy fuertes, incluso la unión aduanera se torna inviable. Si uno de los socios tiene, por ejemplo, una moneda muy depreciada, el resto de los miembros sufre las consecuencias pues no puede competir. Esto quiere decir que para seguir avanzando en la integración, el Mercosur necesita encontrar mecanismos que permitan administrar mejor los desajustes dentro del bloque. Balance
del proceso de integración
la inestabilidad macroeconómica
puede perjudicar el proceso de integración al afectar negativamente
los flujos de comercio intrarregionales, la capacidad del área
para atraer inversiones y la tarea de construir las instituciones que
el acuerdo necesita para encarar la integración profunda. la mayor integración
ya lograda genera mayor interdependencia y, por ende, la inestabilidad
macroeconómica de un miembro tiende a "derramarse"
sobre los vecinos. La importancia de estas dos razones
sería difícil de exagerar en la situación actual.
Diez años después del Tratado de Asunción, es innegable
que la inestabilidad y los efectos derrame se han convertido en impedimentos
significativos para el desarrollo del Mercosur. Específicamente,
desde mediados de 1998, los dos países mayores han experimentado
desequilibrios fuertes y persistentes que los llevaron a tomar medidas
unilaterales que no jugaron a favor del acuerdo. En 1999, Brasil modificó
radicalmente su política cambiaria e instaló un régimen
en el que el valor de su moneda en relación al dólar flota
libremente, lo cual se tradujo en una depreciación del real.
Luego de un período de tres años en los que se resistió
a devaluar para compensar esa depreciación del real, Argentina
siguió el mismo camino de Brasil e instituyó también
un régimen de flotación en el 2002. En el período
en el que Argentina trató de evitar la devaluación, se
realizaron cambios en el arancel común y se pusieron trabas al
comercio intrazona para contrarrestar la mayor competitividad brasileña.
También existió una creciente presión de sectores
afectados de una u otra forma por la competencia dentro del bloque,
que acarreó demandas de protección que fueron en contra
del librecomercio y perforaron aún más el arancel externo
común. La complejidad de este contexto macroeconómico
no sólo retrasó el perfeccionamiento de la unión
aduanera, sino que, además, generó opiniones a favor de
un retroceso hacia un área de libre comercio. Si existen buenas razones para incluir
la coordinación de la macroeconomía en la agenda del Mercosur,
¿cuál sería el esquema más conveniente?
Hay dos alternativas. Una es un esquema laxo. Por ejemplo, la fijación
de metas conjuntas para variables fundamentales como en Maastricht,
pero sin "castigo" a los socios que se desvían. La
otra sería estructurar un marco más institucionalizado.
Lo que distingue a esta última alternativa es que se establecen
instituciones compartidas y hay castigos para los desvíos de
las metas. El esquema más ambicioso en esta línea sería
la formación de una unión monetaria, como en el caso europeo. Ahora bien, ¿dónde se
ubica lo realizado en estos diez años, en el plano de la coordinación
en el Mercosur? Una cuestión importante a tener en cuenta es
que la idea de la coordinación macroeconómica es constitutiva
del acuerdo. En su artículo 1, el Tratado establece que los países
realizarán esfuerzos en ese sentido, y ello fue avalado por la
práctica posterior. Tres pasos decisivos han sido: 1) el Acta de Ushuaia de 1998, en
la que se declaró que con el objeto de seguir avanzando en la
construcción de la unión aduanera era necesario definir
un marco para la disciplina fiscal y la inversión, así
como también trabajar en pos de la armonización macroeconómica
y en aquellos aspectos que fueran relevantes para el establecimiento
de una moneda única; A la luz de las turbulencias presentes
en Argentina, está claro que estas metas deberían reelaborarse
y que ello debería hacerse sólo después de que
nuestro país logre restablecer una cierta estabilidad (como mínimo:
mayor certidumbre en la evolución de los precios, funcionamiento
razonable de su sistema financiero y principios firmes para la renegociación
de sus compromisos externos). Las reacciones de los socios ante
el importante shock externo de 1998, sugiere que el bloque optó
por la flexibilidad más que por la institucionalidad y la coordinación
fuerte. Esto abrió el camino para conductas oportunistas y presiones
sectoriales sobre los gobiernos, que llevaron a la actual situación
de debilitamiento del espíritu de integración. A tal punto
que, invocando razones macroeconómicas, se avanzó sobre
los acuerdos en el área comercial, afectando el "núcleo
duro" en que se sustenta el Mercosur. Por otro lado, un hecho que
agregó incertidumbre fue que los países no sólo
utilizaron su discrecionalidad en la coyuntura, sino que también
se han reservado un cierto margen de ella respecto de los objetivos
estratégicos. No hay claras señales sobre qué mecanismo
de coordinación o régimen macroeconómico imaginan
como óptimo para el Mercosur, en el futuro. En la práctica,
Brasil ha estado utilizando toda la libertad que le confiere su régimen
de flotación, y lo mismo está haciendo la Argentina en
la actualidad, al tiempo que existen propuestas concretas de dolarización
unilateral. El efecto negativo de estas cuestiones sobre la voluntad
de cooperación regional fue mitigado, sólo en parte, por
la reafirmación de la voluntad de seguir trabajando en pos de
la coordinación macroeconómica, que se expresó
en la cumbre regional de principios de 2002. En realidad, este hecho
no deja de ser relevante, pero constituyó una señal débil,
dado el contexto de turbulencias que atraviesa el área. Ser plenamente conscientes de las
serias dificultades presentes no implica, sin embargo, olvidar que los
pasos ya dados sugieren que los países asignan gran prioridad
al problema de la coordinación. En este sentido, se han encarado
tareas destinadas a sistematizar y uniformar la información necesaria
para organizar la coordinación Perspectivas
y estrategias a futuro Si bien esta dificultad es muy seria
en el corto plazo, los estudios técnicos indican una serie de
hechos que permiten ser más optimistas a largo plazo. El primero
es que el tipo de cambio real bilateral entre Argentina y Brasil tiende
a corregir sus desvíos y a volver a su valor promedio. El segundo
es que el tiempo que tarda en volver a su equilibrio no es largo: la
mitad del camino la recorre en alrededor de un año, a una velocidad
superior a la observada en otras regiones. El tercero es que, como consecuencia
del aumento del comercio, los ciclos económicos en ambos países
pueden mostrar una coincidencia creciente y, por ende, resultaría
menos conflictivo adoptar políticas macroeconómicas comunes
en el futuro. La construcción de un espacio
económico con integración profunda es un proceso de largo
plazo. Por lo tanto, sería miope abortarlo por los desequilibrios
en el corto plazo, más aún si se tiene en cuenta que,
con el tiempo, ellos tienden a desaparecer o, por lo menos, a atenuarse.
