TodaVÍA / Fundación OSDE / mayo de 2002

CIENCIA

La biotecnología: ¿una caja de Pandora?

por NORA BÄR
Periodista científica

 

Es la zona más caliente de la ciencia. Allí confluyen investigadores talentosos y empresarios adictos a la adrenalina y a los negocios de riesgo. La Argentina podría estar en posición de disputar un puesto avanzado en esta industria cuyo ingrediente fundamental es, básicamente, materia gris. Pero no se decide.

La mañana en que James Watson y Francis Crick enviaron a Nature el artículo en el que describían la estructura molecular del ácido desoxirribonucleico –el compuesto químico que hoy conocemos por la sigla ADN o, en inglés, DNA– no deben haber vislumbrado que, apenas cinco décadas más tarde, su descubrimiento cambiaría las vidas de buena parte de los habitantes del mundo. Tampoco, que una nueva área de la ciencia surgida de la confluencia de la genética, la bioquímica y la biología molecular, habría puesto en manos de los científicos el poder de modificar las especies, hacer copias idénticas de animales adultos, fabricar biomateriales y hasta entrever la posibilidad de curación de enfermedades manipulando genes.

En ese medio siglo, mucha agua pasó bajo los puentes: como nunca antes, la ciencia se fundió con la empresa y las imágenes de un cuerno de la abundancia alternaron en la imaginación popular con pesadillas que parecen surgidas de una serie de terror clase B.

Desde 1972, año en que se formó Genentech, la primera compañía biotecnológica en el campus de la Universidad de California, cientos de empresas se lanzaron a las aguas turbulentas de esta nueva manera de pensar la ciencia, y la mayoría de los laboratorios farmacéuticos se reconvirtieron para transformar en dinero la alquimia de los genes.

Sin duda, por la diversidad de frentes en los que se disputa y por los intereses en juego, la carrera biotecnológica adquiere por momentos un frenesí digno de la Fórmula 1. (Basta con pensar en Dolly, la primera oveja clonada fusionando una célula adulta con un óvulo. ¡Nació hace sólo cuatro años y hoy ya parece una antigüedad!).

Cuando, en febrero de 2001, dos grupos rivales, un consorcio público y la empresa Celera Genomics, anunciaron haber descifrado el genoma humano –es decir, el conjunto de instrucciones, codificadas en los genes, que gobierna la producción de proteínas y, de ese modo, en gran medida determina desde el color de pelo hasta la mutación de una célula cancerosa– el entusiasmo por las fabulosas posibilidades de la biotecnología alcanzó niveles apoteóticos. Como pocas veces, la fabulosa maquinaria de la ciencia y el brillo del conocimiento se mostraron en toda su imponente potencia.

Una idea sencilla
Como suele suceder, los complejos andamiajes de la nueva disciplina surgieron, en realidad, de una idea sencilla. Todos los organismos vivos estamos compuestos por células; ellas son las verdaderas protagonistas de los diferentes capítulos de la telenovela de la vida de acuerdo con las indicaciones del director, el ADN, es decir, los genes. Estos últimos están formados por la repetición de cuatro variedades de bloques químicos, las bases: A, G, C y T, que se unen en largas cadenas y almacenan información según el orden en que se suceden. La metáfora lingüística lo ilustra a la perfección: en genética, la secuencia AGCT significa una cosa, pero la secuencia TCGA significa otra muy distinta, igual a como ocurre con los vocablos RAMA y AMAR.

Desde este punto de vista, somos finalmente construcciones de ADN. Allí donde el genoma del chimpancé dice G, el del ratón puede decir T y el del ser humano A. Las diferencias en el ADN son las que hacen que las células de mi páncreas produzcan insulina y las de las hojas del paraíso de la esquina, clorofila.

Con la clave maestra en sus manos, a principios de los años setenta, los científicos desarrollaron técnicas para aislar y purificar genes: gracias al clonado molecular lograron obtener genes puros y, utilizando enzimas a modo de tijeras biológicas, comenzaron a cortarlos e insertarlos en otras células. Nacía la ingeniería genética. ¡Eureka!

En busca de una quimera
Muy pronto, los científicos comprendieron que poseían un poder inédito. Por ejemplo, insertando genes humanos en bacterias, podían transformarlas en verdaderas usinas de hormonas en el laboratorio. También manipulando genes, podían hacer que ciertas plantas produjeran herbicidas que las protegieran de sus plagas, que las vacas segregaran leche maternizada o que el tejido cardíaco formara nuevos vasos sanguíneos.

