|
|
|
||
|
|
Mientras que el ex-presidente José Sarney dio un vuelco radical a las relaciones entre la Argentina y Brasil en 1985, y Fernando Collor de Mello suscribió el Tratado de Asuncion en abril de 1991, en los diez años de gobierno de Fernando Henrique Cardoso es difícil encontrar contribuciones equivalentes a la consolidación del Mercosur. Por su parte, los sucesivos gobiernos argentinos han hecho muy poco para aumentar el interés brasileño en el proceso de cooperación intra-regional, desde mediados de los noventa. Al contrario, parecen haberse ocupado prolijamente de confirmar las peores presunciones de "oportunismo", ausencia de consensos básicos y ambigüedad. De esta manera, se ha fortalecido la opinión de quienes en Brasil ven la asociación con la Argentina como un "mal negocio" o un mero expediente para incrementar los recursos de poder lo que en nuestro medio algunos han llamado "brasildependencia" en forma instrumental a un proyecto de predominio regional. Entre tanto, las oportunidades para la construcción de una cooperación mutuamente beneficiosa se han ido esfumando, después de un largo período de inversión de recursos económicos y políticos en el desarrollo de un vínculo más intenso. Este nudo gordiano que ha paralizado al Mercosur tiene
elementos de la realidad, pero también, mucho de visión
de mundo e ideología. Y es allí donde la política
debiera hacer una contribución más sustantiva. Aún
hoy, después de medio siglo de integración económica,
los gobiernos de Francia y Alemania tienen disputas esenciales sobre el
papel de cada país en Europa y en el mundo. La caída del
muro de Berlín solo las ha acentuado. Es precisamente ahí
donde hace su aporte la política y la calidad del liderazgo, abriendo
caminos para transacciones y descubriendo intereses comunes que parecen
obvios, solo una vez que han sido explicitados por alguien que consigue
ver más allá. En efecto, el límite principal del Mercosur hoy es la falta de un proyecto común. El riesgo es que una experiencia dinámica y exitosa se transforme en un deja vù de la integración latinoamericana, moviéndose gradualmente hacia la irrelevancia. La oportunidad reside en la posibilidad de recuperar una visión compartida, aún en un contexto de legítimas diferencias. Nunca en la historia de la Argentina y Brasil existió un período tan prolongado de cooperación, acercamiento y desarrollo de vínculos materiales. En un escenario en el que la globalización empuja por razones de mercado y de política a la similitud, la promoción de identidades e intereses comunes con nuestros vecinos puede contribuir a explotar, en un mundo más integrado, todas las potencialidades que se derivan de la diversidad.
|
||