Este argumento sugiere que la estrategia para superar la situación
actual debería combinar acciones concretas para manejar los desequilibrios
macroeconómicos de corto plazo, con iniciativas de reafirmación
del objetivo estratégico que se persigue: construir un espacio
ampliado que sea vehículo de mejora de la productividad. No se
trata de un objetivo menor, pues la única forma de ser competitivos
internacionalmente sin basar la competitividad en salarios bajos,
es aumentar la productividad de nuestras firmas. Para que la coordinación regional
sea fiable y resulte un aporte a la estabilidad de cada miembro, es
necesario desarrollar mecanismos de "castigo" e incentivos
mutuos que hagan costoso para un socio apartarse de lo convenido. Sin
reglas duras, cualquier esquema resultará laxo y con poca credibilidad.
Específicamente, los socios deberían acordar mecanismos
institucionales por los cuales el país que se desvíe,
esté comprometido de manera efectiva a realizar correcciones
en un plazo determinado.Es necesario, además, que el tipo de
acciones esté bien definido. Por supuesto, esto requiere un desarrollo
institucional acorde y voluntad política que lo respalde. También
resultaría muy beneficioso despejar la incertidumbre sobre el
régimen de coordinación que el Mercosur busca establecer
en el futuro. Para ello hay que establecer firmemente cuál es
el régimen "permanente" de coordinación que
se busca adoptar y, luego, diseñar con cuidado el período
de transición hacia él. La agenda para la transición,
asumiendo que antes Argentina logra el mínimo de estabilidad
mencionada, podría contemplar los siguientes puntos: Seguir trabajando para la convergencia
de las variables macroeconómicas fundamentales en la línea
acordada en Florianópolis, pero estableciendo mecanismos de castigo
para el período de transición. Para avanzar con esta agenda, las
palabras clave son cooperación, coordinación y armonización.
La cooperación es indispensable para construir las instituciones
que hagan posible explotar las oportunidades y establecer mecanismos
de castigo que vuelvan confiables los compromisos. La coordinación
es vital para el diseño y la eficiencia en la implementación
de políticas que tienen a la región como ámbito.
Por último, la armonización de regulaciones y de metas
para las variables macroeconómicas fundamentales facilita la
coordinación y la cooperación a la par que desalienta
conductas oportunistas. La pregunta sobre cuál sería
la mejor estrategia para el manejo de los problemas macroeconómicos
del bloque no puede contestarse haciendo abstracción de la marcha
general del proceso de integración. Resultaría ingenuo
ignorar el hecho de que el Mercosur enfrenta hoy grandes desafíos
y que diferentes rumbos son posibles a partir del presente. Desde la
perspectiva macroeconómica, algunos de esos rumbos no son excesivamente
demandantes en términos de coordinación. Si el impulso
que dio origen al Mercosur se diluye en una mera zona de libre comercio
es por desinterés o falta de habilidad para resolver los problemas
que plantea la formación de una unión aduanera y para
asumir, posteriormente, el camino hacia una integración más
y más profunda. En un escenario de estas características,
el problema de la estabilidad macroeconómica sería un
problema a resolver, básicamente, en el ámbito nacional.
La cuestión de la coordinación
sólo adquiere sentido pleno y alta relevancia en la perspectiva
futura del Mercosur, si los estados que lo componen se mueven con decisión
y firmeza hacia la integración profunda. Nosotros creemos que
ésa es la mejor opción que tienen para crecer e integrarse
en la economía globalizada, dado el escenario actual de creciente
proteccionismo en el Norte. Más allá de las cuestiones técnicas, la principal razón para buscar la convergencia en la evolución macroeconómica es geográfica y política. Como vecinos, los países del bloque están condenados por la geografía a comerciar y a buscar juntos su lugar competitivo en el mundo. Pero, además, en las actuales circunstancias de convulsión mundial, el Mercosur aparece con un rol de hecho: se lo percibe como un factor de estabilidad política en un área libre de conflictos. El fracaso del Mercosur, entonces, afectaría sensiblemente el prestigio y la credibilidad de los países de la región. |