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Objetos
en vidrio
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Es la zona más caliente de la ciencia. Allí confluyen investigadores talentosos y empresarios adictos a la adrenalina y a los negocios de riesgo. La Argentina podría estar en posición de disputar un puesto avanzado en esta industria cuyo ingrediente fundamental es, básicamente, materia gris. Pero no se decide. La mañana en que James Watson y Francis Crick enviaron a Nature el artículo en el que describían la estructura molecular del ácido desoxirribonucleico el compuesto químico que hoy conocemos por la sigla ADN o, en inglés, DNA no deben haber vislumbrado que, apenas cinco décadas más tarde, su descubrimiento cambiaría las vidas de buena parte de los habitantes del mundo. Tampoco, que una nueva área de la ciencia surgida de la confluencia de la genética, la bioquímica y la biología molecular, habría puesto en manos de los científicos el poder de modificar las especies, hacer copias idénticas de animales adultos, fabricar biomateriales y hasta entrever la posibilidad de curación de enfermedades manipulando genes. En ese medio siglo, mucha agua pasó bajo los puentes: como nunca antes, la ciencia se fundió con la empresa y las imágenes de un cuerno de la abundancia alternaron en la imaginación popular con pesadillas que parecen surgidas de una serie de terror clase B. Desde 1972, año en que se formó Genentech, la primera compañía biotecnológica en el campus de la Universidad de California, cientos de empresas se lanzaron a las aguas turbulentas de esta nueva manera de pensar la ciencia, y la mayoría de los laboratorios farmacéuticos se reconvirtieron para transformar en dinero la alquimia de los genes.
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