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TodaVÍA / Fundación OSDE / mayo de 2002 INTEGRACIÓN Los idiomas del Mercosurpor ROBERTO
BEIN
Desde hace unos quince años se estudian cuestiones relativas a las políticas lingüísticas en la Argentina y se alerta sobre la falta de una toma de decisiones planificadas en ese terreno. Las actitudes estatales ante el uso y la enseñanza de los idiomas tienen una relevancia política que no debe ser subestimada. A
lo largo de la historia, los estudiosos han intentado explicar por qué
cambian las lenguas. Una hipótesis es la de la "economía
lingüística", es decir, una paulatina simplificación
de los recursos lingüísticos, como la supresión de
la declinación latina en las lenguas romances. Otras explicaciones
son más descriptivas: las lenguas cambian con la introducción
de nuevos vocablos, debidos al conocimiento de nuevas realidades (como
"puma" y "pampa" o, más recientemente, "sida"
y "genoma"), a inventos o nuevos procedimientos (como "teléfono",
"vacunar", "informatizar"), a cambios sociopolíticos
("burguesía", "globalización") y al
olvido de palabras que designan realidades caídas en desuso ("cataplasma",
"ebúrneo"). También cambian cuando entran en
contacto con otras, en procesos de migraciones, conquistas, desplazamientos
de población e incremento del comercio más allá
de las fronteras lingüísticas, lo cual abarca desde la introducción
de extranjerismos hasta la formación de lenguas "híbridas",
de mezclas. Dentro de una misma lengua, un grupo puede introducir cambios
que luego se adoptan en general (como la pronunciación "sh"
de la "ll" y la "y" en el castellano de los jóvenes
porteños). Pero
un factor que tiene una larga historia y que, sin embargo, se omitió
estudiar hasta hace unas tres décadas, es que las lenguas también
cambian, se introducen nuevas, se determina qué lenguas extranjeras
estudiar e incluso se cambia de lengua, debido a decisiones conscientes
y planificadas de quienes tienen el poder de hacerlo: generalmente,
gobiernos o colectivos con gran influencia pública. Estas decisiones
son lo que se denomina política lingüística; y su
puesta en práctica, planificación del lenguaje. El
español en Brasil: una anécdota reveladora Desde
la perspectiva político-lingüística, se abre aquí
un panorama interesante: A
eso se podría agregar que el "cursito en el Consulado Argentino,
o en el Colombiano, el Paraguayo, el Peruano" que le recomendó
mi prima a la maestra, demuestra cierto orgullo latinoamericanista y
parte de la idea de que existen únicamente dos variedades del
castellano: la peninsular y la americana, idea que, por cierto, está
muy de acuerdo con la concepción de los sectores más tradicionales
de la Real Academia Española. En realidad, sabemos que la distancia
entre, por ejemplo, el español de Bogotá y el rioplatense,
no es menor que la existente entre éste y el madrileño.
Pero estamos aquí ante la eficaz presencia de representaciones
sociolingüísticas, que son esas ideas compartidas socialmente
acerca de las lenguas, ideas que se interponen entre nuestra práctica
lingüística real y la conciencia social de esa práctica,
como "el alemán es difícil" o "el inglés
es útil para conseguir trabajo". Pueden no reflejar la realidad,
pero, a la larga, influyen en ella, puesto que condicionan nuestros
comportamientos. Los
usos del idioma en tres países vecinos 1.
Hay grupos de inmigrantes antiguos que siguen cultivando sus idiomas
de origen (alemanes, franceses, ingleses, italianos, armenios, judíos
de Europa oriental, japoneses, rusos, polacos, entre otros). No hay
cifras fiables pero se puede suponer que más de un millón
de personas conserva la lengua de origen como lengua del hogar, con
diversos grados de mezcla con el castellano (como los jocosamente llamados
"Belgrano-Deutsch", la mezcla de alemán y castellano
que hablan los numerosos inmigrantes alemanes en ese barrio porteño;
y el "River-Plate-English", variedad del inglés que
hablarían quienes lo aprendieron únicamente en cursos
escolares). Un
panorama similar existe en Uruguay. Si bien la presencia de lenguas
indígenas es muy reducida, el portugués tiene mayor difusión,
y es fuerte el fenómeno de los llamados "DPU" (dialectos
portugueses del Uruguay), sobre todo en la zona de Rivera. La
situación de Brasil es muy distinta: por una parte, no basta
con cambiar "castellano" por "portugués"
en la caracterización lingüística, porque la norma
brasileña es sentida como absolutamente válida: nadie
tiene la idea de que el portugués brasileño sea una deformación
del "verdadero" portugués europeo, a diferencia de
lo que suele ocurrir en los países hispanohablantes con relación
a la Real Academia Española. En eso pesan varios factores, entre
ellos el hecho de que Brasil tenga 160 millones de habitantes, y Portugal
sólo 10 millones. Por otra parte, algunas fuentes afirman que
se hablan en Brasil más de 200 lenguas, con una gran diversidad
de lenguas aborígenes. Paraguay
es uno de los raros casos en que los vencedores adoptaron la lengua
de los vencidos por razones cuya explicación excede esta nota:
el guaraní se convirtió en la lengua cotidiana de los
descendientes de españoles, sigue siendo lengua vehicular entre
indígenas de otras lenguas maternas e, incluso, lo conocen los