En el límite entre la fantasía y la realidad, la lista de posibilidades parece infinita. Una vez purificado el gen de interés, la principal dificultad consiste en contar con un vehículo adecuado: virus, liposomas, plásmidos. Ciertos experimentos, por ejemplo, permiten modificar la información de un organismo entero. Si un gen se introduce en el núcleo de un óvulo de ratón, se inserta al azar en los cromosomas y poseerá una o más copias del gen foráneo en todas sus células. Ya se han producido así peces, conejos, cabras, ovejas, cerdos, vacas y monos transgénicos.

Sin embargo, todavía queda mucho por delante. Los científicos no siempre logran que los genes se expresen, o que se expresen como ellos desean. Algunas estrategias fracasaron, y otras, como la clonación humana, son demasiado inquietantes para intentarlas. Por otro lado, aunque la manipulación de genes resulta una idea atractiva para las mentes más audaces, también es capaz de sembrar el escándalo y de suscitar en la sociedad temores comparables a los que inspira la mitológica caja de Pandora.

¿Y por casa cómo andamos?
Aunque en el mundo la apuesta tecnológica sigue redoblándose, las iniciativas locales son tímidas. En el país, según informaciones del Foro Argentino de Biotecnología, hay 30 empresas biotecnológicas; entre ellas, 7 del sector farmacéutico, 6 del agro, 4 del área de reactivos y 4 del sector químico. En el sector académico, la situación no es alentadora. A pesar de contar con una importante tradición en ciencias biomédicas (con tres premios Nobel) y de disponer de un grupo de científicos talentosos que podría competir en buena ley en el escenario internacional, todo indica que estamos mirando el partido desde fuera de la cancha. “El proyecto Genoma Humano pasó de costado por la ciencia argentina. También pasaron de lado los proyectos satélites de secuenciamiento de otros genomas no menos importantes, como el de la mosca de la fruta, el del ratón, la levadura de cerveza. (…) No solamente ha faltado un proyecto estratégico de inversión en ciertas áreas donde tenemos recursos universitarios altamente competitivos, como la biología y la biotecnología, sino que ha habido una progresiva desinversión en ciencia que continúa llevando al éxodo y la desesperanza de los jóvenes”, se enoja Alberto Kornblitt, investigador principal del Conicet en el Laboratorio de Fisiología y Biología Molecular de la Facultad de Ciencias Exactas, en un número especial de la revista Encrucijadas, de la UBA, dedicado al tema.

Para Marcelo Criscuolo, director científico de Biosidus, tal vez la más innovadora de las empresas del sector –entre otras cosas porque no duda en trazar acuerdos con la Academia para impulsar la investigación local–, la pérdida de oportunidades es lamentable: “La biotecnología es una ciencia joven, en la que no nos llevaban tanta delantera, y en la que la principal inversión es la materia gris.”

Para Daniel Goldstein, médico y docente que también escribe en la revista de la UBA, los desafíos educativos y científicos de esta era que denomina posgenómica son de una magnitud sin precedentes: “El futuro biotecnológico del reducido núcleo de países donde se realizaron los proyectos genómicos, y se inventa y se desarrolla la biotecnología competitiva que genera revoluciones farmacológicas y explosiones bursátiles, difiere considerablemente del futuro de países como el nuestro. (...) En el estado actual de nuestra medicina y de nuestra ciencia, la participación argentina en la biotecnología es un simple ejercicio literario. Cualquier resultado de interés tecnológico formará parte del telón de fondo amorfo donde se inscriben las novedades patentables por otros. El único futuro biotecnológico compatible con nuestra realidad es el de seguir siendo compradores pasivos de ideas, instrumentos y productos inventados y desarrollados en el exterior (...) En la medida en que los países subdesarrollados continúen proponiendo y aceptando estrategias de desarrollo biotecnológico basadas en el ofrecimiento de mano de obra barata para realizar ensamblajes de conceptos y objetos inventados y desarrollados sin nuestra participación intelectual, el futuro no parece muy prometedor”.

Si es cierto que, como se anticipa, gran parte de los alimentos, fibras, biomateriales y medicamentos del futuro se obtendrán a partir de plantas y animales genéticamente modificados, tal vez sea hora de que dejemos a un lado la idea de que el desarrollo científico es un lujo. Tal vez sea hora de aceptar el desafío.