menonitas, un grupo ultrarreligioso que tiene como lengua primera un
dialecto alemán del siglo XIX. Durante mucho tiempo, existió
una fuerte diglosia, es decir, una diferencia de uso y jerárquica
según la cual el español era la lengua de la educación,
la literatura, la administración, la justicia y demás
funciones "elevadas", mientras que el guaraní era la
lengua del hogar, la cotidianeidad, la amistad, la música popular,
es decir, la lengua oral por excelencia. Sin embargo, era símbolo
de identidad nacional. Esta situación ha cambiado en los últimos
años: el guaraní ha sido declarado lengua co-oficial junto
con el castellano, se lo ha dotado de una ortografía unificada
y se lo enseña en las escuelas. Aun así, Paraguay ha aceptado
por ahora que los únicos idiomas oficiales del Mercosur sean
el español y el portugués. Con todo, la diversificación lingüística de la región, que de esta manera sumaría más de 250 lenguas, no se debe exagerar. El discurso políticamente correcto, que prescribe la defensa de las minorías, no debe ocultar el hecho de que el español es un vínculo efectivo entre la mayoría de las naciones desde Tierra del Fuego hasta México e incluso más allá, puesto que hay unos 25 millones de hispanohablantes en Estados Unidos. Tampoco se debe pasar por alto que el portugués es la séptima lengua entre las 3500 ó 4000 que hoy en día se hablan en el mundo. Más aún: una defensa efectiva de las minorías étnicas y lingüísticas debe partir de datos certeros, y lo cierto es que Argentina, Brasil y Uruguay, se hallan entre los que tienen una sola lengua dominante, y Paraguay, sólo dos, a diferencia de países como la India, en el que se hablan centenares de lenguas y varias de ellas cuentan con millones de hablantes. La
actitud ante las lenguas: un hecho político Ahora
bien, teóricamente uno puede adoptar cualquier política
lingüística; por ejemplo, que la lengua extranjera a enseñar
en la Argentina sea el húngaro. Sin embargo, como cualquier otra,
una política lingüística puede triunfar o fracasar.
Un ejemplo de éxito es la imposición del hebreo en Israel
para inmigrantes que venían de decenas de países con centenares
de lenguas distintas; un ejemplo de fracaso, la conversión del
hindi en lengua general de la India. ¿Cuáles
son las condiciones para que una política lingüística
triunfe? Por
un lado, un buen conocimiento de la realidad de partida. Esto incluye,
en primer lugar, un conocimiento de las lenguas usadas en el territorio.
Para ello hace falta un censo lingüístico, con todas las
dificultades que comportan las preguntas acerca del uso y el conocimiento
de lenguas, porque las representaciones acerca de lo que es saber una
lengua varían mucho, y porque inciden factores como el prestigio
y la cohesión grupal (para dar un ejemplo: es posible que un
bilingüe castellano-lengua indígena no declare esta última,
por más que la domine; mientras que un bilingüe castellano-alemán,
aun cuando su alemán sea rudimentario, lo exhiba orgullosamente).
Aquí interviene, precisamente, el segundo factor a conocer: el
discurso circulante acerca del prestigio y la utilidad de las distintas
lenguas. Por cierto que, al tratarse de discurso, se lo puede ir modificando
con un contradiscurso. Hay que tener en claro que la lengua es un elemento
vigoroso de la identidad social, pero las identidades se construyen
discursivamente. Por
eso, se debe considerar que hay una relación mutua entre discurso
identitario y lengua: si se quiere que, por ejemplo, triunfe la enseñanza
del portugués en la Argentina, no solo habrá que crear
las condiciones técnicas para hacerlo formación
de docentes, materiales de estudio, legislación, etc.,
sino que también habrá que "propagandizar" esa
enseñanza. Pero ni siquiera eso bastará: habrá
que combinarla con una enseñanza de la historia común
de los pueblos latinoamericanos, de la geografía, de la cultura;
en suma, habrá que enmarcarla en la construcción de una
identidad que rivaliza con la identidad hispánica y la panamericana.
Por lo demás, la política y la planificación lingüísticas
requieren de especialistas; se trata de cuestiones complejas, de las
que aquí hemos podido dar sólo unos rasgos sucintos. Con
todo, una cuestión central para que una política lingüística
triunfe es la voluntad política de llevarla a cabo. Toda política
lingüística se enmarca en proyectos políticos más
amplios, y cuando hay sectores que preferirían que la Argentina
se integrara al Tratado de Libre Comercio de las Américas (ALCA)
en lugar de fortalecer el Mercosur, se comprende que hay aquí
varios proyectos competidores. Si bien sus consecuencias político-lingüísticas
no son directas ni mecánicas, resulta evidente que el apoyo al
segundo de ellos debilita en el imaginario social la necesidad de la
enseñanza del portugués y que, en cambio, la enseñanza
más extendida de este idioma contribuiría a forjar la
identidad latinoamericana y fortalecería la voluntad de integración
en el Mercosur. Por último, una consecuencia fácil de advertir: cuando un país no emprende su propia política lingüística interna y externa se ve sometido a la política de terceros países (y mi sobrino Miguel tendrá que seguir sufriendo las correcciones de su profesora de español). |